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¿Fracasó el gobierno foxista o se equivocaron los electores? Desilusión, del tamaño del espejismo que millones quisieron ver A hora resulta que muchos de los electores mexicanos que hace seis años se decían convencidos del voto a favor de Fox, que todos o casi todos los que con pasión, más que razón, defendían al "Presidente del cambio"; aquellos que reaccionaban rabiosos contra los críticos del guanajuatense, hoy se dicen desilusionados y hasta le endilgan a Vicente Fox todos los defectos y hasta las malformaciones de la democracia. Bueno, hasta lo colocan como uno de los peores presidentes mexicanos. Y en efecto, la de Fox resultó ser una gestión presidencial harto cuestionable, cuyo fracaso es del tamaño de las elevadas expectativas que despertó en millones de mexicanos que quisieron creer en "los milagros" de la democracia y en los "espejismos" de la política. Pero si analizamos con un mínimo sentido de autocrítica el "fenómeno Fox", llegaremos a la conclusión de que se trató de un fenómeno de "autoengaño colectivo". Esos millones de electores vieron, escucharon y creyeron lo que quisieron ver, escuchar y creer. Hace seis años muy pocos aceptaban que se trataba de un autoengaño y, que en democracia y en política, no existen ni milagros ni los espejismos. En el fondo -a pesar de que pudieran ser muchos los que piensen que aquí se defiende o justifica al señor Fox-, lo cierto es que el ex candidato presidencial Vicente Fox y el Presidente Fox que termina su gestión son uno de los productos políticos más congruentes de la naciente democracia. El Fox candidato fue el mismo Fox de los seis años pasados y el mismo del final del sexenio; un mal empresario, un político improvisado, un aprendiz de gobernante y, en términos generales, un producto del marketing mediático. La virtud de la candidatura de Fox fue haberle vendido a millones el producto que todos querían comprar, sobre todo ante el hartazgo de siete décadas de PRI. El espejismo Pero ese producto, que en efecto hizo la hazaña de sacar al PRI de Los Pinos, no sirvió más que para eso, porque al convertirse en Presidente demostró que todo lo que ofreció no era más que un espejismo. En todo caso lo increíble y lo que se debe cuestionar es la escasa consistencia social para comprar un producto cuyas bondades eran inexistentes; eran producto de la imaginación, de la creencia ciega. Es increíble que millones hayan creído que se podía cumplir la promesa de un crecimiento de 7% anual, de crear un millón de empleos al año, de resolver Chiapas en 15 minutos, de consolidar la democracia por pura voluntad; de creer en un político venido de la nada, y cuyos atributos eran los de un ranchero dicharachero, ocurrente y que a cada auditorio le decía lo que quería escuchar. A seis años la decepción no puede acreditarse sólo a las expectativas incumplidas del gobierno de Fox, quien nos guste o no, transitó por su gobierno a golpe de congruencia; de ocurrencias, dislates, dichos y torpezas; atributos que si ayer hacían la diferencia -como el "hoy, hoy, hoy", que fue un tropiezo que perdonaron los electores y hasta convirtieron en un efectivo eslogan de campaña-, hoy provocan el enojo. El cuestionamiento se debe hacer a los ciudadanos, a los electores, capaces de comprar a un candidato simpático, bonachón, carismático y popular; a un ranchero que provocaba ternura, en lugar de haber comprado a un político serio, con un proyecto realista y con propuestas pegadas a la realidad. El tamaño del "fenómeno Fox" es del mismo tamaño de la incapacidad ciudadana para elegir a un buen aspirante a presidente. El tamaño de la desilusión por el "gobierno del cambio" es del tamaño del autoengaño colectivo. Y si existen dudas, basta recordar los memorables gritos desesperados de una conciencia colectiva que se negaba a ver la realidad del producto que había comprado. "¡Déjenlo trabajar!". "¡Denle tiempo!". "¡No es lo mismo siete meses que 70 años!". "¡Vendidos!". "¿Quién les paga para que le peguen?", gritaban a los críticos de Fox las voces que el 2 de julio de 2000 salieron al mercado electoral a comprar, a ciegas y sordas, al más popular, al más carismático, al más simpático, al único capaz de sacar al PRI de Los Pinos. Aunque no fuera el mejor para el cargo, el que presentaba las mejores propuestas, las más realistas; aunque no fuera el demócrata que todos esperaban y el estadista que muchos imaginaban. Nos guste o no, con Fox parece haberse cumplido el viejo y detestable adagio: "Cada pueblo tiene el gobierno que se merece". O si se quiere, y acaso más importante, se echó abajo esa premisa también muy socorrida que señala que "las mayorías no se equivocan". En 2000 las mayorías que votaron convencidas por Fox se equivocaron. El producto que compraron no fue el que creyeron, el que quisieron ver en el anaquel. Pareciera que no importaba lo que compraban, sino que sirviera para terminar con una larga historia de siete décadas de gobiernos en manos del PRI. Y lo más curioso es que aquellos que hace seis años defendían a Fox, hoy ya no se acuerdan y rabiosos se quejan de sus ocurrencias e incapacidades. ¿Qué no vieron antes que se trataba de un ocurrente e incapaz para el cargo de Presidente? Del fracaso de Fox hay muchos corresponsables que debieran reconocer su parte. Y no hablamos sólo de electores, sino de partidos, medios de comunicación, políticos, intelectuales, periodistas, jerarcas católicos y empresarios. Las técnicas modernas del marketing político son capaces de vender cualquier cosa. Decía Porfirio Muñoz Ledo que el PRI era capaz de "hacer presidente a una vaca". Pero hoy sabemos que no sólo el PRI, sino también PAN y PRD. La mayor deuda El de Vicente Fox será un gobierno al que se le recordará por muchas cosas. Sacó al PRI de Los Pinos, inauguró la democracia electoral, incumplió muchas de sus promesas, abrió espacios fundamentales como la transparencia en el ejercicio de gobierno, fue incapaz de alcanzar los consensos necesarios para avanzar en las reformas que se propuso y, sobre todo, no logró romper el círculo perverso de las grandes mayorías empobrecidas. México es un país con un puñado de los ricos más acaudalados del mundo, pero con una población de casi 50% de pobres extremos. Pero acaso la mayor de las deudas será la de haber estancado la transformación del viejo sistema político. En realidad, el de Fox fue un gobierno casi idéntico a los del PRI que desplazó al iniciar la democracia electoral. Se cumplió en el sexenio que termina una premisa que pocos aceptaban; el primer gobierno de la alternancia no fue más que un "quítate tú para ponerme yo". Y es que Fox no quiso, no pudo o no estaba interesado en desmontar el tejido de intereses y complicidades sobre las que se había construido el viejo sistema priísta. Al llegar al gobierno, la administración de Vicente Fox se valió de las mismas camarillas sindicales que soportaron al PRI, creó los mismos compromisos con los barones del dinero, dio forma a los mismos grupos de interés y, salvo casos como el de la Ley de Transparencia, no movió un dedo para la reforma del Estado, cuyos promotores como Porfirio Muñoz Ledo, prácticamente fueron echados a una cómoda embajada. Dicha reforma, que según los estudiosos de la ciencia política era el paso siguiente para consolidar la democracia, para crear el marco jurídico de los tiempos de alternancia, pluralidad y elecciones limpias y creíbles, se quedó como el gran pendiente. El demócrata que muchos creyeron ver en Vicente Fox Quesada terminó, al final de su sexenio, en un presidente al más viejo estilo de los cuestionados y antidemócratas presidentes del PRI. Metió las manos en el proceso electoral de julio de 2006, antes de haber impulsado las reformas urgentes, de segunda generación, que requería el nuevo sistema electoral mexicano. En el pecado llevó la penitencia. Heredará a su sucesor, a Felipe Calderón, una de las mayores crisis políticas de los tiempos de alternancia. Apenas en el segundo gobierno de la alternancia -y luego de la gran reforma electoral de 1996-, está presente una cuestionada legitimidad política y social de la naciente administración. Pero tampoco en este caso la responsabilidad es exclusiva del presidente Fox. La pluralidad que los electores ordenaron en el Congreso resultó un dique insalvable para el "gobierno del cambio", sea por su impericia política, sea porque las formaciones políticas de oposición se propusieron obstaculizar, por los medios que fuera, al primer gobierno de la derecha. La responsabilidad en ese fracaso también alcanza a los partidos opositores, sobre todo al PRI y al PRD, cuyos líderes y gobernantes privilegiaron el chantaje y el desprestigio del gobierno foxista. A ninguno de los opositores les importaron las reformas electorales, la gran reforma del Estado, porque tanto el PRI como su "primo hermano", el PRD, parecen convencidos de que el objetivo es alcanzar el poder, para ejercerlo en el mismo edificio que construyó el viejo PRI, en el que habitó el gobierno de Vicente Fox y en el que el PRD es el segundo gobierno más importante, el del Distrito Federal. Inseguridad, violencia, justicia En la campaña presidencial de 2000 las prioridades del electorado eran el empleo, la pobreza, pero sobre todo la inseguridad, la violencia y la inexistente impartición de justicia. El creciente problema del crimen organizado, sobre todo sus tentáculos más poderosos, como el narcotráfico, el secuestro, el tráfico de personas y el robo de vehículos no sólo están fuera de control, sino que se han incrementado a niveles escandalosos y se han extendido a todo el país. El de la inseguridad y el crimen organizado es otro de los fracasos de Fox, que al final de su administración fue incapaz de dar forma a una política de Estado para combatir esos flagelos. Las bandas del narcotráfico se disputan el control de los mercados en casi todos los estados de la República, en una guerra que deja cientos de muertos a lo largo y ancho del territorio nacional, ante la incapacidad de las autoridades encargadas de su combate. Todos saben que es imposible el florecimiento del crimen organizado sin la complicidad de autoridades municipales, estatales y federales, pero todos cierran los ojos al pernicioso predominio de la corrupción. Cuerpos policiacos completos, en municipios y estados, están al servicio del crimen organizado, que se da el lujo de matar a jefes policiacos a horas de que han ocupado sus cargos. Las premisas de "plata o plomo" están presentes, como nunca, en el gremio periodístico y en la profesión de policía, las que se han convertido, en el sexenio que termina, en actividades del más alto riesgo. En la gestión foxista los crímenes, levantones y desaparicion de periodistas no tienen antecedente y, en todos los casos, la impunidad es la constante. El de la impunidad ya es uno de los problemas más escandalosos del gobierno que se va; fenómeno que no se explica más que por los elevados niveles de corrupción. La impartición de justicia vive, al mismo tiempo, uno de sus peores momentos. La justicia sigue siendo un negocio asociado a la corrupción y al mejor postor. Llegar a una agencia del Ministerio Público, a la barandilla -sea a nivel municipal, estatal o federal-, es entrar literalmente a una sucursal del infierno, en donde se aplica el refranero popular: "Según el sapo es la pedrada". Es decir, los que nada tienen pueden pasar años en la cárcel, se les niega la justicia expedita, en tanto que los que cuentan con recursos económicos pueden comprar su libertad, casi sin ningún problema. La violencia criminal, la inseguridad y la deficiente impartición de justicia son otras de las grandes deudas del gobierno foxista. La transparencia Pero no todo fue negativo. Además de que en materia económica el gobierno de Fox consiguió mantener bajo control las variables macroeconómicas -lo que generó una relativa estabilidad económica-, y que se impulsó uno de los más ambiciosos y eficientes programas en la construcción y entrega de viviendas de interés social, también se debe reconocer que se avanzó en la poco entendida Ley de Transparencia, que no es otra cosa que reglamentar el derecho a la información pública. Hoy es posible que los ciudadanos en general, por iniciativa propia o a través de los medios de comunicación, conozcan el monto y el destino de los recursos públicos, federales, estatales y municipales. Y si bien la Ley de Transparencia se ejerce con relativa normalidad en todas las instancias del gobierno federal -lo que es un paso fundamental, pero aún insuficiente, porque las leyes estatales aún son disparejas en la mayoría de las entidades del país-, no se puede negar que el gobierno foxista fue sensible a un derecho ciudadano que es fundamental para la democracia. Pero si bien importante, ese paso es insuficiente para justificar toda una gestión de gobierno que para muchos resultó fracasada. En el camino En la puja por la titularidad de la Secretaría de la Defensa, un par de empresarios poderosos, que antaño se han beneficiado de los contratos de esa dependencia, pretenden que el agraciado sea el general Tomás Ángeles. Y dicen los que saben que le hacen un flaco favor al militar. aleman2@prodigy.net.mx
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