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En 2006 se cumplen tres décadas de la primera edición de Cuaderno de noviembre (México, Era, 1976). A 30 años de ese libro, que es uno de los mejores poemarios de David Huerta (México, 1949), su autor publica La calle blanca (México, Era, 2006), libro en el cual, como aseguran sus editores, recorre múltiples registros del teclado lírico en una poética que escapa constantemente a lo convencional. Recordemos, en este sentido, su extenso libro Incurable (1987), al cual Christopher Domínguez Michael ha definido como "épico e irónico, tan romántico como minimalista", y en algunas de cuyas páginas dice el poeta: "Escribo para respirar con mis propios e íntegros pulmones", y "escribo con una descomunal esperanza, para que nadie, ni los espectros, lleguen, o si alguien llegara que cante, que cante sin descanso bajo la lluvia veraniega...". Autor de otros libros significativos en la poesía mexicana, como es el caso de Versión que, publicado por vez primera en 1978, obtuvo en 2005 el Premio Xavier Villaurrutia en su nueva edición de Era, David Huerta entrega a los lectores La calle blanca, producto de la experiencia de un lector atento y un poeta experimentado. Al igual para José Emilio Pacheco, para David Huerta lo leído es tan propio como lo vivido. Por ello, en La calle blanca prácticamente cada poema es un eco de las lecturas vividas y una extensión de lo aprehendido de la pintura, la música, la filosofía, el cine, etcétera. Es todo eso, más la intensidad expresiva y la emoción intelectual (tal vez es posible decirlo así) en la que funde el gozo de la palabra con el gozo de saber y de vivir. David Huerta comparte con los lectores ese gusto por la marca al margen de la página inolvidable. En La calle blanca, deliberadamente explícitos están lo mismo Pisanello que Stendhal, Donatello que Heráclito, y muchos más en este libro de homenaje a la lectura, la contemplación y la más amplia meditación de la cultura con ecos de Wittgenstein, De Chirico, Gorostiza, Cuesta, Pellicer, Owen, López Velarde, Piglia, Borges, Valéry, Debussy, Keaton, D. H. Lawrence, Quevedo, Rulfo, Hegel, Pessoa, Kafka, Beckett y otros menos explícitos. La calle blanca es el libro de un poeta lector que, en "El poema", hace, por ejemplo, el siguiente homenaje a Gorostiza: "Desde el sueño del agua las imágenes/ del vaso que miraba Gorostiza/ llegan hasta los nombres y las sílabas./ No del lenguaje, sí del mundo ávido,/ son los órganos tenues del poema./ Él quiso nada más la claridad/ de observar a través de la ventana/ del poema los seres y las cosas./ El cosmos minucioso resonó/ en el vaso febril de la conciencia/ y levantó la pluma, abrió los ojos/ y los cerró de nuevo. ¿Escribiría?/ El poema llegó. Él, resignado,/ lo recibió en el vaso transparente/ de su prosodia espléndida. Las frases/ fueron tejiendo el alto cuerpo, el fúnebre/ edificio de ideas y metáforas./ Gorostiza murió. De su poema/ recogemos la pálida ceniza/ que en los ojos lectores se transforma/ en esplendor, en luz, en llamarada". Los ojos lectores de David Huerta nos dicen, en otro momento, que: "La palabra de la voz se volvió/ un arroyo textual. Y formó nuevos lagos". Ésta es quizá la definición mejor de La calle blanca, un homenaje a la contemplación y a la lectura, desde todos los sentidos, buscando, como dice el propio poeta, "la claridad apetecida". Asimismo, la poética de este libro queda resumida en los dos primeros versos de la "Relectura de Quevedo": "Con el pensamiento avanzo/ entre hojas de papel". La calle blanca reivindica la más grata experiencia de leer, disfrutar y saber.
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