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Cierto amigo mío se negaba a dar su opinión definitiva sobre asuntos de vocabulario o semántica sin antes consultar alguno de los diccionarios de su biblioteca. Eso no quiere decir que no tuviera opinión, pero le gustaba ofrecerla lo más documentada posible. Había conformado una colección considerable de “lexicones”, una de las maneras de llamar a los diccionarios, en especial a los que se ocupan en general de las palabras de un idioma, tantas como puedan caber, con sus definiciones, en las nutridas páginas de esta clase de libros. Otra de las maneras de referirse a esos indispensables instrumentos del trabajo intelectual —además de ser motivo de muchos ratos de franca diversión o de lectura desinteresada— consiste en llamarlos “tesoros”. (En inglés se conserva este 94 uso en la palabra “Thesaurus”.) Son muchos de ellos, en verdad, auténticos tesoros. Anthony Burgess, el autor de Naranja mecánica, decía que el diccionario de Oxford de la lengua inglesa era “el poema más extenso” compuesto en esa lengua. Se le conoce por sus siglas: OED (Oxford English Dictionary). Es una de las obras mayores de la cultura occidental en el siglo XIX. Quienes se encargaron de los primeros trabajos hicieron una convocatoria amplia y democrática, para que más o menos quien quisiera colaborase con el OED, cuando éste se echó a andar. La respuesta de los lexicógrafos profesionales y aficionados fue de un enorme entusiasmo y los expertos lingüistas y filólogos de Oxford se llevaron algunas sorpresas, como la que cuenta Simon Winchester en su hermoso libro El profesor y el loco, reportaje histórico que más parece novela delirante, y de cuyo argumento no daré aquí noticia; me basta apuntar que en sus páginas está una historia extraña, emocionante, de ciertos alcances intelectuales y de indudable interés humano. Un diccionario reciente nos ayuda a despejar titubeos y enigmas en nuestro ámbito lingüístico: es el Panhispánico de Dudas, preparado y animado por los académicos de la lengua. Ha llegado para obliterar el viejo lexicón de dudas del profesor Manuel Seco, pero no lo ha conseguido del todo; esperemos que en ediciones futuras los académicos acierten mucho más y mejor que como lo han hecho con esta obra. Nunca he podido tener el diccionario de mexicanismos de Francisco J. Santamaría; lo consulto en bibliotecas públicas o de plano le doy la lata a mi hermana Andrea, quien lo tiene en su biblioteca. Tampoco he podido allegarme el gran Diccionario de Autoridades; aunque ahora tengo dos ediciones del Covarrubias. Aquí entre nos, confieso que el que más consulto es el popular Larousse Ilustrado, en una edición que se está cayendo a pedazos pero que me niego a reponer por la más reciente. Siempre recuerdo la admonición de un viejo maestro de poesía a un poeta joven: “Joven amigo, hay dos cosas que no cuesta nada en la vida: soñar y consultar el Pequeño Larousse.
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