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Lecciones de Tabasco
El gran perdedor, por donde se le quiera ver, es el perredista y ex candidato presidencial López Obrador La primera de las muchas lecciones que arrojan los comicios celebrados el pasado domingo en Tabasco es que electores como los de esa entidad ya ejercen, como práctica cotidiana, el voto diferenciado. El 2 de julio no dudaron en entregar su voto a AMLO, pero en 100 días después cambiaron su voto a favor del priísta Andrés Granier, quien será el nuevo gobernador de Tabasco. El gran perdedor, por donde se le quiera ver, es el perredista y ex candidato presidencial López Obrador, quien intentó trasplantar en Tabasco su protesta postelectoral del 2 de julio -al pretender convertir esa elección en una suerte de venganza política y castigo a los supuestos defraudadores de la elección federal-, lo que fue rechazado mayoritariamente por el electorado tabasqueño. Esa fue la segunda gran lección; es decir, que ni los paisanos de AMLO le dan crédito al supuesto fraude en la elección presidencial. Además, los tabasqueños rechazaron esa locuaz responsabilidad que les quiso endosar el "legítimo", al tiempo que dieron la espalda al falso dilema de que luego del 2 de julio los electores de todo el país castigarían al "pelele" o al "espurio". Y es que en Tabasco el PRD consiguió la votación más baja en los últimos tres procesos electorales locales, mientras que en ese periodo el PAN elevó su votación; el pasado domingo jugó el voto negociado. Así, el gran ganador, no sólo en Tabasco sino en la guerra postelectoral a la que se le intentó llevar, es el PRI, partido que empieza su recuperación luego del penoso tercer lugar al que fue lanzado el 2 de julio. El tricolor además recuperó la mayoría en el Congreso y de alcaldías, lo que muestra un severo retroceso para el PRD local, el gran derrotado. Y esa es la tercera gran lección. Tabasco mostró que el PRI y el priísmo siguen vivos, y que el 2 de julio fueron arrojados al tercer lugar de las preferencias presidenciales porque el tabasqueño Roberto Madrazo era no sólo un mal candidato, sino el peor aspirante presidencial. Tabasco confirmó que el priísmo sigue siendo alternativa de poder en regiones bien identificadas y, en sentido contrario, que las victorias electorales del PRD pueden ser efímeras, si abandona su origen y la práctica democrática. La cuarta lección es esa, la penosa derrota del PRD tabasqueño, partido abandonado a su suerte, alimentado sólo por el paisanaje del caudillo, a quien nadie puso un alto en su insultante imposición de candidatos locales, como Raúl Ojeda, en su afán por destruir al perredismo y a su pretensión de convertir a Tabasco en laboratorio de sus venganzas personales. Está claro que los electores tabasqueños querían un presidente tropical -como los electores de cualquier entidad del país habrían preferido a un paisano como presidente-, y que entre López Obrador y Madrazo votaron por el primero y contra el segundo. Pero esa preferencia no tenía certificado de permanencia. Si habían rechazado a un mal candidato presidencial como Madrazo, tres meses después los tabasqueños le dieron la espalda al impuesto César Raúl Ojeda, un ex priísta amigo de AMLO, pero visto como el eterno perdedor. ¿Por qué ese voto cambiante? Esa es la quinta gran lección. Si no es lo mismo una elección federal que una local, tampoco es lo mismo un liderazgo nacional -por fuerte que sea, como el de AMLO: querido por su paisanaje, pero derrotado el 2 de julio- que una candidatura local, como la de Raúl Ojeda. En este caso, el PRD cometió un doble error. Permitió que el caudillo ejerciera en Tabasco un grosero cacicazgo que desplazó a muchos grupos locales con derechos legítimos y candidatos con mayores posibilidades. Pero luego del 2 de julio, ese mismo perredismo dejó que AMLO insultara por segunda ocasión a su militancia, al convertirse en el candidato al gobierno de Tabasco, más que en el promotor de Ojeda. La imposición de candidatos es mala consejera, pero la suplantación es un insulto a los electores. Del anterior escenario se desprende una sexta lección, que la preferencia y la simpatía de un político, de un líder o de un mesías no se transfiere, no se hereda, no se presta y menos se induce. "Lo que Salamanca no da, los famosos no prestan". Una buena porción de los tabasqueños no quería a César Raúl Ojeda, un cartucho quemado en la política local, pero tampoco querían como gobernador a "un pelele" del "legítimo". Es decir, desde el momento en que AMLO convirtió a Tabasco en rehén de sus venganzas personales, para muchos electores de esa entidad quedó claro que César Raúl Ojeda era un candidato derrotado. No sólo fue impuesto a partir de su amistad con AMLO, sino que iba directo a la derrota. Si una sociedad ha padecido a AMLO, antes que los capitalinos, es la tabasqueña. "No saben el alacrán que se echaron encima", nos dijo hace seis años una periodista tabasqueña, hoy convertida en lopezobradorista, por obra y gracia del poder. Cuando los tabasqueños se vieron atrapados otra vez en conflictos postelectorales, marcaron su distancia. Esa es una séptima lección. No vale el paisanaje, el peso del liderazgo nacional, frente al valor de la tranquilidad social. Ahora hablarán de un nuevo fraude. Al tiempo. aleman2@prodigy.net.mx
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