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Pound en aquella pequeña jaula
El fascismo de Ezra Pound sigue siendo un tema equívoco: los críticos e historiadores de la literatura suelen darle la vuelta por un mal disimulado temor, circunvalarlo con un gesto de recato -no se sabe si hipócrita o "respetuoso"-. Esto a diferencia de lo que ocurre, por ejemplo, con Louis Ferdinand Céline, caso claro y estridente de colaboracionismo durante la Segunda Guerra Mundial. Céline no pidió perdón ni siquiera por haber escrito en favor de la Solución Final (sus famosas Bagatelas para una masacre) y Pound sí, como se lee en un pasaje significativo de los últimos Cantos. Esto, esas dos actitudes contrastantes, deja las cosas claras en el primer caso ("Céline era un desalmado") pero no en el segundo ("Pound cometió un error."). El problema con esos temas es que enturbian la perspectiva estrictamente literaria, y peor aún ante estos dos creadores, tan excéntricos, tan originales, tan radicales. La grandeza de Céline parece ser la de un absoluto marginal; la de Pound, la de un clásico futuro. Escribo esto porque me acabo de hacer con una edición anotada de los poundianos Cantares de Pisa, los poemas más expresivos de la tragedia personal de Pound con el fascismo, que a nuestro idioma tradujo el mexicano José Vázquez Amaral en colaboración con el propio poeta, así como lo haría con el conjunto de los Cantos, obra magna que publicó magníficamente la editorial Joaquín Mortiz en un México que ya no existe y donde este tipo de ediciones eran todavía posibles. La edición anotada de los Cantares de Pisa que conseguí fue publicada en Estados Unidos por la editorial New Directions, dirigida por el admirable James Laughlin, amigo personal, discípulo y editor de Pound. El poeta escribió estos Cantares en una celda estrechísima en forma de jaula, en donde fue confinado por los soldados del ejército estadounidense que lo arrestaron. A consecuencia de la postración física, mental y moral a la que lo redujo esa prisión, Pound sufrió una grave crisis sicológica; enjuiciado por un alto tribunal del gobierno de su país por sus simpatías con Mussolini -y por sus trasmisiones radiofónicas en contra de Estados Unidos- el gran poeta fue internado en un manicomio de la ciudad de Washington. Allá iban a visitarlo sus amigos y admiradores, entre ellos el mexicano Vázquez Amaral. El sufrimiento de Ezra Pound fue sin duda sublimado en la escritura de los cantos pisanos. Las obsesiones de clasicista del poeta y su amor por la herencia lírica de Europa -los trovadores de la Provenza-, así como su portentosa capacidad visionaria, dejaron su huella en esos versos compuestos dentro de la terrible jaula de Pisa. Uno de los lectores asiduos de la poesía de Pound en México fue Salvador Elizondo. No sé si al paso de los años lo dejó de leer; pero recuerdo algunos escritos suyos sobre los Cantos, muy entusiastas y agudos, leídos por mí en los años 60. * Escritor
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