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La vida no vale nada
¿Quién es el responsable del asesinato del profesor René Calvo Aragón? Nadie lo sabe, o nadie quiere saberlo Una de las composiciones clásicas de José Alfredo Jiménez, titulada Caminos de Guanajuato , hace referencia a esa sentencia de la voz popular: "La vida no vale nada... comienza siempre llorando y también llorando se acaba". Y viene a cuento porque en la crisis político-social que se vive en Oaxaca parece perfectamente aplicable. La vida no vale nada. Por lo menos la vida del profesor René Calvo Aragón -disidente del magisterio radical y de la APPO, asesinado el pasado jueves- no le importa a nadie. O por lo menos eso es lo que parece. No importan los caídos, sean del bando que se trate, sean los responsables de la muerte, de la banda que se quiera. Lo importante es que la "guerra" sigue. Que la APPO y el magisterio oaxaqueño ni se inmutan por esa muerte, porque el objetivo final, más que la vida, es someter al adversario, al gobierno federal, incapaz siquiera de un responso por el maestro caído. Lo importante, dicen unos, es que el asesinato del profesor Calvo Aragón -quien junto con otros maestros integraba una lista de enemigos del "movimiento"- es parte de la provocación, parte de la guerra que se libra entre rebeldes y gobiernos, local y federal. Y en efecto, el asesinato del maestro pudo ser parte de esa provocación, de cualquiera de las partes, para tensar aún más la crisis político-social que se vive en Oaxaca. Pero también es una formidable muestra de los niveles a los que han llegado y están dispuestos a llegar quienes guerrean en Oaxaca; los rebeldes magisteriales, de la APPO, y los gobiernos local y federal. Queda claro, para todo aquel que quiera ver la realidad, que las partes, del lado que se quiera, no sólo juegan con la paz, la tranquilidad y la economía de los oaxaqueños; no sólo disponen de su educación y sus empleos, sino que ahora también juegan con la vida de los que no piensan como ellos, que no comparten su "movimiento" y sus métodos. ¿Quién es el responsable, material y/o intelectual, del asesinato del profesor Calvo Aragón? Nadie lo sabe, o nadie quiere saberlo, porque para esa guerra una vida como la suya no vale nada. Lo que importa, dicen, es la rentabilidad política del "movimiento", cumplir el reclamo de unos -del magisterio y de la beligerante APPO-, y la institucionalidad de los otros. Total, a quién le importa una, dos, más vidas. ¿Cuántas ha costado ya esa crisis? Pero lo más preocupante, además de lo cuestionable que resulta que en esa crisis se pongan en juego las vidas de miles de personas y que se cobre una vida como la de René Calvo Aragón, es que tanto gobierno como sociedad, en términos generales -incluidos los medios de comunicación- hayamos perdido los anticuerpos sociales básicos sobre los que se construye el Estado; las capacidades de asombro, indignación, justicia y rechazo a la barbarie como método para resolver las controversias. En la crisis de Oaxaca, que se ha convertido en una grotesca extensión de la guerra postelectoral, la polarización política, social y mediática, ha producido extremos delirantes, en donde los que se dicen agraviados por la contienda del 2 de julio se han convertido en los apologistas de la violencia. Para esos apologistas, todo lo que hagan el magisterio y la APPO tiene una justificación, un origen legítimo, si no es que un designio divino -aunque se trate de acciones ilícitas, ilegales o hasta criminales-, mientras que todo aquello que intenten los gobiernos, local y federal -a los que se debe cuestionar por sus formidables incapacidades-, es la mayor perversión del Estado, un grosero intento de represión. En la crisis de Oaxaca -y antes en la crisis electoral- se ha llegado al extremo de que una buena porción de la sociedad percibe como eventos normales, con los que debemos convivir en la cotidianidad, que un grupo disidente del gobierno estatal o federal recurra al secuestro de calles, al establecimiento de barricadas, a la preparación de bombas molotov, al cierre de escuelas, al secuestro de instalaciones públicas, a la persecución de funcionarios públicos, al juicio público, en la plaza, de quienes disienten; de policías y funcionarios, y hasta persecución de periodistas. Y por último, se llegó al límite de ver como normal el asesinato del profesor. "Se lo tenía merecido, por traidor", han dicho algunos, mientras que otros, ya en la feria del cinismo, justifican: "Toda lucha tiene costos". ¿Se puede apelar al diálogo frente a la barbarie y la incivilidad? La vida del profesor, la vida de cualquier mexicano, es tanto o más valiosa que la del gobernador Ulises Ruiz, que la del presidente Fox, que la del presidente electo, Calderón, que la del secretario Abascal o que la del "legítimo". Pero no. ¿A quién le importa la vida de Calvo Aragón? A nadie, porque nadie la investiga, en un estado en donde no hay gobierno, en donde no hay ley. Esa vida no importa al magisterio y menos a la APPO, porque era la de un traidor, y porque en su impostura los líderes sólo buscan la ganancia política. Y tampoco le importa a Abascal, porque el secretario de Gobernación sólo quiere salir limpio. La vida, en Oaxaca, no vale nada. Al tiempo. aleman2@prodigy.net.mx
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