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Cream, el legendario grupo de rock inglés
Un amigo me invita a sentarme en un sillón de la sala de su casa y me pone frente a la televisión. Hace los preparativos consabidos: abre la delgada cajita rectangular y toma en sus manos el disco plateado; lo mete en la máquina reproductora. y ya está. Vamos a ver en devedé el último concierto del grupo llamado Cream, el legendario grupo de rock inglés de los años 60. Es el Royal Albert Hall. Tres hombres más bien maduros entran en el escenario, sobriamente iluminado, a paso lento, un poco cansino. Uno se sienta ante los tambores y los platillos; los otros dos toman sus guitarras eléctricas. Un bajo, un requinto. Es el trío Cream 40 años después de su apogeo. Los tres pasan sobradamente de los 60 años de edad; su década fue la de los 60. Entonces brillaron y sonaron como pocas bandas; como ninguna, mejor dicho. Se llaman Jack Bruce, Ginger Baker y Eric Clapton. Pasaron por todas y algunas más. Son tres sobrevivientes con toda la barba, y no precisamente la barba de ZZTop; sino la de quien se las ha visto negras en diversos infiernos, en particular el de la adicción a sustancias legales e ilegales, dicho esto sin la menor beatería. Cada quien su infierno y sus ganas de salir o permanecer en él. Pero aquí, ante este devedé, no se trata del infierno, sino del gozo simple y complicado a la vez de disfrutar de la música popular; y también, lo cual no es poca cosa, de recordar a quienes ellos fueron y a quienes fuimos nosotros, que los escuchamos con devoción. Ni siquiera vemos todo el devedé; apenas una porción mínima. Le digo a mi amigo: "Casi dan ganas de llorar". Él me explica que el concierto fue organizado a petición de Bruce y Baker porque no tenían dinero, y desde luego Clapton, el más afortunado, accedió a echarles la mano (la "mano lenta" de su apodo paradójico) con ese triple concierto en el Hall londinense. Hace muchos años mi amigo y yo leímos, y comentamos con avidez, una entrevista con Jack Bruce, la más emotiva de cuantas he leído con un músico de rock. Yo tuve el recorte, o él; lo cierto es que se extravió para siempre en alguna vuelta de la vida. Pero era de verdad conmovedora, y aun desgarradora; su tema: el riesgo pavoroso, para los músicos de rock, de vivir "en el camino". Un riesgo mortal, sobre el que Jack Bruce hablaba con elocuencia sorprendente. Desde un cuarto blanco, el resplandor solar del amor visita todas las encrucijadas. La voz de Jack Bruce -un poco temblona ahora- es el acompañamiento ideal para la guitarra mágica de Eric Clapton. En el fondo, pero con una envolvente insistencia en el cuatro-por-cuatro consabido, la batería de Ginger Baker marca los ritmos con golpes diáfanos, enérgicos. Las canciones se desgranan con una nostalgia irrestañable y por un instante volvemos a 1968, 1969, la presa Brockmann, las calles del centro y las librerías donde encontrábamos los libros deseados.
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