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Ricardo Alemán
25 de septiembre de 2006

PAN, el lastre

¿Por qué Calderón ahora sale con que debe alejarse del partido que lo vio nacer? Por elemental sobrevivencia o responsabilidad histórica

E l jueves 6 de julio del año 2000, el diario La Jornada ofreció a sus lectores, como nota principal, una rica entrevista con Vicente Fox, el entonces presidente electo. La cabeza de la nota y los sumarios eran elocuentes: "Fox: el PAN ya me formó, ahora me tiene que dejar ir". "Al final quien gobierna soy yo, el que la riega soy yo, no mi partido".

A cuatro días de resultar electo, de la histórica derrota del PRI el 2 de julio del año 2000, y a poco más de cuatro meses de asumir el poder presidencial -lo que ocurrió el 1 de diciembre del mismo 2000-, Fox proponía alejarse de su partido, del PAN, formación política que, en los hechos, quedó marginada del poder en el sexenio que termina. Se confirmaban los temores del panismo doctrinario, de Felipe Calderón, de que con Fox se corría el riesgo de "ganar el poder pero perder al partido".

Seis años después -y una vez que se confirmó que ni Fox ni el PAN gobernaron en el sexenio que termina y que, en efecto, el que la regó fue Fox-, la historia se repite, aunque en circunstancias notablemente distintas. El pasado sábado, en un acto cerrado, con una escasa concurrencia, Felipe Calderón sorprendió a propios y extraños al confesar en la capital de Coahuila: "Por eso cada día debo dejar de ser... debo ser menos militante partidista y cada día más gobernante de todos los mexicanos". El presidente electo había anunciado la "sana distancia con el PAN" -en lenguaje de Ernesto Zedillo-, al explicar que en su gobierno "no habrá exclusiones ni partidarismos", sino que "cabemos todos".

Parecen gemelas las declaraciones de Fox y Calderón -lo que haría suponer a muchos que Calderón seguirá el mismo camino que Fox-, pero la realidad es que no sólo se pronunciaron con una diferencia de seis años, sino que los momentos políticos, la realidad nacional, la pluralidad, los conceptos de legalidad y legitimidad que acompañaron a uno y otro presidente electo son distintos. Ese 6 de julio del 2000 Fox contaba con la aceptación de ocho de cada 10 mexicanos, el suyo era un gobierno no sólo legal, sino profundamente legítimo; nadie cuestionaba la derrota del PRI y se abrían anchas avenidas para la naciente democracia electoral, para la alternancia, y la división de poderes.

En cambio Calderón ganó con un tercio de los votos efectivos -y con una diferencia de apenas 0.5 del candidato derrotado-, lo que significa que dos tercios del electorado efectivo no votaron por él, en tanto que 30% cree -con o sin razón- que llegó gracias a una elección frauduenta y que es un presidente espurio. ¿Por qué frente a dos escenarios diametralmente opuestos los electos, Fox y Calderón, consideran que su partido, el PAN, es poco menos que un lastre? Está claro que Fox se equivocó, porque no concebía un gobierno del PAN, sino la continuación del PRI. Para eso le estorbaba el partido por el cual llegó al poder. Y cometió el mismo error hacia el final de su gobierno, cuando trató de imponer como sucesor a un no panista, pero fue derrotado por un sí panista, Calderón. El de Fox no era un gobierno del PAN, y menos alternativo al PRI, sino que fue un gobierno de recambio de personas, pero con el mismo modelo del PRI: "Quítate tú para ponerme yo".

¿Por qué entonces Calderón se niega a encabezar un gobierno del PAN? ¿Por qué ahora sale con que debe alejarse del partido que lo vio nacer? Por una razón que acepta dos variantes; elemental sobrevivencia o responsabilidad histórica. Está claro que a la luz de los resultados electorales, el de Calderón será -en sentido contrario a la concepción clásica de la democracia electoral- un gobierno de las minorías, más que de las mayorías. Si se empeña en encabezar un gobierno del PAN, será el presidente de un tercio de los mexicanos, y dejará fuera de su gobierno a dos tercios que no votaron por él -entre los que se encuentran los que votaron por AMLO, por Madrazo, por otros partidos y, sobre todo los que no votaron-, que por cierto son la expresión mayoritaria de la jornada del 2 de julio. Sí, los abstencionistas sumaron 40% del total, en tanto que ninguno de los candidatos superó el 35% de las preferencias.

Sea por sobrevivencia elemental, sea por responsabilidad histórica, el de Calderón no puede ser un gobierno del PAN, de la derecha, y ya no se diga de la extrema derecha. El de Calderón más bien parece destinado a ser un partido de centro amplio, que lo mismo se mueva del centro a la derecha, que del centro a la izquierda. Y si se revisa la concepción ideológica de Felipe Calderón, sobre todo la que expresó cuando fue dirigente del PAN, se llegará a la conclusión que su corrimiento al centro no es por sobrevivencia, sino por convicción. Se entienden también los lloriqueos de la extrema derecha, del Yunque y de otros sectores que asaltaron al PAN en el último sexenio, y que se convertirán, tarde o temprano, en un lastre del gobierno de Calderón.

Y si el corrimiento al centro no es por sobrevivencia, ¿cuál es la responsabilidad histórica del gobierno de Calderón? Será el verdadero gobierno de la transición. Pero hay un dilema sin respuesta: ¿cuál será la izquierda que lo acompañará? Lo que sí sabemos es que enemigos serán la extrema derecha y la izquierda radical. Al tiempo.

aleman2@prodigy.net

 
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Apasionado del periodismo, así explica el autor su dedicación de más de 10 años a este espacio donde se afana en traducir, aclarar y revelar los entretelones de críptico ámbito que es la política. Su trabajo requiere análisis, conocimiento y paciencia para poner en su lugar las piezas del acertijo. Le intriga también la literatura, aunque asegura que ninguna novela es más interesante que la realidad política.
 
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