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Fox: ¿eficacia o represión?
Todo está listo, en espera de la orden del Presidente. Pero esa orden no llega V icente Fox es un mexicano profundamente católico, temeroso de Dios. Pero esos temores no son tan profundos como el miedo que le tiene al juicio de la historia. Se sabe dentro de la historia mexicana y hasta de un rasguño de la historia universal, al ser el presidente que desbancó del poder al viejo partido de la Revolución Mexicana, y aquel que acabó con el más antiguo monopolio del poder en la historia reciente. Pero le tiene verdadero pánico -como si la historia de la democracia mexicana no lo fuera a recordar como el presidente que estuvo a punto de arruinar esa democracia- a ser recordado como un presidente represor, como el moderno Gustavo Díaz Ordaz, por ejemplo. A lo largo de su ya agonizante gobierno, solía decir a sus cercanos "nunca me verás dar esa orden", cuando alguien le proponía el uso de la fuerza pública para resolver conflictos como la protesta de los ejidatarios de San Salvador Atenco, que machete en mano impidieron la construcción del nuevo aeropuerto. Y viene a cuento el tema porque en torno a la crisis política, social y de gobernabilidad en Oaxaca, desde hace semanas, están listos los operativos para que intervenga la fuerza pública federal; se tienen identificados los focos rojos, los incitadores; probados los delitos por los que serían encarcelados los presuntos responsables de la agitación, diseñada una operación quirúrgica. Todo está listo, en espera de la orden del Presidente. Pero esa orden no llega y, como están las cosas, es probable que no llegue. ¿Por qué? Porque Vicente Fox no quiere pasar a la historia como un presidente represor. Y esa apreciación la confirmó el pasado martes en Nueva York, durante una entrevista con los editores del diario The Wall Street Journal, que le preguntaron sobre la ausencia de autoridad en Oaxaca. Dijo Fox: "Cuando alguien rompe el orden institucional, aunque sea con la toma de una calle o carretera, el uso de la fuerza es legítimo. Sin embargo, en la sociedad mexicana no existe la cultura política para aceptarlo. Por eso no se lleva a cabo". Pareciera una explicación sensata, responsable, digna de un demócrata con vuelos de estadista. Pero también puede ser vista como la respuesta de un gobernante timorato, temeroso a asumir sus responsabilidades, y a quien sólo le importa su imagen, las encuestas, pasar a la historia sin abollar la corona. ¿No está lista la sociedad mexicana para aceptar el legítimo uso de la fuerza pública? ¿De dónde saca esa aseveración? ¿No será que es él quien no está listo para entender el papel y la responsabilidad que asumió el 1 de diciembre de 2000 al protestar como presidente? Ahora resulta que un demócrata -si es que Fox lo fuera-, y una naciente democracia como la mexicana no están preparados para el ejercicio de la democracia. Porque, en efecto, nadie estaría de acuerdo con un gobierno represor, pero resulta que nadie le está pidiendo a Fox que se convierta en eso, sino que sea un presidente eficaz, capaz de salvaguardar la tranquilidad, la paz social, los bienes, las vidas de toda una comunidad que se ve amenazada por una porción de la misma sociedad que ha traspasado los cauces institucionales. En una parte tiene razón el Presidente. Es previsible que si ordena el despliegue de la fuerza pública en el caso de Oaxaca -y sobre todo si esa fuerza pública actúa sin preparación, sin coordinación y en medio de excesos-, los titulares de los medios reportarán "¡Represión!", como ya ocurrió recientemente en el estado de México. Pero si la fuerza pública actúa en los márgenes de su responsabilidades, sin los excesos y abusos que suelen cometer, seguramente habrá quienes pretendan cobrar facturas al gobierno y al Presidente en esa acción, pero el grueso de la sociedad entenderá que, ante la intransigencia de los manifestantes -luego de prolongadas e infructuosas jornadas de diálogo-, no había otra salida más que ésa, la fuerza. Un ejemplo lo dio el gobierno de Ernesto Zedillo, al recuperar las instalaciones de la UNAM, luego de la más prolongada huelga, sin más inconvenientes que los propios de una acción de justificada fuerza del Estado. Algunos grupos radicales gritaron que se había tratado de un acto represivo, pero olvidaron que el Estado moderno, democrático, tiene como una de sus facultades el del uso de la fuerza contra quienes rompen los márgenes de convivencia. Pero lo más grave es que cuando Vicente Fox pareciera esconderse del "qué dirán", del juicio de la historia, lo único que hace es reconocer que él mismo, junto con una buena parte del sistema político, no se asumen como parte de una democracia que debe consolidarse precisamente a partir de la eficacia, respeto institucional y apego a la legalidad. Si Fox no quiere emplear la fuerza pública contra aquellos que, mediante la violencia pretenden cambiar el orden institucional -sean o no justas sus demandas-, lo único que consigue es estimular que sean la fuerza, la violencia, el chantaje, lo que valgan para resolver las controversias. No se intervino en Oaxaca, para no contaminar la elección federal; luego, para no contaminar la crisis postelectoral. Y ahora porque "la sociedad no está preparada". ¿Y entonces qué? ¿Esperamos a que venga el Espíritu Santo? Al tiempo. aleman2@prodigy.net.mx
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