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Gritones irresponsablesSon igualmente imprudentes al empeñarse en presidir la más popular de las ceremonias cívicas en el mismo lugar y hora L o de menos es que el fervor independentista los empuje a la proclama de la noche del 15 de septiembre. Lo de menos es que uno grite los "vivas" desde el balcón central de Palacio Nacional y el otro lo haga en la tarima de su protesta postelectoral. Lo de menos es que uno sea el Presidente de los mexicanos, que porte la banda que lo acredita como depositario de esa institución, y el otro se diga "presidente en rebeldía", "presidente legítimo" o, si quiere, hasta "rey de los mexicanos". El problema no está ahí. El problema es que en su pleito personal, de fajadores de callejón, los señores Fox y Obrador aparecen igualmente irresponsables al empeñarse en presidir la más popular de las ceremonias cívicas en el mismo lugar, a la misma hora, pero no frente a la misma gente, sino frente a dos audiencias distintas, ciudadanos polarizados por el fervor político electoral y que ante el riesgo de encontrarse frente a frente, en un campo de batalla abierto, podrán ser presa fácil de una provocación que pudiera resultar de alcances indeseables para todos. El problema no es "el grito", ni la paternidad de su significado, ni la plaza "corazón de la patria", sino la irresponsabilidad de "los gritones", que parecen empeñados en lanzar combustible a la peligrosa polarización social, que sólo espera una chispa para iniciar un incendio. Durante más de 60 días, por un lado, el señor López Obrador se ha encargado de fomentar el odio hacia quien considera un "traidor a la democracia". En la plaza pública, en el mismo zócalo en donde Vicente Fox se empeña en encabezar "el grito", el candidato presidencial derrotado acusa de todo al gobierno foxista que, por esa exaltación irresponsable, es visto por los seguidores de AMLO como el peor enemigo de los mexicanos. A su vez, por el otro lado, el irresponsable Fox -quien no sólo se sumó a las descalificaciones del Tribunal Electoral al negar que su gobierno haya puesto en riesgo la elección- recorre el país en un periplo de despedida y aprovecha cualquier oportunidad para cobrar venganza por el agravio de la bancada del PRD en el Congreso -y para cobrarle la factura a AMLO- al insistir en que cumplió, que dejará al nuevo presidente un país "despejado", en alusión a la derrota de López Obrador, a quienes muchos motejan como El Peje. Una y otra, las dos actitudes -igual de irresponsables- son hijas del infantilismo político que durante casi seis años enfrentó a los dos más encumbrados gobernantes mexicanos; el Presidente panista de la alternancia y del "cambio", y el perredista jefe de Gobierno del DF. La mutua antipatía entre Fox y Obrador nació a la par de sus respectivos gobiernos -diciembre de 2000-, y se convirtió en una grave enfermedad que atacó a las dos partes. El inicio de ese pleito se produjo cuando el gobernante capitalino le negó el trato de "jefe de gobierno y de Estado" que reclamaba Vicente Fox, y cuando el Presidente se enteró que era despreciado por el tabasqueño. "En la silla presidencial está sentado un tonto", solía decir a sus cercanos López Obrador. El resto de la historia es conocida por todos. Fox intentó por todos los medios poner diques a las aspiraciones presidenciales del jefe de Gobierno, y de esa antipatía salieron los videoescándalos, el desafuero y que, al final de cuentas, Fox se convirtiera en el principal propagandista de Felipe Calderón, a pesar de que en los hechos y durante casi cinco años, el presidente había sido el principal propagandista de AMLO, a quien llevó a las nubes de la popularidad gracias a esa persecución. En realidad el impensable crecimiento de Obrador en las preferencias ciudadanas tiene, en Vicente Fox, a uno de sus artífices, no sólo por las rencillas personales sino por el deficiente gobierno del "cambio". En el otro bando, la belicosidad mostrada por AMLO en la etapa postelectoral -además de las razones naturales que lo llevaron a denunciar un supuesto fraude-, en buena medida tiene su origen en la guerra personal del tabasqueño hacia el Presidente, al que con razón o sin ella responsabiliza de su derrota electoral. De ese sentimiento hepático -más que de una ganancia estratégica- salió, por ejemplo, la decisión de impedir que Fox rindiera su sexto y último informe de gobierno, lo mismo que el empecinamiento de disputar la paternidad del "grito" de independencia y del espacio físico del zócalo. En los dos casos, AMLO intenta ridiculizar al Presidente, infringirle una derrota mediática y personal, más que política, que al final retrata igual a Fox que a AMLO. Pero esa irresponsabilidad compartida parece llegar al límite de lo tolerable. Y es que cuando en su pleito de callejón, tanto Fox como Obrador crean las condiciones para que, en un mismo espacio y a la misma hora, se concentren grupos sociales polarizados por la aún latente guerra electoral, lo único que están haciendo es llevar la confrontación social al límite. ¿Quién podrá impedir una provocación que termine en batalla campal entre grupos antagónicos durante la noche del "grito"? Y si la cordura, el sentido de responsabilidad y la grandeza política no se dan ni en Fox ni en Obrador, sólo queda esperar que surja de la sociedad. Al tiempo. aleman2@praodigy.net.mx
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