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Arturo Cantú (1936-2006)La muerte de Arturo Cantú ha sido un golpe devastador no nada más para quienes lo queríamos y admirábamos. Ha sido una pérdida irreparable para la poesía mexicana. Pocos poemas escribió y apenas publicó un puñado de versos, sobre todo en sus años juveniles, en Monterrey, en las páginas de la revista Kátharsis. Pero escribió uno de los libros sobre poesía más valiosos de nuestro tiempo mexicano y latinoamericano: En la red de cristal, ensayo en torno del mayor poema de José Gorostiza, Muerte sin fin, lo que significa sencillamente el mayor poema de nuestro país en los últimos 100 años, al lado de los de Ramón López Velarde. Tan sólo por esa obra magnífica, el nombre de Arturo Cantú merece figurar en un lugar principalísimo en la historia de la literatura mexicana. En la red de cristal fue publicado por la Universidad Autónoma Metropolitana y alcanzó una segunda edición (2006) que ahora, y en buena hora, circula. Cantú nació el 16 de noviembre de 1936 en la ciudad Monterrey y murió en la tarde del pasado lunes 4 de septiembre en un hospital del sur de la capital mexicana. No llegó a cumplir, pues, los 70 años de edad. Fue periodista, diplomático en Nicaragua y servidor público; fue un amigo ejemplar y un maestro informal -conversador de altos vuelos-, aunque dio clases en universidades importantes, como El Colegio de México. Hizo de la charla un arte superior y del consejo oportuno y nunca complaciente una poderosa luz intelectual y moral. Como lector, era una prefiguración, de genuinos perfiles nietzscheanos, de lo que puede llegar a ser y a hacer un ser humano ante las páginas de los libros que de verdad importan. Ahora está en el mismo cielo de José Alvarado y José Revueltas, sus amigos y camaradas. Es un cielo de nubes rojas y profundas, repleto de ideas brillantes y de encendidas discusiones, de imágenes y libros, de artículos periodísticos llenos de genio e ingenio. En ese cielo surcado por la "airosa teoría de una nube" Arturo Cantú conversa serena y apasionadamente con don Pepe Gorostiza. En una de nuestra últimas comunicaciones telefónicas bordamos sobre una de las acepciones de la palabra "teoría", precisamente: para los antiguos griegos, procesión religiosa; así aparece en ese verso de Muerte sin fin que he entrecomillado, con su nube viajera, cifra de la gracia. De Arturo Cantú bien podemos repetir lo que Rubén Darío puso en boca de Diego Velázquez para elogiar a Góngora: "Alma de oro, fina voz de oro". Vayan con estas letras mi cariño para Dora Salcido, su viuda, y para Laura Cervantes Salcido; para sus cuatro hijas: Martha, Adriana, Leticia y Emilia Cantú Alvarado; para todos los amigos que lo quisimos, en especial Eduardo Clavé y Federico Campbell. Nunca nos repondremos de la desaparición física de Arturo Cantú, nunca. Pero guardamos su imagen y su voz con un amor inagotable en el corazón y en la memoria: siempre.
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