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Ricardo Alemán
10 de septiembre de 2006

Un ´volado´ la elección, la calificación y el futuro de Calderón

Ayer todos se negaron a cambiar las reglas del juego; hoy se quejan

H asta los años 60 del siglo pasado, uno de los más populares juegos de azar -además de la tradicional lotería- era el de los "volados". Se lanzaba una moneda al aire y uno de los dos jugadores apostaba a que al caer al suelo, la moneda mostraría hacia arriba "águila" o "sol". En espectáculos deportivos actuales, como el futbol, esa suerte sigue vigente, cuando los capitanes de los dos equipos deben decidir, mediante un "volado", en cuál de las dos secciones de la cancha iniciarán el juego.

Pero jugar la suerte a un "volado" es más que un juego de azar, más que una voz popular sobre lo incierto de tal o cual decisión. En la política electoral mexicana -y sobre todo ante la alternancia y la pluralidad que se vive-, se ha convertido en una dolorosa realidad. Los procesos electorales mexicanos -como los de casi todo el mundo-, con todo y sus certezas y/o fallas evidentes, se reducen a un elemental "volado", en donde la decisión de sufragar por los amarillos, los azules o los tricolores fue, como en el pasado 2 de julio, producto de una corazonada, de un acto de fe o de una simpatía temporal.

El pasado 2 de julio vivimos la más competida contienda electoral -en medio de una pluralidad impensable-, que llevó a los electores a decidir entre cinco propuestas de candidatos presidenciales a los que respaldaban un total de ocho formaciones partidistas. Tres de esos candidatos: Calderón, Obrador y Madrazo, convocaron más del 90% de las preferencias, y luego de un controvertido proceso postelectoral, oficialmente fue declarado ganador y presidente electo el panista Felipe Calderón Hinojosa.

Y viene a cuento la concepción del "volado" porque a pesar de un largo y tedioso periplo proselitista, de miles de millones de pesos invertidos en publicidad y propaganda; luego de una feroz guerra discursiva y de mutuas campañas de desprestigio, muy pocos tienen la certeza de que el elegido, el que obtuvo el mayor número de votos -sobre todo por lo cuestionable que pueda resultar su triunfo-, resulte la mejor opción. Es decir, que los casi 40 millones de votantes y hasta los casi 30 millones de abstencionistas, jugamos el futuro del gobierno en un "volado". ¿Por qué?

Porque a pesar de lo prolongado e intenso de las campañas electorales, a final del camino no se votó por la mejor opción, por la mejor propuesta, por el más capacitado o aquel con mejores habilidades y mejor programa de gobierno, sino por mera simpatía, por antipatía o corazonada, por un acto de fe, por impedir que llegara el odiado o, simplemente, por costumbre.

Según los primeros datos de un análisis sobre el resultado electoral del pasado 2 de julio -que elabora una reputada casa encuestadora a pedimento de un partido político-, la diferencia entre el ganador y el perdedor, entre Calderón y Obrador, la pudieron haber marcado los electores que "no sabían lo que querían, pero sí sabían lo que no querían". Es decir, aquellos que votarían por una de las dos opciones -el PAN o el PRI-, capaces de impedir que el ganador fuera el candidato López Obrador. En un corte parcial del análisis se dice que el voto duro de los tres más aventajados candidatos estaba definido "y coagulado" hasta un mes antes del 2 de julio, pero que por lo menos un 12% de votantes potenciales se movieron en esas cuatro semanas a favor de la opción más convencional.

El sector de los apartidistas, de aquellos que a los que nada les dice el azul, el amarillo o el tricolor, pero que tampoco fueron seducidos por la personalidad de los candidatos, habrían decidido su voto no a favor de alguna de las tres grandes opciones, sino en contra de aquella que les parecía la menos conveniente. Dieron su voto no a favor de tal o cual candidato o partido, sino a favor del que tuviera más posibilidades de impedir la llegada del no deseado. Es decir, una suerte de voto útil pero en sentido contrario. Un asunto de humor hepático, de fobia. Y por pura casualidad esas cuatro semanas previas al 2 de julio son aquellas en las que el candidato finalmente derrotado alardeaba de 10 puntos de ventaja, peleaba con los grupos empresariales, mantenía la tensión contra el Presidente y contra las instituciones electorales.

Calderón, en duda

Pero más allá de la cuestionada legitimidad del presidente electo, lo cierto es que la gestión de Felipe Calderón también resultará ser un "volado". No existe garantía alguna -como no la existe en ninguna parte del mundo- de que la de Felipe Calderón resulte finalmente una gestión exitosa, que haya sido la mejor selección. ¿Qué se sabe de Calderón?, además de su origen partidista, de su trayectoria parlamentaria y de sus habilidades para derrotar a Fox, a Creel y a la dirigencia del PAN.

Si tomamos en cuenta los datos anteriormente citados, la diferencia del voto que le dio el triunfo a Calderón no fue producto de quienes creían en su propuesta, sino de aquellos que lo apoyaron porque era el único que podía impedir que ganara Obrador. Un voto de rechazo al candidato de la izquierda, o de esa izquierda del PRD, PT y Convergencia. Pero la historia inmediata nos muestra que el triunfo de un candidato presidencial no es garantía de nada, como tampoco que ese candidato sea bien visto por ocho de cada 10 electores -como fue el caso de Fox en el año 2000-, sino que literalmente estamos ante un "volado" respecto a la eficacia, capacidad y creatividad de la nueva administración.

Durante las campañas electorales, por sentido común, los candidatos de todos los partidos muestran su mejor rostro, se presentan como aquellos hombres o mujeres capaces de todo lo bueno para la sociedad, preocupados de los grandes problemas y ofrecen soluciones casi mágicas. Pero también es cierto que todos, o casi todos los electores saben que esa cara que presentan los presidenciables no es la cara verdadera, y menos que sus virtudes y capacidades son suficientes para responder con eficacia, honestidad y habilidades a los graves problemas nacionales. Aun así, unos creen y se enamoran del azul, otros del amarillo y los menos del tricolor. Aun así, cada quien defiende a su preferido, lo justifica y hasta lo solapa; se bate en la plaza pública por su amor político, y sufre o goza cuando se pierde o se gana. A nadie le importa si su enamorado político es el mejor para todos, para el país, para sacar a los pobres de su postración -en palabras de Jolopo-, lo que importa es que para cada quien es el preferido, y el mejor.

Pero resulta que Felipe Calderón ganó con poco más del 35% de los votos, y muchos de esos votos ni siquiera fueron producto de enamorados de su causa o de su propuesta, sino de enemigos de su adversario. Calderón, le guste o no a los panistas, en realidad fue producto de un "volado" de miles o acaso millones. Y las incógnitas sobre su gobierno, sobre la eficacia y capacidades prometidas, nos mantendrán también como víctimas de un "volado". La moneda está en el aire, pero lo más preocupantes es que nadie sabe si esa moneda tiene, en una de sus caras -por lo menos-, el azar de un buen gobernante y de un buen gobierno. Peor aún, se corre el riesgo de que los tradicionales "águila" o "sol" sufran una mutación y aparezcan "Fox" o "PRI". Más de lo mismo o una vuelta al pasado.

Tribunal cuestionado

Y por increíble que parezca, abundan las opiniones de que en el fallo del Tribunal Electoral que validó la elección presidencial y que declaró presidente electo a Felipe Calderón, también apareció la cultura del "volado". Y no les falta razón a quienes cuestionan el fallo del Tribunal, sobre todo porque nadie sabe el criterio que se utilizó para determinar que la aceptada intromisión del presidente Fox y de poderosos sectores empresariales en el proceso electoral fue determinante para el resultado final, y en el declarado triunfo de Felipe Calderón.

Como todos saben, en su resolutivo el Tribunal Electoral reconoció que una de las mayores irregularidades registradas en el proceso fue que Vicente Fox metió la mano de manera ilegal en el proceso electoral, lo mismo que grupos empresariales. Pero a nadie le queda claro por qué razón no existieron sanciones para quienes cometieron esas irregularidades, y más aún si se reconoció que por ellas se puso el riesgo la elección. Pero tampoco quedó claro cuál fue el criterio para determinar que pese a esas irregularidades, su efecto negativo hacia la elección no afectó, lo suficiente, como para modificar a favor de uno de los candidatos la pequeña diferencia entre el ganador y perdedor.

Al reconocer las fallas, al no existir sanción por ellas, y al no ofrecer los criterios para determinar que esas irregularidades no afectaron el resultado electoral hasta el grado de modificar los números o de provocar la cancelación de todo el proceso, en realidad el Tribunal sólo ofreció más argumentos para que el candidato derrotado y sus fieles decidieran mudar de herramientas en dirección a la deslegitimación del proceso electoral. Ya se olvidaron del fraude cibernético, del voto a la antigüita, del "fraude hormiga" y de otras fantasías. Ahora resulta que Calderón ganó porque Fox y los empresarios metieron la mano.

No se cuestiona si hubo fallas y aciertos de ninguno de los candidatos o partidos, tampoco si la voluntad de los votantes contó con otros elementos para inclinarse a favor o en contra de tal o cual candidato o propuesta -como pudo haber sido la existencia de una inédita pluralidad en medios, e incluso un mayor acceso para el candidato perdedor-, sino que todo se quiere reducir a la hipótesis de que los electores son idiotas y que sólo se dejaron llevar por las declaraciones de Fox y de los empresarios.

Pero tienen razón los que se quejan del resolutivo del Tribunal porque, en efecto, es insuficiente la explicación sobre el criterio para determinar que la intervención de Fox y de los empresarios no influyó en forma determinante en la diferencia de votos a favor de Calderón. Pero el problema de fondo, que no recuerdan o no quieren recordar los fieles del candidato derrotado, es que asistimos a un conjunto de imperfecciones, de lagunas y hoyos negros de la ley. Nadie sabe, ni los más reconocidos expertos, qué tanto influye en la decisión de votar un mensaje, un spot, la declaración de un gobernante. Más aún: hay quienes aseguran que si de eso se trata, los mensajes de Fox pudieron haber sido tanto positivos como negativos para Calderón. ¿Qué tantos de esos votos que pudo haber movido Fox pudieron haber sido positivos para Calderón o influyeron en sentido contrario, a favor del ahora derrotado?

Por absurdo que parezca, la conclusión a la que llegaron los magistrados del Tribunal es que a pesar de esas influencias, que efectivamente es imposible cuantificar, el 2 de julio los votantes llegaron a las urnas con plena certeza de lo que decidían, porque el diseño del proceso electoral se concibió a partir de un todo, y en donde una sola de sus partes no es ese todo. Y por supuesto que los fieles del candidato derrotado no aceptan esa premisa, por la simple y sencilla razón de que no les conviene, porque sólo verán como razonable que su candidato ganó. Todo lo que vaya en dirección opuesta a esa premisa, es parte del fraude, de la conjura.

Partidos, en duda

Pero si de lo que se trata es de encontrar culpables, se debe echar una mirada al pasado inmediato. Todos los partidos y los candidatos sabían la calidad de las reglas bajo las que decidieron jugar. Y cuando hablamos de todos, por supuesto que nos referimos a la coalición perdedora y a su candidato. Más aún, en las legislaturas 58 y 59 de la Cámara de Diputados, precisamente durante el gobierno de Fox, todos los partidos conocieron iniciativas de reforma para perfeccionar el sistema electoral. Pero curiosamente nadie, ni el PRD ni el PRI ni el PAN, se atrevieron a llevar adelante esas reformas para perfeccionar la legislación electoral. ¿Por qué se negaron a ello?

Porque otra vez decidieron jugar un "volado". Todos creyeron que como estaban esas reglas, a sabiendas de sus hoyos negros -o precisamente por eso-, podrían ganar la contienda presidencial. En la historia inmediata anterior -es decir, en la elección de julio del 2000- se habían registrado irregularidades monumentales conocidas por todos como los Amigos de Fox y Pemexgate. Todos sabían que era urgente corregir el uso de los medios electrónicos de información, para impedir influencias externas al proceso, sea de gobernantes, sea de otros actores. Pero nadie tuvo el valor de hacer esos cambios, porque todos creyeron que se beneficiarían con las reglas como estaban. Hoy queda claro que es urgente cambiar esas reglas, pero también que hay jugadores que cuando pierden, arrebatan. En el fondo la incultura democrática.

aleman2@prodigy.net.mx

 
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Apasionado del periodismo, así explica el autor su dedicación de más de 10 años a este espacio donde se afana en traducir, aclarar y revelar los entretelones de críptico ámbito que es la política. Su trabajo requiere análisis, conocimiento y paciencia para poner en su lugar las piezas del acertijo. Le intriga también la literatura, aunque asegura que ninguna novela es más interesante que la realidad política.
 
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