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Ricardo Alemán
27 de agosto de 2006

El privilegio de mandar

La realidad política supera a la más audaz de las parodias

Los electores, tontos que se dejaron manipular por el poder

C omo si se tratara de uno más de los capítulos de la exitosa parodia político-electoral que le permitió a Televisa entrar, hasta la cocina, del proceso electoral de julio de 2006, el candidato Andrés Manuel López Obrador parece empeñado en convertir su imagen en una ridícula caricatura de la institución presidencial mexicana, y a la jefatura de las instituciones federales en una ofensiva parodia del poder.

Primero dijo que él, López Obrador, era el candidato ganador del pasado 2 de julio. Y ahora, sin más argumento que su convicción y su credo personal, amenaza con ser proclamado "presidente legítimo de los mexicanos", por obra y gracia de una autoconvocada "Convención Nacional Democrática". Una parodia del poder en donde la fantasía supera a los más aventajados guionistas de Televisa, pero que nos ratifica que, por lo menos en política y sobre todo en la política mexicana, la realidad siempre supera a la fantasía.

Y es que nos guste o no, la realidad postelectoral ha rebasado a los más fantasiosos guionistas de Televisa y de la exitosa comedia "El privilegio de mandar". Esa terca realidad nos muestra al aún candidato presidencial de la coalición Por el Bien de Todos, en abierta competencia de rating y de popularidad con el autor intelectual de esa caricatura del poder presidencial que durante meses vimos en las pantallas de Televisa y que, según AMLO, veremos convertido en realidad a partir del 16 de septiembre. La lucha aldeana, de caricatura, por "El privilegio de mandar". En pocas palabras, la parodia del poder en México se hizo realidad.

Y en efecto, durante muchas décadas la política mexicana en general, pero sobre todo espectáculos como el que vemos en la etapa postelectoral, han sido y siguen siendo una inagotable veta para la comedia ligera, para el sarcasmo popular del poder. Pero el fenómeno parece revertirse en el nuevo siglo y en la llamada democracia electoral mexicana. Los políticos parecen haber asumido el papel de los comediantes televisivos -que son los modernos representantes de Palillo, el rey de la carpa de los años 50 del siglo pasado-, mientras que la realidad política supera todo guión televisivo, y hasta le arrebatan la autoría intelectual a los escritores de la comedia política.

II Nacional y democrática

Y sin duda que lo que presenciamos sería una simpática comedia de carpa o de televisión, si no fuera por la tragedia que implica para todos; si no fuera porque la tramoya parece destinada a suplir, suplantar y hasta destruir a las instituciones de las que el PRD y los gobiernos surgidos de ese partido son producto. El señor López Obrador y sus feligreses parecen empeñados en montar su espectáculo en el tablado del presunto fraude electoral -del cual han sido incapaces de ofrecer una prueba sólida y creíble-, sobre el que han montado toda clase de escenografías que, con el tiempo, aparecen graves, cuestionables y hasta ridículas contradicciones.

Luego del reclamo de "voto por voto y casilla por casilla" -que era insostenible porque la propia coalición no fue capaz de argumentar irregularidades en los 300 distritos electorales y en las más de 130 mil casillas instaladas-, el señor López Obrador propuso una resistencia civil pacífica -parodia de la sublevación social que reventó por los daños causados a los que menos tienen-, y que dio pie a que el propio candidato convocara, de manera unilateral, autoritaria y nada democrática, a un supuesto acto refundacional de la República. Llamó a una Convención Nacional Democrática, sin duda una estrategia política audaz y llamativa, pero que en el fondo no es más que una caricatura de la historia nacional, una parodia que riñe hasta con la historia del partido de López Obrador, el PRD.

Y es que esa "Asamblea Nacional Democrática", ni es asamblea, ni es nacional y menos democrática. ¿Por qué? Porque nadie puede creer en la legitimidad -ya no se diga en la legalidad-, de los resolutivos salidos de un mitin al que sólo se convoca a los simpatizantes de AMLO -que ni siquiera se someten a las estructuras organizativas de su partido-, a los que no se pregunta nada, no se hace partícipes de nada, y con los que nada se delibera y sólo se les arrincona en el "sí" de lo que ordena y reclama el caudillo, sin que nadie tenga la posibilidad de cuestionar o decir "no". Más que una "Asamblea Nacional Democrática", se trata de una llamada a la misa de los fieles -y no fieles a un credo, sino a la personalidad y los deseos de AMLO-, convencidos de que son correctos el mensaje, el camino y la línea dictada por su mesías.

¿Cuántos decidirán, en esa "Asamblea Nacional Democrática", que el presidente legítimo de los mexicanos será López Obrador? Vamos a suponer que acudan a esa convocatoria un millón de mexicanos, todos ellos simpatizantes y creyentes de AMLO. Ese millón de mexicanos no serán más que 1.5% de los votantes potenciales -de los 72 millones inscritos en el Padrón Electoral-, o serán 2.5% de los 40 millones que acudieron a las urnas. Y sin duda habrá quienes digan que por AMLO votaron 15 millones de mexicanos. Bien, en el supuesto de que esos 15 millones decidan que López Obrador debe ser el "presidente legítimo", esos votantes no son más que 21% de los electores potenciales. ¿Ese porcentaje decidirá la legitimidad del nuevo presidente? No se les ha ocurrido pensar que esa imposición nada democrática, nada nacional es igual de grosera que la presunta imposición de Calderón. ¿No son ese llamado y esa amenaza una farsa democrática de AMLO y sus seguidores?

II Los agraviados

Una buena parte de dirigentes del PRD que suelen hablar con claridad y sentido común sobre lo ocurrido el pasado 2 de julio prefieren dejar atrás el cuento "del fraude generalizado" -sea cibernético, sea a la antigüita-, porque tienen claro que por esa vía no hay argumento posible. Por eso prefieren enfocar sus baterías a una explicación que parece razonable, precisamente de sentido común. Argumentan que el reclamo de fondo es que el gobierno federal, el de Vicente Fox, junto con los poderes fácticos -como los grandes empresarios, incluidos los poderosos barones de los medios-, se empeñaron en impedir que AMLO se convirtiera en presidente de los mexicanos. Y ponen como ejemplos, irrebatibles, los casos del desafuero y los videoescándalos. Por eso, dicen, acudirán al Congreso y a la toma de posesión "como un partido agraviado".

Y tienen toda la razón. No hay duda de que en el caso de los videoescándalos, por ejemplo, igual que en el desafuero, se conjugaron los factores perversos del poder y, si se quiere, hasta del poder del Estado contra el adversario López Obrador. Sí, el gobierno de Vicente Fox -apoyado en todo el peso de su investidura y de sus funcionarios- hizo todo lo posible por que AMLO no llegara a la candidatura presidencial, y hasta lo imposible para evitar que se convirtiera en el nuevo presidente. Pero se les olvida, a quienes usan este argumento, que existe un puñado de pequeños detalles que echan abajo esa premisa como argumento central de lo que estamos viviendo.

Sobre los videoescándalos, dicen que los recientes videos de Carlos Ahumada muestran la perversión del Estado contra AMLO -con lo que muestran, por cierto, las huellas del origen de esos videos-, y que no hay duda de que se empeñó todo el peso del Estado contra AMLO. Y otra vez tienen razón. Sólo que no quieren reconocer, se les olvida o son omisos por conveniencia, que los videos del escándalo fueron producto de actos deliberados de corrupción del gobierno de López Obrador. Sin duda que es una perversión política perseguir a AMLO por los videoescándalos. ¿Pero no es igual o peor de perversa la corrupción que muestran los videos? No se les ha ocurrido pensar que para que existiera esa perversión se requerían dos partes: el perverso y el objeto de la perversión. Lo segundo, el objeto de la perversión política contra AMLO, a partir de los videoescándalos, es tan perversa como lo primero, el origen de la perversión. Es decir, la corrupción mostrada por el gobierno de AMLO. ¿O no? Pero los leales a AMLO sólo ven una de las partes. ¡Y claro, no ven la otra porque no les conviene! O porque su ceguera les impide verla.

Ahora vamos al desafuero. Está claro que también en este caso intervinieron los factores del poder, que desde la casa presidencial se intentó impedir que AMLO se convirtiera en el candidato, primero, y el presidente, después. Durante todo ese proceso dijimos en este espacio que AMLO jugó ese juego, seguramente al filo de la navaja, porque le resultaba benéfico para su imagen y su popularidad. Al final de cuentas, todos, perredistas y panistas, reconocieron que el ganador del sainete del desafuero resultó ser AMLO. Es decir, debido a la torpeza del presidente Fox y de su gobierno, se convirtió a AMLO en el político y gobernante más popular, en la víctima de las perversiones del poder, y gracias al desafuero se le ofreció el pasaporte a la candidatura presidencial. Quien no reconozca que gracias a esa escaramuza AMLO fue candidato presidencial, no ha entendido nada.

Y también tendrán razón los que digan que, aún así, fue un perseguido del poder. También tendrán razón, pero se les olvida que, en la política de todo el mundo y, sobre todo en la política mexicana, la lucha por el poder pasa por la destrucción del adversario. Cuando se les preguntó -por supuesto en corto, con la certeza de que no se revelarán identidades- a relevantes perredistas sobre lo que habrían hecho en el caso de que en el gobierno de Fox hubiesen aparecido casos como el desafuero y de los videoescándalos -y ahí están los casos de los hermanos Sahagún y del caso Bribiesca-, todos dijeron que los habrían usado como armas fundamentales para acceder al poder. Es decir, habrían hecho lo mismo que hizo Fox.

La respuesta de los perredistas, o la acción de los panistas, incluido el gobierno de Fox, pueden parecer de un cinismo desmedido. En realidad lo es. Pero más allá de calificaciones morales y éticas, lo cierto es que así es la política, y sobre todo la política mexicana. En pocas palabras, la destrucción del adversario para acceder al poder, aquí y en China, es el pan nuestro de cada día de la política. Y el que lo niegue, o no es político o no entiende nada de la política.

Y si del lado del PRD hay quienes tienen duda sobre esa premisa, sólo basta echarle una mirada a lo que hizo AMLO, desde el poder, con su propio partido. ¿Qué no destruyó a Cárdenas, a Rosario Robles, a Carlos Ahumada, partir del tener todo el peso del Estado -de la parte del Estado que representa ser jefe de Gobierno del DF- para convertirse en jefe del PRD? ¿Qué no impuso al presidente del PRD, Leonel Cota; al candidato a jefe de Gobierno, Marcelo Ebrard, a muchos candidatos a diputados y senadores y, su propia candidatura presidencial, a partir del poder del Estado, de esa porción del Estado que es el GDF? ¿Qué no usó el dinero público para ser candidato presidencial? AMLO hizo lo mismo por lo que se queja. Pero sus fieles no quieren verlo.

II Ciudadanos y electores tontos

Pero hay un dato que resulta aún más revelador y que se convierte en un insulto mayor a los electores y a los ciudadanos en general. Dicen los simpatizantes de AMLO que el gobierno federal fraguó un fraude mayor contra AMLO, que manipuló a millones de electores, que con sus perversidades el gobierno federal influyó en la decisión de millones que se dejaron llevar por los casos del desafuero y de los videoescándalos. Y si eso creen los perredistas, entonces también creen que los electores mexicanos son idiotas o retrasados mentales. Y si parte de esa premisa, de que los ciudadanos son tontos, retrasados mentales, idiotas o una suerte de cosas que no piensan ni razonan y son totalmente manipulables, entonces resulta que la mayor de las bancadas legislativas que tiene el PRD en su historia es resultado de unos idiotas que les dieron el voto.

Por supuesto que los ciudadanos, los electores, estuvieron sometidos -estuvimos sometidos- a las presiones, las ofertas, los pronunciamientos y los retos de las dos o tres alternativas de poder. Como nunca había ocurrido en la historia electoral mexicana, los partidos, los candidatos y los grupos en busca del poder dispusieron de los tiempos y los espacios en los medios -y en mayor porcentaje AMLO en los medios electrónicos- para que cada quien tomara su decisión conforme a su formación, su creencia, su interés y su capacidad de raciocinio -en todos los sentidos y en igual proporción-, como para que ahora el PRD, su candidato AMLO, nos venga con el cuento de que los ciudadanos y los electores son idiotas porque se creyeron el cuento del desafuero y el de los videoescándalos.

Y la mejor muestra de que ese argumento no es más que un insulto a los ciudadanos y a los electores, es que salvo la elección presidencial, el PRD y su caudillo sólo cuestionaron los votos depositados en las urnas en la elección presidencial. Todo lo demás; diputados federales, senadores, jefe de Gobierno, jefaturas delegacionales, diputados a la Asamblea Legislativa, son votos legítimos, válidos, serán representaciones legítimas del PRD. Al final de cuentas, como lo escribimos aquí hace un par de semanas, el PRD y AMLO se valdrán de la democracia cuando les conviene y negarán la democracia cuando no. En realidad asistimos al verdadero capítulo de "El privilegio de mandar". De la caricatura del poder. ¿O no?

 
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Apasionado del periodismo, así explica el autor su dedicación de más de 10 años a este espacio donde se afana en traducir, aclarar y revelar los entretelones de críptico ámbito que es la política. Su trabajo requiere análisis, conocimiento y paciencia para poner en su lugar las piezas del acertijo. Le intriga también la literatura, aunque asegura que ninguna novela es más interesante que la realidad política.
 
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