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David Huerta
16 de agosto de 2006

Sertaneros

El sertón brasileño fue incorporado en las letras universales por una novela-río: la obra maestra de João Guimarães Rosa titulada Gran sertón: veredas , "testamento espiritual" en palabras de su autor, publicada hace 50 años, en 1956.

Comparada por la crítica de su país con la narrativa joyceana -en particular con el Ulises- y con los textos mayores de la modernidad, el libro de Guimarães exige un compromiso total del lector. La traducción al español de Ángel Crespo, publicada por la casa barcelonesa Seix-Barral en 1967 (año de la muerte de Guimarães), constituye una auténtica coautoría: el traductor convivió largos meses con Guimarães Rosa y consiguió recrear en castellano, con bastante fortuna, la miríada de juegos lingüísticos de la novela.

El inmenso y complejo altiplano del sertón es un planeta dentro del subcontinente, por su naturaleza y por lo intrincado de su realidad material e histórica. Se extiende por un tercio del territorio brasileño y es en su mayor parte árido o semiárido; la explotación ganadera es ahí muy irregular; uno de los principales rasgos sociales es la copiosa tradición de bandolerismo de los temibles cangaceiros, organizados en bandas armadas, verdaderos piratas en tierra. Guimarães conoció bien el sertón: había nacido en su porción austral, en Minas Gerais, en 1908, y lo recorrió en todas direcciones, escuchando hablar a su gente, recogiendo leyendas y decires, el habla viva o la preservada de los mitos y las epopeyas.

La novela de Guimarães Rosa no es, empero, la única obra sertanera. Un libro imponente de 1902 lo precede: Los Sertones, de Euclides da Cunha (1866-1909); sin esta obra maestra interdisciplinaria, como se dice ahora, no sería posible explicarse, por ejemplo, la novela del escritor peruano Mario Vargas Llosa sobre la rebelión milenarista de Canudos: La guerra del fin del mundo.

La lectura de la novela de Vargas Llosa es decepcionante. Su prosa correcta y fluida no le hace honor al tema que anuncia el título: un "fin del mundo", o mejor dicho, para quienes lo vivieron y lo murieron, "el fin del mundo". ¿No se esperaría una escritura de altos vuelos, apocalíptica, devastadora? Lo que leemos en cambio en las páginas vargallosianas es comedido, calculado, correcto: nada de lo que se merece el asunto. Por eso hablo de decepción. Lo contrario ocurre con el libro que comento en el siguiente párrafo.

La revuelta miserabilista encabezada por el profeta y místico Antonio Consejero fue documentada por Euclines da Cunha de primera mano. Él estuvo en Canudos después de que el lugar fue destruido por el ejército republicano; Canudos era la ciudad desde la que la rebelión se extendió hacia otros puntos del sertón. La escritura de Da Cunha es fascinante; posee una densidad y una plasticidad que resiste casi cualquier percance de la traducción al español (publicada por el Fondo de Cultura Económica de Argentina en 2003).

 
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PERFIL
 
La columna de David Huerta se ocupa de diversos temas de la cultura contemporánea y no tan contemporánea; el apartado "otras cosas" del nombre del espacio, le permite a Huerta --poeta y comentarista político-- hablar lo mismo de música, que de pintura y vida cotidiana. El también escritor ha publicado más de 10 libros de poesía y es un apasionado lector de los autores del Siglo de Oro español.
 
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