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El fin del caudillo No todos en el PRD están de acuerdo con "tensar al máximo" la resistencia civil T odos en el PRD saben que radicalizar la "resistencia civil" es una estrategia de presión. Saben que el objetivo es "tensar la cuerda" hasta el extremo -de retar a las instituciones y provocar el manotazo de la represión-, para con ello justificar la supuesta pureza y justeza de su causa. Si el mensaje es: "Se pretende imponer por la fuerza a un presidente espurio", y si para ello "el gobierno traidor" recurre a la represión, el silogismo se cierra con el aserto de que, por tanto, "la elección del 2 de julio fue un escandaloso fraude". Entonces todo se justifica. Todos, en público, en el PRD aplaudieron al caudillo cuando llamó a radicalizar la resistencia el 1, el 15 y el 16 de septiembre para demostrar no sólo la fuerza de la nueva gesta independentista -motejada como la "purificación institucional"-, sino la justeza de la causa. Por eso se propuso retar lo mismo al Tribunal Electoral, que al gobierno de Fox y al Congreso. Es decir, el reto alcanzará a los Tres Poderes: Ejecutivo, Legislativo y Judicial, y de paso a los militares: a las Fuerzas Armadas; y a la historia misma. Un reto y una provocación que lo mismo niega la historia institucional del PRD, sus contribuciones a la democracia electoral, pero sobre todo, sus más importantes logros electorales; la más numerosa bancada en el Congreso y el gobierno del DF. Pero en corto, por lo bajo, no todos en el PRD están de acuerdo con la estrategia de "tensar al máximo" la resistencia civil, y menos de retar por igual a todas las instituciones. Son muchos, y cada vez serán más los perredistas que se deslindarán del caudillo y de sus acciones radicales. ¿La razón? Elemental, si se quiere. Resulta que López Obrador se convirtió en caudillo de esa izquierda gracias a la lógica del poder presidencial, de que alcanzaría el triunfo electoral el 2 de julio. Pero en la ecuación del 3 de julio, frente a una derrota en las urnas y la posterior crisis postelectoral, de la ecuación de esa izquierda desapareció la variable fundamental, la de la victoria y del poder presidencial en manos de AMLO. Vale recordar que el caudillo inició su construcción al llegar a la dirigencia del PRD. Avanzó al llegar al gobierno del DF, y se consolidó cuando se erigió en el más popular y en el único con posibilidades de acceder al poder presidencial. Así, hasta el 2 de julio, AMLO era "el hombre fuerte" de esa izquierda, dueño del partido, de la popularidad que lo hizo candidato único y, por tanto, dueño del futuro de sus fieles y compañeros de viaje. Estuvieran o no de acuerdo con su proceder, lo aplaudían y obedecían ciegamente. ¿Por qué? Porque AMLO era la encarnación misma del poder. Pero luego del 2 de julio, de los resultados adversos para AMLO -que no adversos para el PRD y menos para una buena porción de sus compañeros que consiguieron porciones reales de poder-, se rompió la lógica que le dio razón de ser a su explosivo liderazgo. Y con ello se diluyó el cemento que sirvió para edificar al caudillo. Fracasadas sus ambiciones presidenciales y pulverizado el poder real en disputa -que se repartió entre los camachistas, a través de Marcelo Ebrard en el GDF y "Los Chuchos", que controlarán una buena parte del Congreso, la Asamblea Legislativa y las jefaturas delegaciones-, AMLO parece haber regresado a su calidad de mero líder social que no sólo reniega de las instituciones que lo llevaron a donde está -y hasta renegar de su partido-, sino que combate esas instituciones que, según él, intrigaron para impedir que fuera el presidente de los mexicanos. El caudillo empieza a dejar de serlo y por eso cambió de carril. Dejó el carril institucional y de partido, para regresar a su origen, al del líder social, en tanto que el partido lo dejará a él para capitalizar su nuevo papel en la geometría política. Por lo pronto, López Obrador consiguió un primer golpe de mano, al ordenar bloquear el Congreso -y a la provocación logró la respuesta esperada, la intervención policiaca que de inmediato fue convertida en acto represivo-, el recinto donde Vicente Fox rendirá su último informe y en donde protestará la nueva legislatura en la que el PRD tendrá el mayor peso político y numérico de su historia. Pero también se intentará bloquear la ceremonia del grito y el desfile militar del 16 de septiembre. Una provocación clara a las instituciones que busca precisamente la represión. Pero con ello también debilita lo que en el propio Congreso logró su liderazgo: la capacidad de influir, de manera fundamental, en las reformas del nuevo gobierno. Y ya están presentes las fracturas y el cuestionamiento al caudillo. Un sector nada desdeñable del PRD, PT y Convergencia empujan una tregua para levantar el bloqueo 1, 15 y 16 de septiembre -a lo que se opone AMLO-, y que marcará el principio de la ruptura final. Y sólo es cuestión de tiempo, ya que luego del 1 de septiembre -cuando asuman sus cargos los nuevos diputados y senadores del PRD, PT y Convergencia-, y del 1 de diciembre -cuando pudiera tomar posesión como nuevo presidente Felipe Calderón-, habrán terminado los días del caudillo, porque el poder real estará en el Congreso. Y en el PRD son pocos los que le apuestan a quedarse fuera. Y si no, al tiempo. aleman2@prodigy.net.mx
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