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Ricardo Alemán
18 de julio de 2006

La enfermedad

El mal del presidencialismo alcanza a quienes se dicen de izquierda, de derecha o de centro

H ace un par de años nos ocupamos aquí de un padecimiento que, ante la proximidad del 2 de julio de 2006, amenazaba con generalizarse: la fea "enfermedad del presidencialismo". Finalmente llegó el 2, el 3, el 18 de julio y el mal se ha generalizado. Atacó no sólo a políticos y gobernantes -que eran sus huéspedes habituales-, sino a todos o casi todos, a hombres y mujeres, a jóvenes y viejos, a periodistas, académicos, intelectuales; a la mujer y al hombre de la calle.

Quienes lo han conocido de cerca y quienes lo han padecido -aventuramos entonces- dicen que se trata de un mal devastador. Primero ataca los sentidos: la visión, el oído, el tacto y el olfato. Luego hace estragos en el equilibrio y pronto altera la razón. Los síntomas de esa enfermedad, que atacaba de manera puntual cada seis años a la clase política, son visibles para todos. Los contagiados dan muestras claras de miopía, mitomanía, sordera, insensibilidad y trastornos de la razón. Se olvidan principios y congruencia; la razón sucumbe a la pasión.

El del presidencialismo no respeta ideologías, edad ni género; lo mismo alcanza a quienes se dicen de izquierda, de derecha o de centro, que a hombres y mujeres, a jóvenes y viejos. Es una enfermedad que, según los científicos sociales, sólo se cura con el olvido o con la muerte política. Por lo regular ataca una sola vez, pero hay excepciones, de dos, tres o hasta cuatro recaídas, siempre en periodos sexenales. Este padecimiento -mutación de la enfermedad del poder a secas- no es nuevo para nadie, pero en el caso mexicano del nuevo siglo parece convertirse en una epidemia, si no es que en una pandemia. Y su proliferación en México se ha dado a la luz de la incipiente democracia electoral.

Antaño, a quienes eran atacados por ese mal, el poder político los sometía a una suerte de ostracismo; "el que se mueve no sale en la foto", se decía. Luego se decidió que aquellos que la padecían ocultaran su rostro ante la sociedad, debajo de una capucha con dos orificios a manera de ojos. Eran los tapados, enfermos de presidencialismo a los que el vulgo motejaba por el sambenito de la capucha. Ocultaban su identidad y prevenían el contagio. En los tiempos de la hegemonía del PRI, la enfermedad del presidencialismo era mantenida a raya. Afectaba a dos, cuando más a tres de los hombres del poder, de los que al final salía un solo agraciado que alcanzaba la sublime mutación de convertirse en presidente.

Pero la enfermedad del presidencialismo se salió de control, y desde hace apenas una década dejó de ser un mal sexenal y de estar controlado en los laboratorios de aislamiento del poder. El primero al que en 1997 atacó de manera irremediable fue a Vicente Fox, el bronco guanajuatense quien en julio de ese año reconoció padecer la enfermedad y se negó a someterse a los controles tradicionales para evitar la propagación del mal. Desaparecieron entonces capuchas y consignas como "el que se mueve no sale en la foto", y Fox recorrió el país reclamando su derecho a exhibir de manera pública su presidencialismo, enfermedad que para entonces había afectado por tercera ocasión a Cuauhtémoc Cárdenas, el líder de la izquierda mexicana.

En un sexenio atípico, entre 1997-2003, la enfermedad dio señales de que estaba fuera de control, ya que fue notorio el número de afectados. Fuera de su ciclo normal, alcanzó a toda la clase política mexicana, al tiempo que cambiaron los usos y costumbres con el advenimiento de la alternancia. Y es que frente a la posibilidad real de acceder al poder, se rompieron las salvaguardas que contenían el germen del presidencialismo. El virus escapó de los laboratorios de la hegemonía del PRI en los que se le mantenía aislado y se propagó por todos los rincones de la vida política, económica y social.

Así, en el ambiente político de la naciente democracia mexicana -rico y propicio nutriente para el cultivo del mal-, el virus se reprodujo a su antojo y el contagio atacó pronto no sólo a los hombres del poder, a la clase política mexicana, a sus partidos, a los muchos enamorados del poder -sean de la derecha, la izquierda o el centro-, sino que alcanzó a los ciudadanos en general, a la mujer y el hombre de la calle, a jóvenes, maduros y viejos. Claro, sin faltar los siempre permeables intelectuales, académicos y opinadores. De esa manera, antes, durante y después de las pasadas elecciones presidenciales -típica temporada del mayor desarrollo del mal-, los síntomas de la enfermedad del presidencialismo fueron distintos entre la sociedad en general.

Apareció el odio entre hermanos, la intolerancia a la crítica, y una perniciosa polarización social. Básicamente se produjeron -y se reprodujeron- tres tipos del virus que todos identificaron por el color que impregnaban en sus portadores y que distinguían cada una de sus variantes: el amarillo, el azul y el tricolor -verde, blanco y rojo-, cuyas cepas en realidad tenían un mismo origen, el poder por el poder. Hoy, en mayor o menor medida, todos los mexicanos acusamos los signos de esa fea enfermedad del presidencialismo: intolerancia a lo que piensa y cree el otro, y el nefasto "si no estás conmigo, eres mi enemigo". Dicen los estudiosos que no se han infectado, que sólo hay una cura: una fuertes dosis de respeto a la ley. Al tiempo.

aleman2@prodigy.net.mx

 
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Apasionado del periodismo, así explica el autor su dedicación de más de 10 años a este espacio donde se afana en traducir, aclarar y revelar los entretelones de críptico ámbito que es la política. Su trabajo requiere análisis, conocimiento y paciencia para poner en su lugar las piezas del acertijo. Le intriga también la literatura, aunque asegura que ninguna novela es más interesante que la realidad política.
 
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