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Ricardo Alemán
09 de julio de 2006

La política social y el apoyo a necesitados, prioridades de Calderón

Victoria de AMLO, la preocupación por los que menos tienen

S i bien aún no es posible decir que oficialmente Felipe Calderón será el próximo presidente de los mexicanos -ya que el Tribunal Electoral debe resolver las impugnaciones del PRD para validar a quien resulte presidente electo-, sí es posible aventurar que el veredicto de las urnas no sufrirá variantes sustantivas respecto del recuento distrital. ¿Por qué?, es la pregunta obligada. Y la respuesta es elemental; guste o no a las partes, porque se pueden hacer todas las impugnaciones políticas, éticas y hasta morales que se quieran, pero en rigor legal es bien poco lo que se puede cuestionar.

Por eso, en tanto la máxima autoridad electoral decide sobre el controvertido resultado, vale la pena ponderar que si bien el candidato López Obrador perdió la elección por un puñado de votos, apenas 243 mil 934 sufragios -lo que significa 0.58% de los más de 40 millones de sufragios depositados en las urnas-, lo cierto es que consiguió un sonoro triunfo social, cultural y político. Es decir, que movilizó para su causa, esa que todos conocimos como el exitoso eslogan "Primero los pobres", a una cuarta parte de segmentos en que se dividió la votación.

De esa manera, de resultar finalmente declarado presidente electo, Calderón Hinojosa deberá atender las demandas y los reclamos no sólo de sus simpatizantes, sino de ese sector social que depositó sueños y esperanzas en la mal llamada izquierda mexicana. Por paradójico que parezca, y a partir de la nueva realidad mexicana -esa en donde amplios sectores de olvidados reclamaron un lugar en los procesos electorales-, el eventual candidato ganador, Felipe Calderón, deberá dar prioridad no al eslogan de campaña de su adversario, sino hacer suyo todo el significado político y social del "Primero los pobres". ¡Claro!, si es que quiere alcanzar la legitimidad política y social como presidente de los mexicanos.

La victoria de AMLO

Y es que nos guste o no, López Obrador alcanzó una sonora victoria social y política al convocar -más allá de banderas y de geometrías políticas-, al segmento social más olvidado por los pasados gobiernos del PRI y los modernos regímenes del PAN. Y en efecto, si bien en este espacio cuestionamos con severidad al PRD, a su candidato y su modo de hacer política -porque creímos y seguimos creyendo que de manera grosera se simuló un movimiento de izquierda cuando en realidad se trataba de la restauración del viejo PRI-, también es cierto que nadie puede dudar de la legitimidad del reclamo social de ese importante sector de mexicanos que creyeron en AMLO; el sector de los que menos tienen. Esa realidad social, esos sueños, y sobre todo esa capacidad de movilización no pueden, no deben ser ignorados.

Y es que contra lo que muchos suponen, la elección del pasado domingo no significa que la sociedad mexicana se haya partido sólo en dos grandes bloques -entre pobres y ricos-; tampoco en tres segmentos, sino que en realidad se fragmentó en cuatro maneras de ver e interpretar la realidad nacional. Uno de esos grupos, el mayoritario y cercano a 40% de los electores potenciales, es el de los que sigue sin creer en los políticos, en los partidos y menos en los candidatos presidenciales. Se les conoce como los abstencionistas que, contra todos los pronósticos, sigue siendo el mayor de los sectores. Nadie, ningún partido y candidatos llegó a 40% que alcanzaron los ciudadanos que no vieron y no se conmovieron por la jornada electoral y que con su silencio sancionaron a todos. ¿Quién atenderá sus demandas?

Luego vienen los sectores de aquellos que perdieron en el recuento de votos. El PRI de Roberto Madrazo alcanzó poco más de 22% de las preferencias. Se trata de lo más duro del voto priísta, de aquellos que a pesar de todo, del propio Roberto Madrazo y de la historia del PRI, siguen creyendo en las siglas del viejo partido. Muchas de las demandas de ese priísmo las comparten sus "primos hermanos" del PRD, ya que entre ese PRI de hueso colorado también hay amplios sectores sociales de escasos recursos. También en ese rango se localizan los nuevos partidos, como Alternativa y Nueva Alianza, que por las artes de la política electoral se quedaron con una pequeña porción de votantes cercanos al abstencionismo, pero que al mismo tiempo tampoco se identifican con los partidos tradicionales -salvo las preferencias que haya movido el magisterio de manera corporativa-, y que por ello le habrían apostado a lo nuevo. ¿Realmente eso es lo nuevo? Se debe preguntar.

Pero sin duda el gran salto lo dio el PRD -junto con sus aliados que dieron lugar a la llamada coalición Por el Bien de Todos-, y que con mensajes como el de "Primero los pobres" y un propuesta profundamente populista -la que nunca aceptaron ni AMLO ni apologistas-, dieron forma a uno de los más grandes núcleos sociales de inconformes con el viejo PRI, con el PAN que gobierna y con la concepción clásica del sistema de partidos. Pero más allá de los métodos empleados por AMLO, de su discurso, de la táctica y la estrategia que utilizó; más allá de que al amparo de la mal llamada izquierda mexicana se intentó la reedición del viejo PRI, lo cierto es que ese sector social de mexicanos -que se pueden identificar con ese 35.31% de votos-, no puede ser ignorado y será tanto o más importante que el sector de clase media, media baja y clase alta -35.89%-, que votó por Calderón.

Si para AMLO fue un eslogan harto exitoso, el "Primero los pobres" para Calderón será mucho más que una responsabilidad prioritaria; será la verdadera prioridad, la responsabilidad de responsabilidades, si es que el panista quiere alcanzar la verdadera legitimidad política y social.

Legitimidad y alianzas

Desde hace semanas advertimos sobre un escenario de escasa legitimidad política y social -y sobre el riesgo real de ingobernabilidad-, ante una elección competida como la que produjo la reñida competencia del 2 de julio y los días posteriores. El problema para el ganador de la elección del 2 de julio, dijimos, será que se convertirá en presidente de los mexicanos con el voto de apenas poco más de 20% de potenciales electores -cuyo padrón supera los 71 millones de mexicanos inscritos, mientras que Calderón apenas logró 15 millones de votos-, y que en realidad será un presidente de las minorías.

En realidad el problema para Calderón resulta más complejo de lo que se había advertido. Como ya se dijo, el número de ciudadanos que acudió a las urnas fue ligeramente superior a 60% del padrón total de electores, lo que dejó fuera de la decisión de quien será el próximo presidente a casi 29 millones de mexicanos con derecho pleno a votar y ser votados. Sin embargo, no hay duda que se trata de una elección que -dentro de "la normalidad" de la naciente democracia mexicana y de las democracias del mundo-, es harto aceptable. Aún así, el conjunto de variables de la contienda electoral deja ver una amplia franja de mexicanos a los que por las razones que se quiera, no les interesó la elección.

Del total de quienes acudieron a las urnas -se calculan alrededor de 41 millones-, Calderón alcanzó 35.89%, mientras que López Obrador consiguió una porción casi idéntica; 35.31%. A su vez, y conforme los cerrados números, Madrazo sólo logró 23% del total de sufragios. La suma de los votos de AMLO, de Madrazo, de Mercado y de Campa, más la suma de los abstencionistas, convierten a Felipe Calderón en el presidente mexicano menos votado por los electores mexicanos. Es decir, que apenas logró poco más de 20% de la preferencia del electorado inscrito en el padrón.

Los gobiernos democráticos alcanzan la legitimidad institucional a partir de la legal aplicación de las reglas del juego -precisamente en una elección como la del pasado domingo, y a reserva de lo que determine el Tribunal Electoral-, pero sobre todo conseguirá la legitimidad política y social a partir de un eficiente y eficaz ejercicio del poder. En el supuesto de que finalmente el Tribunal Electoral confirme a favor de Felipe Calderón la validez de la elección presidencial del pasado domingo, el panista y virtual presidente de los mexicanos estará, por decirlo con suavidad, frente al peor de los mundos. Se habrá sacado "la rifa del tigre".

Estará obligado a un casi imposible pacto con el PRD y con el equipo de López Obrador -los acuerdos no incluyen de manera directa a AMLO, porque está claro que el tabasqueño no se sentará a negociar nada con Calderón-, que incluye posibilidades como un gobierno compartido y eventuales alianzas legislativas. Este escenario ya se antoja como estratégico que AMLO insistirá, sobre todo en los primeros meses y años del nuevo gobierno, en el tema de la ilegalidad. Pero el PAN y un eventual gobierno de Calderón tienen muchas posibilidades de establecer una alianza con el PRI, partido que al caer al tercer lugar de las preferencias verá reducir de manera notable sus resistencias a un acuerdo.

Si entre 2000 y 2006 el PRI de Madrazo se negó en muchas ocasiones a pactos con el gobierno de Vicente Fox -porque precisamente ese PRI le apostó a regresar a Los Pinos a partir del debilitamiento del gobierno de Fox-, el nuevo PRI -que no será más el de Madrazo, y que tendrá otras prioridades-, tendrá también otro comportamiento. Al nuevo PRI le corresponderá el papel de "fiel de la balanza" en los nuevos tiempos político-electorales. Por esa razón se convertirá, muy probablemente, en la fuerza política que legitimará al gobierno de Calderón. ¿Quién lo hubiera dicho? ¿Quién se lo hubiera imaginado? Ya en 1988 el PAN legitimó en el ejercicio de gobierno al ilegítimo gobierno de Carlos Salinas. Hoy el PRI podrá ser el partido que legitime política y socialmente -por razones elementales de sobrevivencia-, al gobierno de Felipe Calderón, un potencial gobierno que si bien cuenta con la legitimidad institucional, requiere de manera urgente la legitimidad política y social.

En el fondo Calderón necesita más del PRI -en ese orden-, y después del PRD, para conseguir traspasar la barrera de la legitimidad social y política que le permita ser y hacer un gobierno como el de Vicente Fox. En efecto, nadie puede negar que Calderón contó con el apoyo institucional del gobierno de Vicente Fox, como nadie puede negar el apoyo institucional que recibió López Obrador del Gobierno del DF. Pero una vez superada la contienda electoral, el problema político será para el ganador, para Calderón. Y una democracia no está completa sólo con el aval legal, sino con el aval de los ciudadanos todos, con el aval de su capacidad de efectividad y, sobre todo, con el aval de los que no vieron a su candidato como ganador.

La impugnación

Y en ese sentido tiene mucha razón el candidato López Obrador, al presentar, como lo hizo, una impugnación al proceso electoral. ¿Qué es lo que impugnará AMLO ante el Tribunal Electoral? Si no hay casillas irregulares, si no hay ilegalidades francas y flagrantes, si no hay más que estados de ánimo alterados. El mensaje de López Obrador no es tanto contra la elección y menos contra el resultado. Su mensaje es a favor de su sobrevivencia política. "El guerrero está en reposo", "los líderes no se rinden", o si se quiere, el clásico: "Nos ganaron, pero no nos derrotaron". En realidad pretender que AMLO se rinda por una elección, aunque sea la elección presidencial, es mucho más que una ingenuidad. López Obrador llamó, movilizó y hasta acarreó a una buena parte de sus seguidores, porque sabe que su lucha sigue.

El Tribunal Electoral dará una respuesta muy parecida a la que ofreció el IFE, en el sentido de que el ganador de la contienda político-electoral es el panista Felipe Calderón. Pero mientras que Calderón estará al frente de los trabajos para la formación de un gabinete a la altura de los electores y de los tiempos democráticos, López Obrador estará en espera de la comprensión de sus electores, para que regresen por su objetivo en otro momento. Los tiempos de guerra han pasado, y AMLO sabe que sus estrategas, sus armas, sus planes de guerra deberán ser resguardados por algunos años.

El problema es que en los años venideros podrán pasar muchas cosas. Por ejemplo, que al ser el detentador del poder real, el jefe de Gobierno Marcelo Ebrard se convierta en el candidato ideal para 2012, que a esa lista se sume Lázaro Cárdenas Batel, que AMLO quiera repetir su periplo presidencial. Y no podremos descartar, como lo dijimos hace seis años, que se produzca una verdadera guerra civil al interior del PRD. Para dentro de seis años, la lucha electoral por las candidaturas presidenciales se dará entre tres personajes que, en ese momento, representarán características muy distintas a las que vemos en 2006.

Es decir, que por el PRI veremos a Enrique Peña Nieto, el hoy gobernador mexiquense, pero futuro presidenciable; veremos a Marcelo Ebrard como el moderno político de la izquierda mexicana, y acaso a la primera mujer con posibilidades reales, a Josefina Vázquez Mota. Pero eso lo veremos en los próximos meses y años. Al tiempo.

aleman2@prodigy.net.mx

 
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Apasionado del periodismo, así explica el autor su dedicación de más de 10 años a este espacio donde se afana en traducir, aclarar y revelar los entretelones de críptico ámbito que es la política. Su trabajo requiere análisis, conocimiento y paciencia para poner en su lugar las piezas del acertijo. Le intriga también la literatura, aunque asegura que ninguna novela es más interesante que la realidad política.
 
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