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No gana, pero arrebata
Nadie parece dispuesto a ceder, no tanto en sus posiciones, sino en sus pasiones políticas Pareciera que se hace realidad el refranero popular; el muy socorrido "divide y vencerás". Y es que el resultado que vimos anoche; la carencia técnica para reportar un ganador, pero sobre todo un virtual empate entre los dos más aventajados presidenciables, lo único que muestra es que la polarización social no es un cuento y menos un invento. Esa polarización es una realidad, pero sobre todo una peligrosa división social que llevó a AMLO -sin que oficialmente se declare un ganador-, a arrebatar la elección. Es o parece ser la legitimación de la lucha de pobres contra ricos. A estas alturas el problema ya no es quién resulte ganador. Frente a lo cerrado de la contienda, y ante el puñado de votos que hacen la diferencia entre Andrés Manuel López Obrador y/o Felipe Calderón, lo de menos es quien resulte ganador. El verdadero problema es que esa peligrosa división social, en tres grandes tercios, ninguna de las partes parece dispuesta a ceder no tanto en sus respectivas posiciones, sino en sus pasiones políticas. La de ayer domingo, más que una elección por una doctrina -de derecha, de izquierda o de centro- terminó en una elección de pasiones por tres personajes, dos de ellos que le apostaron precisamente a la polarización, a la lucha de clases, más que a las propuestas, más que por los proyectos y a la posibilidad de resolver los grandes problemas sociales y nacionales. Los políticos, sus partidos y sus candidatos parecen haber conseguido ese objetivo, al grado que los electores salieron a votar no por sus proyectos, y menos por las propuestas, sino por defender a sus preferidos. Pero más allá de la polarización social y electoral que muestra el resultado electoral, hay un problema aún mayor, el de la legitimidad institucional, política y social de quien al final de cuentas resulte ganador. ¿Quién de entre López Obrador o Calderón Hinojosa podrá garantizar la gobernabilidad, si apenas logró una diferencia de un puñado de votos, respecto de su más cercano colaborador? La gobernabilidad, por si se olvidó, es la conjugación de los consensos y la negociación entre diversas fuerzas políticas y grupos sociales, para lograr la eficiencia y la eficacia de un gobierno dado. ¿Cómo se logrará esa eficacia y esa eficiencia, los consensos necesarios, si el presidente ganador habrá obtenido sólo un tercio de los votos depositados en las urnas? Ya lo hemos dicho aquí, acaso hasta el cansancio, que con un escenario como el que arrojó la contienda electoral, la democracia mexicana pasó de ser una democracia de mayoría a una de minorías. Más aún, el problema se complica si se toma en cuenta que el Congreso, sus cámaras de Diputados y Senadores, también presentarán una notable división en tres tercios. ¿Quién de los perdedores se animará a apoyar los planes y proyectos de un gobierno cuya legitimidad política y social aparece como cuestionada, y que no contará con mayoría en el Congreso? Y el ganador, por si fuera poco, no podrá garantizar la eficacia mínima para la gobernabilidad al no poder realizar las reformas que sustentan su programa de gobierno y sus promesas de campaña. Por donde se le quiera ver, el que al final de cuentas resulte ganador, será un presidente con debilidad extrema y el suyo será un gobierno sometido con muy pocas posibilidades de éxito. Y si vemos el escenario por partidos, el saldo no resulta positivo para nadie, ya que la escaramuza en la que todos se enfrentaron, entre los distintos contendientes y al interior de ellos mismos, dejó heridos y muertos políticos por donde pasaron. El PRD prácticamente desapareció, perdió su origen y su esencia, para convertirse en una burda copia del PRI. El costo que debió pagar López Obrador por su ambición presidencial resultó altísimo. Y aún así, apenas consiguió igualar al panista Calderón, quien realizó campaña en sólo 10 meses. Pero a su vez el PAN fue víctima de un asalto de la ultraderecha que también lo desfiguró y su gobierno federal terminó en un sonoro fracaso, que al final de cuentas se convirtió en un lastre para su candidato. Por lo que hace al PRI, resulta que al viejo partido "le salió barato" el resultado como tercer lugar. El rezago del PRI ya no es una novedad. En todo caso, lo novedoso es que con el candidato que presentó y luego de una virtual guerra civil que vivió en su interior, no haya perdido más votos. Por lo pronto parece que el viejo PRI ha llegado a su límite y empieza su desmoronamiento. El PRI cayó al tercer lugar en las tres elecciones federales; la presidencial, la de diputados y senadores, pero también parece haber perdido las cuatro elecciones concurrentes; las de gobernadores del Distrito Federal, Guanajuato, Jalisco y Morelos. Hasta anoche ni los conteos rápidos, ni el IFE habían logrado definir a un ganador a la Presidencia, sin embargo, AMLO se declaró ganador, en un acto irresponsable que ofende a las instituciones, pero sobre todo a los electores, porque recurre al viejo: "si no gano, arrebato". Una elección histórica en donde la sociedad dio un ejemplo de democracia, mientras que los partidos y sus candidatos parecen no haber entendido el significado de esa democracia. aleman2@prodigy.net.mx
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