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Con el sabor del mar, la tierra y el sol en su mesa
Durante casi 25 años Villa de la Selva ha dado servicio de alta cocina. Dicen que es el mejor comedor de Zihuatanejo y de Ixtapa; y que desde sus mesas se atestiguan los atardeceres más suntuosos de la zona. También dicen que es caro, pero que vale la pena. Hay tres terrazas que entregan su vista al mar, expuestas al cotilleo del viento y al sol en sigilosa huida. Las mesas se acomodan con estrategia en un intento de alimentar al mayor número de convidados. Me parece que el servicio exhibe una actitud un poco presuntuosa. Los meseros se sienten como en pecera de Murano y se pavonean orgullosos de atender en un sitio de tanto donaire, tanto que a veces se les olvida ser más comprometidos y más "monos". Mientras el mar ruge y persiste en su actitud de estrellarse contra los riscos, en la cocina se trabaja con afán. Llegan los güeros temprano y quieren el servicio rápido. El turismo nacional llega más tarde, ya cuando el sol cayó y los gringos se fueron. Rollos de jícama La cocina de la Villa de la Selva es de sabores bien compuestos. La arquitectura de los platos tolera el chile, exige buena vista y abunda en tonos dulces. Los platos de cocina internacional predominan. Hay muchas entradas. El carpaccio de atún es fresco, bien aceitado y sedoso. Magro en porción, pero de gustos complejos y resabios a jengibre, chile y cebollín. Las opciones tradicionales, como el coctel de camarones y los spring rolls se diseñan como para el turista que no desea enfrentar experiencias nuevas. Le recomiendo unos buenos tacos de pato, servidos con salsa de ciruela. Llegan panzones acompañados de esta salsa dulce y pegajosa. Para mi paladar, un poco salados y de presencia voluminosa, pero no los dejaría de lado. Los rollitos de jícama, rellenos de cangrejo, aguacate y queso crema son extravagantes, frescos, ligeros y conforman un bouquet de sabores muy tersos. Los tacos de jaiba exceden las expectativas en sabor pero son un poco secos. Llegan empalagosos nadando en una salsa pegajosa de tamarindo y chipotle y se sientan en lechuga. El fetuccini con salsa cremosa de chiles, queso de cabra y camarones queda bien, pero no se tiene cuidado por dejar la pasta al punto y la receta pone a pelear al tomate con la acidez del queso. Romance y perfección El salmón con espejo de salsa de chabacano es de una composición excelente pero exija que no le entreguen el pescado muy cocido, a veces lo hacen. Está cubierto de cous cous, pero esto no le otorga mayor personalidad. El chile poblano relleno de tres quesos es delicioso. Viene acomodado en una salsa de frijol y se rellena de los quesos escoltado por un pico de gallo de mango y jitomate. El brie renuncia a sus sabores más intensos y se vuelve aristócrata. Es una entrada romántica rellena de manzanas caramelizadas y vinagreta balsámica, con mucha personalidad. Lo saborean hasta quienes no cotizan mucho al queso. La trilogía de tostadas de mar no debería estar aquí sino en un puesto del mercado. Marlin preparado como cochinita servido en tostada, ¡qué cosa! Las otras dos no desmerecen, de atún fresco y camarones con champiñones al ajillo. La otra trilogía es de pescado, combinación de salsas dulces, chile y cilantro con atún dorado y salmón, suena como interesante pero no es lo mejor. Me parece un plato muy ambicioso con resultados magros en boca.
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