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Ricardo Alemán
25 de junio de 2006

Nada para nadie; puede ganar cualquiera, a pesar de todo

Dominan autoengaño y voto afectivo, más que ideológico

L os candidatos presidenciales se dicen listos, a punto, lo mismo que los electores. El domingo venidero dos de los más aventajados llegarán empatados en lo que ya se considera la más disputada jornada electoral de la historia mexicana. Al cierre de las corridas demoscópicas, Andrés Manuel López Obrador y Felipe Calderón comparten iguales porcentajes de preferencias. La izquierda y la derecha partidistas parecen compartir igualdad de oportunidades, mientras que el viejo PRI -según las mismas encuestas-, se muestra rezagado por unos cuantos puntos porcentuales. Aún así, a una semana de las elecciones no hay nada para nadie.

Y es que frente a variables como el voto útil, el voto oculto, los votantes indecisos, las estrategias electorales de última hora -y hasta el resultado del México-Argentina-, aún puede ocurrir cualquier cosa. Nadie sabe bien a bien, por ejemplo, cuál será la proporción del voto útil. Si bien es cierto que según las últimas encuestas un porcentaje importante de votantes tienen como segunda opción de sufragio al candidato Felipe Calderón, lo cierto es que el voto útil sólo se podrá medir una vez terminada la jornada comicial. Aún así, el voto útil también podría favorecer al candidato López Obrador.

Tampoco nadie sabe bien a bien cuál es el rango del voto oculto. Se especula que este sufragio podría favorecer al PRI -sobre todo porque en esta elección, más que en cualquier otra del pasado, votar por el PRI resulta "políticamente incorrecto"-, pero nadie puede descartar que también entre simpatizantes del PAN y del PRD existan votos ocultos. De igual manera nadie sabe si entre el lunes y el miércoles aparezcan nuevos escándalos que podrían impactar a votantes indecisos. Y precisamente sobre estos sufragantes tampoco hay nada escrito. Al final de cuentas se podrían inclinar lo mismo por Obrador que por Calderón o Madrazo.

Los candidatos

Lo único cierto -a riesgo de cometer una perogrullada- es que al final de la contienda del domingo venidero sólo uno de entre Obrador, Calderón y Madrazo se alzará no sólo con el triunfo, sino como nuevo presidente mexicano. En todo caso la pregunta es otra: ¿cómo llegan los candidatos al 2 de julio? El primero de ellos, Andrés Manuel López Obrador, llega a la fecha definitoria con un notable desgaste político y de imagen. Por increíble que parezca y por absurdo que se antoje, es el aspirante que ha recorrido el camino más largo, el que más se ha expuesto al siempre riesgoso ejercicio del poder, pero también el que se ha beneficiado de la popularidad de ser gobierno y, sobre todo, de los dineros públicos.

En efecto. Más que su gestión como jefe de Gobierno del DF, López Obrador inició desde diciembre de 2000 su campaña presidencial. Desde entonces y hasta mediados de 2005 orientó su gestión como gobernante capitalino a la construcción de una imagen de candidato presidencial indestructible, a pesar del tramposo y mentiroso "denme por muerto". Y en buena medida lo consiguió. Pero en el camino perdió una buena porción de ese capital político y de imagen, al grado de que llega al 2 de julio con un mediocre empate técnico. Si vemos con rigor la evolución político-electoral de AMLO, el uso de la segunda más importante posición de gobierno -luego de la presidencial-, y los recursos públicos para su campaña proselitista, tendremos que concluir que su campaña más bien fue mediocre, porque no logró mantener una cómoda ventaja que le ofrecieron esas variables, ventaja que por momentos lo colocó como virtual indestructible.

Y la mediocridad de la campaña de AMLO quedó más al descubierto cuando se le compara, por ejemplo, con la inesperada aparición y el crecimiento electoral de Felipe Calderón. ¿Por qué? Porque si el candidato Obrador realizó campaña electoral durante cinco años, con el uso grosero de recursos públicos del GDF, con el control dictatorial de su partido, y si aun así apenas logró un 34% de las preferencias -porcentaje promedio a una semana del 2 de julio-, contrasta su candidatura con las dificultades que debió enfrentar, por ejemplo, el propio Felipe Calderón.

Hace 15 meses, Felipe Calderón no tenía cargo alguno en el gobierno, era el precandidato presidencial incómodo del gobierno federal, había sido echado del gobierno y aparecía con un porcentaje menor a 10% de las preferencias entre los presidenciables -mientras que AMLO en esa fecha era el puntero indiscutible-, además de que no lo conocía ni 20% de los electores potenciales. Calderón debió sobreponerse al dictado de no ser el preferido de Fox, a la expulsión grosera del gobierno; debió enfrentar el aparato de gobierno que apoyó a Santiago Creel. Aun así consiguió en pocos meses la candidatura presidencial por el PAN.

Ya como candidato, y a lo largo de los más recientes seis meses, Calderón recibió el apoyo del gobierno federal -contra los cinco años que desde el GDF se apoyó a sí mismo AMLO-, y al final de cuentas en 15 meses logró igualar a López Obrador con 34% de las preferencias electorales. Más aún, contra lo que ocurrió en el PRD, en donde AMLO modeló al partido a su imagen y semejanza -o si se quiere, lo deformó a su imagen y semejanza-, al imponer dirigentes nacionales y estatales, al construir un partido paralelo llamado redes ciudadanas, y al imponer las más importantes candidaturas a gobiernos estatales, el DF entre ellas, y al Congreso, Calderón no tiene consigo el partido, no tiene la estructura, no tiene consigo el gobierno y tampoco consiguió imponer candidatos al Congreso. En realidad caminó solo en la contienda, lo que de suyo es harto meritorio.

A su vez, el de Roberto Madrazo es un caso intermedio entre los dos anteriores -también de éxito a pesar de todo-, porque si bien Madrazo se apoderó del partido desde 2002, y desde entonces fue identificado como el más aventajado de los presidenciables del PRI, careció de los reflectores de una fuente real de poder. No tuvo ningún cargo público. Aun así logró hacer del PRI un partido exitoso, que ganó casi todas las gubernaturas que disputó y hasta se dio el lujo de recuperar otras que había perdido en años recientes. En este caso, en realidad el mérito es de la militancia, más que de la dirigencia. Es un mérito a pesar de Madrazo, de su desprestigiada imagen. A pesar de todo, muchos priístas creen en Madrazo, en su imagen de duro, lo que le permitirá llegar con un porcentaje de votos cercano al 30% de las preferencias. Y eso no es un asunto menor.

Los electores

Pero si bien es importante conocer cómo llegan los aspirantes presidenciales al 2 de julio, no es menos relevante saber cómo llegarán los ciudadanos, los electores. La gran preocupación entre los votantes potenciales ya no es la trampa y menos la marrullería en los procesos electorales. Tampoco estará en juego el "cambio", o la salida del septuagenario PRI del gobierno presidencial. Y si no está en juego el "cambio" ni la salida del PRI del gobierno presidencial, ¿entonces qué es lo que está en juego?

Algunos dicen que el cambio del modelo económico, lo que no es preciso; otros dicen que está en juego sacar del gobierno a la ultraderecha, a pesar de que los que dicen eso son los que con su voto útil llevaron a esa derecha al poder. El argumento puede ser el que cada quien quiera. Pero en el fondo lo que está en juego es la democracia misma, la gran prueba sobre las fortalezas y las debilidades de la democracia mexicana. ¿Somos o no capaces de respetarla y fortalecerla? ¿Somos o no una sociedad con cultura democrática? Esas parecen las grandes preguntas. Y las respuestas las conoceremos luego del 2 de julio.

Vale recordar que en las más recientes encuestas, como ya se dijo, los electores mexicanos prefieren -en porcentajes prácticamente empatados en promedio 34% de las preferencias-, a Obrador y a Calderón, en tanto que Madrazo alcanza entre 27% y 29% de las simpatías. Esos porcentajes parecieran reflejar no sólo que el electorado se ha fraccionado en tres grandes tercios, sino que existe una cultura político-electoral impensable hace unos años. Cualquiera podría suponer que el electorado mexicano es de primer mundo, capaz de discernir entre tres opciones bien marcadas, de entre la izquierda de AMLO, la derecha de Calderón y el centro de Madrazo. Sorprendente para cualquiera que intente analizar la sucesión mexicana de 2006.

Pero la realidad es muy distinta. Si analizamos por debajo de la epidermis de los partidos y los candidatos, el resultado es otro. Los electores mexicanos que acudirán a las urnas el domingo venidero no lo harán por la izquierda, en el caso de Obrador; tampoco por la derecha, en el caso de Calderón, y menos por el centro, en el de Madrazo. La simpatía no es por tal o cual de los segmentos de la geometría política mexicana, porque los tres se han desdibujado a niveles monstruosos. No, el fenómeno es mucho más básico. La gente votará, en primer lugar, por las personalidades, lo que se conoce como el voto afectivo. En segundo lugar, por el nivel de autoengaño de muchos de los electores que componen la sociedad mexicana. ¿Cuántos electores, sean adictos a Obrador, Calderón o Madrazo, saben que su preferencia electoral es producto del autoengaño?

Todos o casi todos los electores saben que un elevado porcentaje de las promesas de los candidatos presidenciales son una perfecta mentira. Conocen bien que esas promesas no son viables y que no se van a cumplir. Casi todos saben que prometer es parte de la mentirosa política mexicana y que no es sinónimo de cumplir. Todos saben que ni Obrador ni Calderón ni Madrazo son los mejores hombres para ocupar el cargo de presidente. Y es altamente probable que en el fuero interno, en lo más íntimo de cada quien, una gran mayoría lo reconozca. Pero también casi todos prefieren ese autoengaño -como el autoengaño del "ya merito" en el futbol-, que enfrentarse a una realidad que no gusta y lastima. Y precisamente ese autoengaño es la fuente de la polarización y el odio que en las semanas y meses recientes ha germinado entre obradoristas, calderonistas y madracistas.

No faltarán los que prefieran dejar hasta aquí el presente texto, a causa del enojo que les provoque. Pero si deciden continuar, vale la pena recordar a Fernando Savater y sus ya clásicos Diez mandamientos del siglo XXI. Dice el filósofo: "Sin duda son los políticos quienes, en cualquier lugar del planeta cargan, con mayor o menor justicia, con el sambenito de ser quienes más promesas hacen y, por el contrario, lo más incumplidores. Uno de los episodios más impresionantes se encuentra en los escritos de Platón cuando en la ´Carta VII´ cuenta su malhadada aventura y se le acusa de intentar convertir al tirano Dionisio en una especie de rey filósofo como él soñaba".

"En un momento determinado un amigo de Platón y de Dionisio tuvo que huir porque el tirano había decidido matarlo. Platón intercedió y Dionisio le dijo que el exiliado se presentase con toda tranquilidad porque él prometía perdonarlo. Cuando el perseguido volvió, fue de inmediato condenado a muerte y ejecutado. Platón, conmocionado, fue a protestarle a Dionisio: ´Tú me habías prometido perdonarle´, dijo. Entonces el tirano miró a Platón con frialdad a los ojos y le dijo: ´Yo no te he prometido nada´.

"Esta es la verdad. El tirano no promete nada. Es decir, puede hacer el gesto de prometer, puede pronunciar las palabras, pero no las considera un compromiso, porque se siente por encima de todos y nadie le puede obligar a cumplir con lo que él dice. Muchas veces somos demasiado exigentes con las promesas de los políticos. Estos personajes las utilizan para ofrecerse y venderse a los electores. De todas formas, habría que preguntarse: ¿les toleraríamos que no nos hicieran esas promesas? ¿Realmente votaríamos por un político que confesara sin pudor sus limitaciones, o que reconociese que las dificultades son grandes o que, a corto plazo, no podría resolver los problemas, o que va a exigir grandes sacrificios a la población? ¿Cuántos hombres podrían prometer, como hizo Winston Churchill durante la Segunda Guerra Mundial: ´Sangre, sudor y lágrimas´? ¿Admitiríamos que un político nos dijese la verdad con crudeza y nos exigiese que la aceptásemos?

"Muchas veces nos quejamos de que los políticos mienten, pero de forma inconsciente les pedimos que lo hagan. Nunca los votaríamos si dijesen la verdad tal cual es, si no diesen esa impresión de omnisciencia y omnipotencia que todos sabemos que están muy lejos de poseer. De modo que aquí hay una especie de paradoja: por un lado no queremos ser engañados por los políticos, pero a la vez exigimos que lo hagan".

En el fondo todos o casi todos sabemos que ni Obrador ni Calderón y menos Madrazo son los mejores candidatos, que no son capaces de resolver los grandes problemas. Pero también casi todos preferimos el autoengaño. Y peor aún, convertimos a nuestro preferido en mesías, como ya ocurrió con Fox en el 2000. Y luego dicen que los pueblos no se equivocan. Al tiempo.

aleman2@prodigy.com.mx

 
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Apasionado del periodismo, así explica el autor su dedicación de más de 10 años a este espacio donde se afana en traducir, aclarar y revelar los entretelones de críptico ámbito que es la política. Su trabajo requiere análisis, conocimiento y paciencia para poner en su lugar las piezas del acertijo. Le intriga también la literatura, aunque asegura que ninguna novela es más interesante que la realidad política.
 
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