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24 de junio de 2006

Como hemos podido constatar desde que empezó el año, la democracia tiene muchos rostros. Hoy, a escasos ocho días de la elección, el rostro de la democracia es la incertidumbre, pues nadie sabe quién será el próximo presidente del país. La elección es, hoy por hoy, una moneda al aire: puede ganar cualesquiera de los tres punteros. Las encuestas de los últimos tres días muestran que no se puede predecir quien ganará o perderá los comicios. A lo mejor no nos gusta esta incertidumbre, pero...

Es preferible que haya duda a que otros tomen la decisión por nosotros como había ocurrido sistemáticamente durante casi todos los años del partido único y hegemónico (excepto al final del sexenio de Ernesto Zedillo), ya que en esos tiempos idos -gracias a Dios- nuestro ejercicio electoral se reducía a convalidar la decisión del presidente de la República en turno. No había democracia, pero tampoco había las dudas o la incertidumbre de estos días.

La democracia entraña un proceso impredecible en sus resultados, y así hay que aceptarla. Pero existe otro rostro de la democracia que no me gusta: las campañas negativas o de "contraste", como las llamaron algunos publicistas. Han sido (porque todavía no acaban) una serie de spots de televisión y de radio que, en lugar de ofrecer propuestas de gobierno, utilizan la descalificación, la calumnia, el propagar infundios, usando el denuesto y la mentira. A nadie le sirven esas campañas: ni a quienes las produjeron ni contra quienes se dirigieron.

Debo reconocer que al principio fueron llamativas, pero poco después se volvieron un circo delirante con efectos contraproducentes. La campaña hecha con letreros que preguntaban "¿Tú le crees a Madrazo? Yo tampoco", fue demoledoramente eficaz. Sin embargo, no dejó nada bueno para nadie. Como quiera que sea, Madrazo es el único candidato que ha continuado sumando puntos porcentuales, pese al tercer lugar en que se le ubica.

Los spots contra López Obrador tildándolo como "Un peligro para México", también tuvieron su eficacia, ya que para muchos ciudadanos el candidato del PRD representa una amenaza porque se parece al Chávez venezolano o es una mala réplica del López Portillo mexicano (cuya perruna figura aún recordamos). Populista o no, Andrés Manuel reaccionó, rectificó en su desdén por la publicidad y por los medios, cambió de estrategia y se dedicó a conceder múltiples entrevistas. Al final, no pasó nada, salvo que abril fue su mes negro.

Pero el PRD respondió en forma pendenciera y virulenta a la forma pendenciera y virulenta de los mensajes del PAN. El sacar a relucir al "cuñado incómodo" de Felipe y la frase "Un empleo... para su cuñado", fue una campaña devastadora, ante la cual el PAN reaccionó de manera tardía y deslucida. Finalmente, nada de eso se pudo probar, pero como siempre "calumnia que algo queda". Como en el juego de dados de los niños, "nada para nadie". Felipe preservó su imagen de honestidad pero en medio de una querella de vituperación y encono.

Intentando un balance de las campañas mediáticas, me parece que a la mayoría de los mexicanos terminaron por no gustarnos. De todas maneras, también ésta es otra cara de la democracia, como lo son los debates que, por cierto, poco interés despertaron por un "formato" que resultó una camisa de fuerza para los participantes y modo poco idóneo para la televisión y la radio. Esto habrá que cambiarlo, desde luego.

Más allá de las intenciones, buenas -¿las habrá?- o malas, de esas campañas, la verdad es que generaron un ambiente de confrontación tan ríspido como inútil. A eso se suman los focos rojos de los conflictos de los mineros, el problema de Atenco y los profesores de Oaxaca.

El problema no es el proceso electoral, a menos que haya grupos radicales no controlados que lo empañasen. Lo que está en riesgo es el futuro inmediato del país. A nadie, absolutamente a nadie le conviene que ese clima de confrontación continúe. La democracia y la estabilidad económica, dos pilares a los que ningún candidato ha renunciado, son conquistas que no debemos perder al fragor producido por intereses demasiado particulares. Aunque el gobierno federal ha tomado sus precauciones y ha blindado la economía, mucho perderíamos los mexicanos si se produjeran efectos económicos negativos. No quiero ni pensar en una devaluación brusca del peso. Ya lo hemos vivido y sabemos que la inflación desatada o cualquier devaluación repercuten inmediatamente en los consumidores. Aunque el tortero o el taquero no manejen sus negocios con dólares, de todas maneras resienten el efecto negativo de que no se respete el equilibrio de las variables macroeconómicas. Eso es un hecho.

Por eso debemos salir a votar dejando a un lado la pereza o la desidia. No debe importar quién va arriba o abajo en las encuestas, sino quién realmente tiene la capacidad para gobernar a nuestro país durante los próximos seis años. Se ha dicho que votar es un acto irreflexivo, de último momento. Pero esta vez sí requiere de nuestra mayor atención y reflexión. Una vez más, no dejemos que otros decidan por nosotros. No dejemos que la ira y el encono se impongan a la razón y la prudencia.

lolitadelavega@msn.com

 
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Periodista de radio, televisión y medios escritos, Lolita de la Vega desde muy pequeña tuvo contacto con los medios, por lo que decidió convertirse en Licenciada en Ciencias de la Comunicación. Por su labor ante las cámaras, tras el micrófono o con la pluma, Lolita ha sido distinguida en dos ocasiones con el Premio Nacional de Periodismo.
 
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