|
Cada día escribe mejorRedacto estos renglones la noche del miércoles 14 de junio, a 20 años exactos de la muerte de Jorge Luis Borges en Suiza. He procurado no enterarme de lo que se ha escrito al calor del aniversario luctuoso, pero no pude evitar esta frase que por lo demás me parece muy justa, muy verdadera: "Escribe cada día mejor". He podido comprobarlo en las semanas recientes porque en una clase universitaria que imparto decidimos leer algunos de sus cuentos y para ello abrí de nuevo los libros atesorados con amor durante largas décadas, las mismas de mi vida. Leí sus cuentos hace más de 40 años, en mi adolescencia. No los había visitado desde entonces, pero siguen tan frescos como en aquellos lejanos tiempos de la década de los 60. Me apena decirlo de esta manera, pero no tiene remedio: sólo yo he envejecido. aunque no tanto que me esté vedada la apreciación de esos textos de una tersura intensa, concebidos con un ingenio diamantino y fabricados con una prosodia exquisita. Apenas puedo imaginar lo que experimentaron sus primeros lectores en México o en Guatemala, y aun en la Argentina donde él vivía y trabajaba, conversaba con sus amigos, leía ávidamente hasta perder la vista y se dedicaba a renovar de raíz no nada más la literatura en lengua española sino los paradigmas narrativos del siglo XX, alcanzado con su influencia los rincones más apartados del Occidente y del Oriente. Él hubiera creído o querido quedar -no sé qué verbo le conviene a esta conjetura-, si la posteridad le otorgaba esa oportunidad, como un poeta menor de la Antología. Es decir: como el dueño honrado y consecuente de un oficio; ha quedado en cambio como uno de los oficiantes supremos de lo que Calasso denomina "literatura absoluta". Ha sido atacado, desde luego. Con él murieron algunas de sus opiniones menos simpáticas; lo que de él permanece tiene las cualidades de una "resistencia en el tiempo", la fuerza de un clasicismo íntegro y plenamente moderno, el libre juego de la inteligencia depositada, con toda su animación y dramatismo, en formas de una pasión indestructible. No es verdad que fue un "escritor frío", como piensan -malos lectores ellos- algunos distraídos. Se parece más a Góngora de lo que hubiera estado dispuesto a admitir: son los dos maestros del absoluto literario en nuestra lengua. Se parece menos al vitriólico y fulminante Quevedo, a quien tanto admiraba y a quien decía seguir: de aquel poeta cortesano y humanista soberbio lo separaban demasiadas cosas (para no abundar, el antisemitismo contrarreformista del fogoso catolicismo ultramontano). Leamos a Borges. Lo que recojo como encabezado titular de esta nota es una verdad como un templo. No podría decirse algo mejor de un escritor cuya muerte física conmemoramos. La vida de sus textos es mucho mayor que esa muerte, que sólo confirma que la nada de ese escritor y la nada de sus lectores poco difieren.
|