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Ricardo Rocha
05 de junio de 2006

El debate y los modelos

Nadie puede anticipar lo que va a ocurrir exactamente. Lo único cierto es que antes del debate y el posdebate ya hay un predebate sobre los alcances y consecuencias del evento de mañana por la noche: si uno se impondrá arrolladoramente a los demás; si habrá alianzas implícitas o explícitas; quiénes llegan más fuertes que los otros; si alguno sucumbirá irremisiblemente a su carácter y la tensión nerviosa; si otro logrará desfacer los entuertos que le han endilgado; si otros, calladitos se verán más bonitos y, en fin, toda suerte de especulaciones sobre una película que nadie ha visto pero que todo mundo imagina.

El otro lado de esta moneda al aire que es el predebate, gira sobre su trascendencia: quienes creen que su gallo va a perder le restan importancia y aseguran desde ahora que no será concluyente; en sentido contrario quienes confían en su apuesta ganadora lo revisten de la mayor importancia; quienes ni fu ni fa y los oportunistas que nunca faltan, afirman que hay que esperar, como si pudiera comprarse el número premiado de la lotería. Los que lo minimizan por conveniencia parecen olvidar que en el 94, el inefable Jefe Diego le dio la vuelta a la contienda al salir megatriunfante sobre los desangelados Zedillo y Cárdenas (lo que hizo después es otra historia), y que Fox ganó puntos cruciales en el segundo debate de 2000 a pocas semanas de la elección.

Así que nadie debe minusvaluar su importancia. Es más, el debate no es definitivo pero puede ser definitorio. Lo primero, porque no es el factor único. Está claro que cada candidato carga ya un costal de activos y pasivos acumulados en meses de fatigantes campañas. Pero los tres o cuatro puntos -que según expertos están en juego en el debate- pueden inclinar la balanza en definitiva sobre todo si la atención de los espectadores se polariza en dos de ellos y uno es el que pierde y otro es el que gana. Sería, como en el futbol, uno de esos juegos "de seis puntos".

Y a propósito, desde ahora está claro que los medios, los analistas, la tribuna pues y la capacidad de movilización de los propios partidos y candidatos en el posdebate también jugarán un papel importante para amacizar o perder lo ganado. Porque luego viene la avalancha febril del Mundial que reducirá las campañas -en buena medida- a la propaganda mercadotécnica de spots antes, durante y después de los juegos del poco prometedor equipo tricolor en Alemania. Aun los que están dispuestos a votar se muestran ansiosos del inevitable receso futbolístico antes de ir a las urnas. En ese ambiente de efervescencia panbolera, la capacidad de maniobra de las campañas se reducirá notablemente y se requerirá de verdaderos juegos de artificio para llamar la atención de los electores probables y potenciales. Ni modo, así es.

Por último, no podríamos menospreciar el qué, el meollo del debate: las propuestas, no exentas de descalificaciones que algunos estén dispuestos a arriesgar luego del hartazgo de la guerra sucia; en este sentido, López Obrador se adelantó al colocar en el centro de la polémica su propuesta de modelo económico a través de un ejemplo concreto para los mexicanos de menores ingresos; Roberto Madrazo y Felipe Calderón, a querer o no, giran ya alrededor de ella y parece que así será también en el encuentro de mañana.

Pero además del modelo están los modelos. Esos estereotipos en que los expertos de cada uno pretenden convertir a su candidato. El ente plástico que tiene un chip para sincronizar micrométricamente cada músculo facial con las palabras que se ha aprendido de rigurosa memoria. Otro chip para engolar la voz justo en el tono adecuado. Un software central para zambutir las tarjetas preelaboradas al cerebro o a lo que queda de él.

Decía el viejo maestro de la tauromaquia que lo primero para ser torero era parecerlo. Falta ver si las versiones electorales del robocop tlahuica convencen a los televidentes. O si se impone la verdad, la sobriedad, el razonamiento, la argumentación, el carisma sin maquillaje, las frases salidas del corazón y del amor a esta tierra y a su historia, la fe de a de veras en su destino. En fin, que parezca presidente, porque realmente puede serlo.

ddn_rocha@hotmail.com

 
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PERFIL
 
Ricardo Rocha ha sido redactor, reportero, corresponsal de guerra, productor y conductor de programas. En 1977 cubrió por dos meses la Revolución Sandinista en Nicaragua, lo que le valió el premio nacional de periodismo. Diseñó y condujo los programas "Para Gente Grande" y "En Vivo". Es co-autor de "Yo Corresponsal de Guerra" y autor de "Conversaciones para Gente Grande". En el 97 creó el concepto "Detrás de la Noticia" y en 1999, al separarse de Televisa, lo consolidó con la agencia informativa.
 
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