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    Panorama Norteamericano
Eduardo Valle
03 de junio de 2006

L os funcionarios públicos juran "cumplir y hacer cumplir la Constitución Política y las leyes que de ella emanen". Del presidente de la República para abajo. No es una formalidad sin contenido o sólo un mandato de ley. Es el compromiso personal de todos y cada uno de los hombres y mujeres con poder político. Ahí están las facultades de los políticos con cargo público y, también, sus límites. Ahí comienza la ahora famosa rendición de cuentas. Bueno, al menos ya se habla de ella. Antes ni eso.

Tratamos aquí de todos y cada uno de los hombres y mujeres con poder. No hay excepciones. Ni una sola. La Constitución establece mecanismos e instrumentos para llamar a cuentas a quien no cumpla, como gente en el poder, con su palabra. Al menos en teoría existen. Son elementos esenciales para hacer pública, en verdad, la vida pública, como diría Daniel Cosío Villegas.

En esta democracia padecida, la palabra se ha reducido hasta ahora a la esfera de lo electoral. Ni siquiera tenemos formas de participación directa como el referéndum, el plebiscito o la iniciativa popular. Y, mucho peor, para acceder al poder requeriremos por necesidad de los partidos políticos. Tienen el ridículo monopolio de la acción electoral. Una patente de corzo. Y los partidos abusan de ella; a veces en forma burda, grosera, insultante.

Es el caso del Partido de la Revolución Democrática y su candidato a jefe de Gobierno en el Distrito Federal: el señor Marcelo Ebrard Casaubón. Otro "exiliado" del PRI convertido en luchador social democrático, como Manuel Camacho Solís y tantos más de ese equipo. Gracias a la bendición del cacique de Macuspana, el señor López Obrador, y ese grupo llamado partido "de la izquierda": el mencionado PRD. De risa loca; los exiliados del PRI ya se convirtieron por magia en militantes de izquierda.

Del señor Ebrard hemos hablado en otros momentos, como cuando señalamos que Camacho y Ebrard querían su propia Brigada Blanca, con Nazar y El Borrego Guzmán al frente de una Dirección de Inteligencia de la policía del DF. Sólo les faltó proponer a quien fuera ayudante principal de Echeverría, Antonio Yáñez (a) El Junior (¿disparó contra el general Hernández Toledo en la plaza de las Tres Culturas?), para formar el triángulo virtuoso que eliminaría, esto es literal, a los delincuentes más peligrosos de la zona metropolitana. Toda la experiencia a su servicio: del 2 de octubre de 1968 al exterminio brutal de la guerrilla. Y mucho más.

Cuando ocurrieron los trágicos sucesos de Tláhuac también hablamos del señor Ebrard. Él sólo obedecía órdenes de su jefe inmediato. Y nada más. Se insubordinó contra la Constitución. Se burlaba en forma pública e impúdica de su propio juramento. De la palabra empeñada. Por eso lo despidieron con cajas destempladas como jefe de la policía.

Pero, ni tardos o perezosos, López Obrador, Camacho y el PRD de inmediato lo recuperaron. "Es un buen servidor público", afirmó López Obrador. En realidad lo que trató de decir fue: "Es mi incondicional". Así no importa que sea un hombre y un político sin honor. Es su incondicional; suficiente.

Ahora Marcelo Ebrard (EL UNIVERSAL, 2 de junio, página C3) tratará de lograr "que la ciudad de México tenga su propia Constitución; esto permitirá que la designación del titular de la Secretaría de Seguridad Pública y de la Procuraduría General de Justicia sea responsabilidad del jefe de Gobierno y no del Ejecutivo Federal, como ahora".

Queda claro: el sueño persistente, constante, desde hace años, de Ebrard es controlar el cuerpo de policía y la administración de justicia en el Distrito Federal. Una extraña y singular obsesión.

Y, desde ya, previsor afirma que "no pensará en 2012 para contender por la Presidencia, como Cuauhtémoc Cárdenas y Andrés Manuel López Obrador". Ni pensarlo; le toca turno a Manuel Camacho. Ebrard es capaz de violentar la Constitución y su propia palabra; pero guarda estricta fidelidad a sus muy personales amigos y jefes. Ni modo; a esperar el año 2018. Es decir, si la situación no cambia y es restablecida la reelección. Como en tiempos de Álvaro Obregón. No deberíamos despreciar los potenciales sueños de otros. Menos si son "un rayito de esperanza". Y honestos y valientes; pues "honestidad valiente" fue la divisa, aun cuando nada tuvo que ver con la mínima transparencia a la hora de ejercer el poder.

Aquí algo huele a podrido. Un hombre se rebela contra la Constitución y falta en forma grave a su palabra. Y ya es el potencial jefe de Gobierno del DF. Eso dice todo (casi) de la viciada operación de la partidocracia ofrecida como "democracia"; sólo electoral, conste. Y en forma increíble los candidatos a la Presidencia no tocan el tema ni con el pétalo de una rosa. ¿Nadie podría mencionarles que es urgente e indispensable avanzar a una democracia real, con objetivos? Y no quedarnos como estamos, donde hasta pueden surgir fenómenos tan extraordinarios como lo arriba comentado.

Mientras los candidatos no se acerquen, siquiera por casualidad, a la vida cotidiana de los mexicanos, las campañas no significarán mucho. Ninguno, ni uno solo, ha entendido que requerimos de un reformista radical, serio, para volver a transformar una realidad que va de un perverso sistema de precios y escasos salarios, a la inseguridad diaria. Pasando por un sistema de justicia sin cambios profundos desde el porfiriato. A un mes de las elecciones generales aún es tiempo para adoptar compromisos en relación con las reformas radicales que requiere la nación. A ver si entienden.

Y, por si fuera necesario, ahora cuando existe orden de aprehensión contra Napoleón Gómez Urrutia, valdría la pena recordar: una de las reformas indispensables y urgentes es aquella que abra paso a la democracia sindical. Precisamente para evitar más herederos del botín constituido por las organizaciones obreras. Por mientras tendremos que agradecerle al régimen de la partidocracia, y al PRD en lo particular, el posible acceso al poder de hombres sin honor.

mvalle131@aol.com

 
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PERFIL
 
Eduardo Valle se graduó en la Escuela Nacional de Economía de la UNAM. Fue dirigente del Partido Mexicano de los Trabajadores, diputado federal y asesor del procurador general de la República, Jorge Carpizo. Desde hace algunos años reside en los Estados Unidos.
 
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