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    Manual para canallas
Roberto G. Castañeda
27 de julio de 2006

El aleteo de la ausencia

Hablar con el espejo puede parecer raro. Quien te observe puede pensar que estás loco. Incluso, tú mismo te repites, constantemente, “no manches, está loco wey, pero sólo es un destello de lucidez, porque lo sigues haciendo, cuando te bañas, mientras te rasuras, antes de dormir, de vez en cuando al despertar. Y lo más curioso es que siempre te reclamas en tercera persona, porque no dices “soy un asco de persona” o “estoy bien galán”, sino que te dictas cosas como “eres un idiota” o “siempre has sido un chingón”. No, tú no eres de los que cantan el coro de la canción de moda mientras el agua de la regadera te empapa; tú eres de esos que expresan cosas como “carajo, que vida tan miserable la tuya”.

Y es que todo está construido de rituales: desde que te levantas, hasta que caes rendido en esa cama que ha soportado infinidad de ronquidos. No es edificante, nada agradable, comer sopa maruchan en las tardes o pasar por unos tacos para la cena. En verdad que da tristeza sentirse tan solo, tan abandonado a tus silencios, tan ensimismado en pensamientos grises, mientras que Garibaldi es un carnaval o tu ex esposa grita de placer en otros brazos. Bueno, al menos no tuviste un hijo que se avergonzara de verte borracho o que llorara por las constantes peleas de pareja. Lo tuyo siempre ha sido estar solo, contando los minutos para que empiece el partido de futbol, bebiendo cerveza y comiendo cheetos, maldiciendo al Kléber o al Kikín Fonseca por fallar clarísimas oportunidades de gol. Como la mayoría de la gente, odias tu trabajo de ocho horas diarias, pero no sabes hacer otra cosa y mejor es tener algo seguro que arriesgarse a no tener nada.

Así son todos tus días, a la espera de que llegue el fin de semana para irte a un teibol o a emborracharte con los cuates en cualquier fiesta de alguien conocido. Eres tan joven y tan viejo. Tan lleno de vida y tan muerto. Eres el resumen de lo que te heredaron tus padres. Eres el peor de los hombres que siempre quisiste ser. Tienes tu departamento de interés social, el auto compacto, el clóset lleno de trajes, un empleo fijo, televisor de 27 pulgadas, cervezas en el refrigerador, polvo bajo la cama, humedad en el baño, cuarteaduras en el alma… y lo que es peor, tienes una ausencia que sobrellevas sin calma.

* * *

El cansancio de Julián no es más que el peso de la angustia. Sus noches se volvieron una hoguera. Desde que Karla lo dejó por su maestro de literatura, no logra sino sentirse miserable, con la autoestima por los suelos, con ganas arrojarse al paso del Metro o hasta de mandarle una rata muerta y envuelta en celofán nomás para recordarle que así es su corazón de tieso. Despertarse a las dos, a las cuatro, a cualquier hora de la madrugada es sofocante, porque Julián siente que algo le oprime el pecho. Es ansiedad, seguro dictaría algún experto, pero lo que nadie sabría explicarle a este pobre sujeto es de dónde proviene ese aleteo que escucha antes de abrir los ojos.

Es el recuerdo de esa arpía, que sobrevuela sus insomnios, ha reflexionado Julián, pero sabe que es la peor mentira, porque en realidad son las alas de la ausencia, las ganas de volver a acariciar aquellas geografías en las que alguna vez se sintió expedicionario. Desde entonces, Julián dejó la poesía, así que prefiere emborracharse, cumplir con su trabajo de oficina, dormir lo más posible, aunque siempre amanezca agotado.

Ya se le han quitado las ganas de publicar su libro, nada quiere saber de literatura, ni de musas, ni de ángeles o metáforas o ninfas de pechos perfectos; incluso su computadora siempre está apagada y en el monitor ha pegado el poema más certero de Nicanor Parra para describir sus sensaciones: “Yo no digo que ponga fin a nada/ no me hago ilusiones al respecto/ yo quería seguir poetizando/ pero se terminó la inspiración./ La poesía se ha portado bien/ yo me he portado horriblemente mal./ Qué gano con decir/ yo me he portado bien/ la poesía se ha portado mal/ cuando saben que yo soy el culpable./ ¡Está bien que me pase por imbécil!/ La poesía se ha portado bien/ yo me he portado horriblemente mal/ la poesía terminó conmigo”. Y sí, en definitiva, las ausencias, el dolor, la ansiedad, siempre acabarán contigo.

manualparacanallas@hotmail.com

 
 
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