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Raymundo Riva Palacio
03 de mayo de 2006

Voltear hacia dentro

Por alguna extraña razón, celebramos la beligerancia de los indocumentados cuando debería ser el espejo de nuestra vergüenza

No para el festejo cívico y político en México tras la beligerancia de cientos de miles de emigrantes en Estados Unidos que volvieron a salir a las calles de las grandes ciudades estadounidenses en abierto desafío al establishment de esa nación y paralizar un fragmento de la economía como repudio a los intentos en Washington para convertir la inmigración indocumentada en un delito criminal. Su lucha parece la nuestra; su victoria moral -porque la política y económica todavía faltan por medirse- es nuestra reivindicación histórica por las eternas heridas de las intervenciones. Nos sumamos al boicot en México y realizamos plantones en algunos puntos fronterizos para urgir que ningún hijo de Aztlán cruzara al otro lado. ¡Qué mexicanos somos!

Nuestras voces más conservadoras se fundieron con las más liberales para hablar de su heroísmo, sin detenernos un momento en la reflexión del porqué se fueron, ni sonrojarnos de vergüenza porque sus remesas son la segunda fuente de ingresos más importante del país, ni recordar cómo vemos a los trabajadores agrícolas que osan subirse a los mismos aviones que nosotros cuando retornan temporalmente a casa -en ese racismo tan tangible en tierras mexicanas- y que, por lo demás, cada vez quieren regresar menos a este país que lo único que hace bien es expulsarlos porque no les crea oportunidades de ningún tipo.

En ese orgullo ajeno de su coraje y en una apología colectiva de las agallas de quienes sólo en estos momentos nos acordamos para apropiarnos de sus logros, somos presas fáciles de una ética que lejos de ser impecable, es hipócrita. Le gritamos reaccionarios a los extremistas -que han crecido como amapola desde el 11 de septiembre de 2001-, y a los conservadores que montan sus discursos en las olas electorales, y a los políticos que quieren ver a los violadores migratorios a la par de asesinos y ladrones. Los denunciamos por nuestros muertos en el desierto de Arizona, y vamos sumando cruces en la Mesa de Otay, que divide a Tijuana de San Isidro, para decirles que no se nos olvida. Pero siempre vemos al norte, con odio y fascinación, y cerramos los ojos en los infortunios de los otros emigrantes.

Etnocentristas por excelencia, se nos olvidó que junto con los mexicanos desafiaron al establishment miles de guatemaltecos que han convertido a Los Ángeles en su Dorado, o salvadoreños que dominan el Distrito de Columbia, u hondureños que se han ido acomodando en la costa oeste de la Unión Americana y que, si somos más justos, no tienen menos agallas que los mexicanos.

Al igual que nuestros paisanos, desafiaron a los sistemas de detención de indocumentados en la frontera sur estadounidense, y se jugaron la vida en el desierto. A diferencia de los mexicanos, no sólo tienen mucho más que perder -la deportación no es a México, desde donde pueden volver a internarse ilegalmente hasta el mismo día, sino a sus países- en términos de logística y precio, sino que el calvario del retorno pasa por una aduana maldita y, por mucho, increíblemente más peligrosa: México.

Este es el estadio que olvidamos convenientemente cuando somos uno más en las calles de la rebelión inmigrante. Lo que denunciamos de los gringos no lo exigimos a nuestras autoridades, el respeto a los derechos humanos de los indocumentados. Los centroamericanos, en particular, para llegar a Estados Unidos, primero tuvieron que pasar por territorio mexicano. Es decir, la ruta del paraíso pasa necesariamente por el infierno que empieza en Chiapas. Los centroamericanos conectan a los polleros principalmente en las estaciones de autobuses en San Salvador, Tegucigalpa y en las ciudades fronterizas de Guatemala, pagando desde 2 mil dólares y tomando todos sus riesgos. Saben que el peligro no es en Estados Unidos, sino en México.

Los polleros juegan con sus vidas. Los llevan hacinados en camiones de carga de doble piso, donde se amontonan como sardinas dos y tres docenas de ellos. Hay casos donde los han dejado hasta 36 horas en algún paraje del sureste mexicano sin comida ni agua, mientras se arreglan con los policías locales. La colusión de los polleros y los policías hace del tráfico de indocumentados una epopeya para muchos que se aventuran hacia Estados Unidos, y la corrupción policial, si bien significa una posibilidad para que alcancen su propio sueño americano, representa gasto adicional y maltrato sin medida.

Hay quienes mueren en el camino o quedan lisiados, como aquellos que se montan en los ferrocarriles y que sufren accidentes. Hay pequeños hospitales en la frontera sur con Guatemala que presentan escenas dramáticas de centroamericanos que perdieron sus piernas en uno de tantos accidentes, e historias interminables de cómo fueron reprimidos y humillados por los policías mexicanos.

Nos quejamos de la brutalidad policial en Estados Unidos, que la tienen bien ganada, sin dejar de gritar en contra de la brutalidad policial de los mexicanos. Pero no estamos empatados. Allá, con toda la carga negativa que podemos echar encima a los policías, existe un estado de derecho que impide la impunidad rampante. No podemos decir lo mismo de México. La impunidad es el gran mal jurídico en México y la gran avenida por la que circulan los abusos y arbitrariedades. Allá, cuando se documenta un exceso, se actúa en consecuencia; aquí, se arregla con la inflación indexada de la mordida; allá, cuando se documenta corrupción, se castiga; aquí, entre más sonoro es el grito, más posibilidades de salir libre de pena y culpa. El sistema jurídico mexicano está corrompido, con una gangrena que lejos de aniquilarlo, lo alimenta. Va desde policías locales hasta autoridades federales, pasando incluso por funcionarios de Migración que, en teoría, deberían ser impolutos.

Esta es nuestra realidad y nuestro problema. El aplauso a los mexicanos indocumentados que se enfrentan al sistema estadounidense sólo habla del enorme coraje y energía de todos aquellos a quienes no supimos aprovechar. Pero, qué celebramos si lo que tendríamos que hacer es revisar lo que hemos hecho mal y corregir. El ejemplo pertinente, el analizar por qué no atacamos la barbarie contra los indocumentados que atraviesan por México, a quienes permanentemente se veja y extorsiona, violando todos sus derechos. La solución a sus problemas tendría que ser nuestra principal prioridad, como nación y sociedad que se supone desea lo justo, y no con un silencio cómplice atado a una cadena de corrupción que no sólo habla mal de las autoridades, sino que condena a todos los mexicanos. Sólo si limpiamos la casa, podremos exigir reciprocidad a los demás. De otra manera, cinismo será nuestra marca perenne.

rriva@eluniversal.com.mx

r_rivapalacio@yahoo.com

 
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PERFIL
 
Reconocido periodista y analista, Raymundo Riva Palacio ha obtenido dos Premios Nacionales de Periodismo. Durante su fructífera carrera, ha escrito para numerosos periódicos de México, España, Canadá y Estados Unidos. Es autor de "Centroamérica: la guerra ya empezó", "Más allá de los límites: ensayo para un nuevo periodismo", y coautor de "Aún tiembla" y "La cultura de la colisión". Su último libro se titula "La prensa de los jardines". Actualmente es director editorial de El Gráfico, El M, y coordinador de asuntos internacionales de EL UNIVERSAL.
 
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