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    Cinecrítica
Tomás Pérez Turrent
28 de abril de 2006

En ´La provocación´, Allen pierde destreza

Chris Wilton (Jonathan Rhys Meyers) cree firmemente en el poder de la suerte. Y cree firmemente que la suerte le puede ayudar a conseguir todo lo que desea en la vida. Su primer golpe de suerte es ser aceptado en un exclusivo club londinense como tenis coach. Rápidamente hace amistad con Tom Hewett (Matthew Goode) un joven adinerado y muy pronto está compartiendo noches en la ópera, fines de semana en la finca de campo, cenas en restaurantes exclusivos con Tom y su prometida Nola (Scarlett Johansson), junto con Chloe, la hermana de Tom.

Chris, sexualmente atraído hacia Nola, actriz de poco éxito, prudentemente decide casarse con la dulce Chloe, aceptando en el proceso empleo en una de las compañías de su suegro. Otro golpe de suerte. O así parece.

Tom se enamora de otra y abandona a Nola. Chris inicia una aventura apasionada con la fogosa y bella Nola. Ella se vuelve exigente y malhumorada. Hay un fatal y tortuoso desenlace. Uno nunca sabe de qué lado va a caer finalmente la tan anhelada suerte.

Hasta allí tenemos una historia de amor y adulterio, con locaciones de primera en un Londres visto desde la riqueza y personajes ricos y afortunados. Pero hay problemas. Primero, los personajes, empezando con el supuesto héroe, son antipáticos y poco creíbles.

Chris, ex irlandés, ex tenis pro, de origen oscuro, es ambicioso, arribista, pedante y petulante, esforzándose por congraciarse con los miembros de la alta sociedad.

Se prepara leyendo Crimen y castigo, además de una guía para mejor entender la obra de Dostoievsky. Se ufana de melómano, supuestamente aficionado a la ópera. Los objetivos de su ambición, la familia Hewett, son menos creíbles. Tom (Matthew Goode, muy bueno en su papel), es el epítome del joven aristócrata, agradable y ocioso -y totalmente superficial-. Inexplicablemente, 15 minutos después de conocer a Chris ya le está invitando a compartir su palco en la ópera y el día siguiente le invita al campo para el fin de semana.

Luego está Chloe (Emily Mortimer, también muy buena en su papel), la hermana de Tom, simplona, torpe y con una única ambición: ser feliz y tener hijos. El papá, Alec (Brian Cox) es de fantasía pura. Fabulosamente rico, extremadamente astuto en los negocios, tremendamente culto, aficionado a la ópera, peca de generoso. Inexplicablemente, no cuestiona los motivos de Chris, a tal grado que le presiona para casarse con Chloe. Le acepta con los brazos abiertos. Le da chamba. Le ofrece dinero. ¿Cómo puede ser que ni le investiga ni le escudriña antes de entregarle a su amada hija?

La mamá, en cambio, tiene los pies muy plantados en la tierra. Cuando toma demasiados gintonics -muy a menudo- se pone impertinente. Pero ni ella sospecha que quizá Chris sea un vil cazafortunas. Todo lo contrario de sus sentimientos hacia Nola, la novia de su hijo Tom. Con ella es grosera, cortante, la ve como una amenaza. Finalmente está Nola (la exuberante rubia Scarlett Johansson).

Fugitiva de Boulder, Colorado, aspirante a actriz, es bella, sensual y a la vez malhumorada y temperamental.

Y esto nos lleva a otro problema. No hay humor en la película (o por lo menos muy poco y sólo al final). En el viaje de Manhattan a Londres, Woody Allen parece haber perdido su destreza con los diálogos. Los actores, especialmente Chris, deben batallar con unas líneas verdaderamente imposibles. Agregar a eso la música.

En lugar del bien escogido jazz y demás delicias musicales que suelen caracterizar a las cintas de Allen, tenemos unas seleccionadas grabaciones de Enrique Caruso que no siempre acompañan muy bien la acción en la pantalla.

En fin, dejando de lado su instinto de cuestionamiento, va a disfrutar esta cinta, por la habitual soltura que caracteriza la obra de Woody. Se va a quedar esperando ver cómo le hace Chris -tan parecido a Tom Ripley pero más atormentado- para cometer el crimen y evitar -o sufrir- el castigo.

 
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PERFIL
 
En este espacio que tiene ya más de 30 años de vida, Tomás Pérez Turrent comenta sus ideas sobre el cine, pero sólo sobre "aquél que vale la pena, el que dice y deja algo". Es autor de 20 guiones filmados, como Canoas y Las inocentes. Prefiere ir al cine de su barrio, a las funciones matutinas, para evitar el ruido de la multitud, y aislarse con esta pasión que es para él un alimento emocional.
 
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