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En El espíritu de la pasión, de Kim Ki-duk, un joven, cuya única posesión parece ser una poderosa moto BMW, ha perfeccionado un ingenioso método para averiguar cuáles casas están vacías para ocuparlas, lavar su ropa, comer y descansar un rato. Sobra decir que deja todo en orden, arregla los aparatos descompuestos, recoge la ropa tirada, riega las plantas de ornato. Un huésped modelo. Habiendo entrado a una residencia aparentemente vacía, lo sorprende en su rutina la señora de la casa, una joven golpeada, que está escondiéndose de su tiránico marido. Al llegar el esposo, el muchacho lo anula con certeros tiros de golf y parte en su poderosa moto, acompañado ahora por la joven esposa, para seguir yendo de casa en casa, los dos juntos. El idilio se interrumpe cuando la pareja es sorprendida por los dueños de un apartamento y el muchacho termina recluido en la cárcel. De aquí en adelante, la película cambia. Se convierte en una historia de fantasmas, una fábula en donde la juventud amorosa triunfa en contra de la corrupción, misoginia y sadismo tanto de las fuerzas policiacas como del marido de la bella joven, en su intento de la venganza. Kim Ki-duk, director coreano de cuya obra hemos visto dos películas recientemente: la muy bella Las estaciones de la vida (2003), en la que un monje budista educa a una joven utilizando precisamente las estaciones del año como metafora, y la violenta y sombría Samaria (Por amor o por deseo, 2004), que habla sobre la prostitución juvenil en Seúl y en cuya historia una joven muere trágicamente en su intento por huir de la policía, suele escribir y dirigir todos sus largometrajes y en este caso también produce y edita. Aparentemente, escribió el guión en un mes, filmó la película en 16 días e hizo la edición en 10. El resultado es una insólita historia de amor sin nombres, y sin palabras. Los amantes no tienen por qué hablar. Las palabras son intrusiones, invasiones, agresiones usadas por el marido, por los policías, por los dueños de las casas, siempre exigiendo razones y respuestas. Las películas anteriores a las que hemos visto en México, han sido censuradas en otros países por la violencia y crueldad de su contenido. Aquí también hay momentos de una violencia repentina, destilada en la precisión sádica de las pelotas de golf golpeando al cuerpo humano, casi siempre adrede, en una trágica ocasión totalmente por accidente. Los policías coreanos retratados en esta película son tan violentos y crueles como los policías en todo el mundo, aunque en cambio los habitantes civiles parecen estar mil veces más confiados en Corea que en México. ¿En qué momento aquí en México hemos escuchado un mensaje en la grabadora del teléfono, avisando a todo mundo que los dueños están de viaje y que regresan tal día? Por lo demás, los coreanos son representados como fanáticos del golf, y que pasan mucho tiempo cuidando sus plantas de ornato. Esta es una bella película, fotografiada con gran cuidado y con un ritmo pausado que cuenta una historia engañosamente sencilla, superficialmente simple, profundamente compleja, en que dos personas solitarias se encuentran y se aman. Hacen su propio mundo, en donde las reglas no son marcadas ni por maridos posesivos ni por la autoridad arbitraria policiaca.
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