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Ricardo Alemán
13 de abril de 2006

Rehenes de guerra

No hay duda de que la guerra convencional que significa toda contienda político-electoral, en el caso mexicano se ha convertido en una preocupante guerra sucia en donde mentiras, engaños, insultos, difamación y diatriba parecen los signos distintivos de la naciente democracia electoral. Y en esa batalla en la que se han enfrascado los partidos políticos, sus dirigentes y candidatos, pareciera que son muchos los interesados en meter a los ciudadanos en el mismo saco de "perros y gatos" que disputan el poder presidencial. La polarización social que reaparece a 80 días de la jornada electoral -y que tiene su antecedente en el desafuero de AMLO-, es la mejor muestra de que la "partidocracia" intenta hacer rehenes de sus disputas a los ciudadanos.

Está claro que los partidos son entidades de interés público -según la Constitución-, y que por tanto su quehacer es de interés general. Entendemos que la razón de ser de los partidos políticos es el acceso al poder público -mediante las reglas establecidas en el Código Federal Electoral- para desplegar desde esa posición su proyecto de gobierno. En teoría, lo que ocurre en los partidos se debe ajustar a sus principios estatutarios y bases programáticas que, a su vez, son aprobadas por el IFE.

Empero, los partidos tienen la facultad exclusiva de postular candidatos a puestos de elección popular, en tanto que en una democracia representativa, como la mexicana, los ciudadanos son los mandantes cuya facultad esencial es la de votar o, si se requiere, mandatar a quienes ocuparán cargos de elección popular, quienes a su vez son los mandatarios. Pero en la guerra sucia que vivimos a poco más de dos meses de la jornada comicial, una buena parte de los mandantes parecen haber asumido el papel de propagandistas o defensores de tal o cual causa, de este o aquel candidato o de una u otra banderas partidistas. Lo que debía ser un saludable debate entre formaciones partidistas, ideologías y proyectos de gobierno, entre políticos profesionales y candidatos al más importante cargo de elección, parece traducirse en una disputa entre ciudadanos contra ciudadanos, que más que debatir defienden, más allá de toda racionalidad, la postura de su preferido, sea de PRI, PAN o PRD.

Y no se trata de limitar libertades fundamentales como la de expresión o de impedir el debate abierto entre los ciudadanos sobre las cualidades o las propuestas de uno u otro de los contrincantes. No, lo preocupante es que los candidatos y sus partidos parecen interesados en impedir que los ciudadanos valoren las propuestas y programas de los candidatos y los partidos, la viabilidad de sus ofertas y las capacidades de los pretendientes a gobernar.

Son muchas las evidencias de que más que promover campañas electorales, ofertas de gobierno, más que impulsar fórmulas realistas para resolver los grandes problemas del país, los partidos le apuestan a la promoción de fidelidades y lealtades ciegas, a partir del desprestigio, el engaño y la mentira de unos hacia otros, de desprestigio a las instituciones como el IFE y de enlodar al adversario. "Yo soy el bueno, y ellos son los malos", dicen unos de otros, mientras que los otros dicen de los unos: "Si no estás conmigo, estás en mi contra".

La polarización social y el germen del odio entre ciudadanos, entre supuestos buenos y malos, se ha centrado en los días recientes entre los dos más aventajados presidenciales: AMLO y Calderón, quienes reclaman a simpatizantes y seguidores fidelidad a toda costa. Y esa fidelidad parece no admitir espacio para las ideas, para el debate, para la razón. Quienes critican a uno son enemigos irreductibles, quienes lo apoyan son el ejemplo a seguir. En efecto, la campaña mediática que emprendió en días recientes el candidato del PAN, que se puede resumir en el señalamiento de que López Obrador "es un peligro" para México y los mexicanos, es una campaña emparentada con las que en su tiempo, en 1988, 1994 y 2000, emprendió el PRI contra opositores como Cuauhtémoc Cárdenas, Manuel J. Clouthier, Diego Fernández de Cevallos y hasta Vicente Fox. Es una campaña que intenta capitalizar el miedo mediante el desprestigio y la engañifa. Se trata, sin duda, de una campaña electoral harto, pero que no puede, no debe ser herramienta para la guerra sucia entre ciudadanos.

Pero en el otro extremo no hay ángeles. Se debe reconocer que si el PAN le apuesta al miedo, el candidato Andrés Manuel López Obrador le apuesta a la conspiración. Un viejo recurso que le ha resultado efectivo a AMLO, y que intenta crear la sensación de que todos aquellos que lo cuestionan, que detectan su mitomanía, son parte de un complot. Hoy, según él, todos complotan en su contra.

Y en medio de esa guerra los electores parecen rehenes de los intereses de los presidenciables. Y la guerra sucia ha bajado a los ciudadanos, quienes agraden y descalifican a todo aquel que se atreve a cuestionar a tal o cual candidato. Una guerra que debe ser rechazada.

aleman2@prodigy.net.mx

 
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Apasionado del periodismo, así explica el autor su dedicación de más de 10 años a este espacio donde se afana en traducir, aclarar y revelar los entretelones de críptico ámbito que es la política. Su trabajo requiere análisis, conocimiento y paciencia para poner en su lugar las piezas del acertijo. Le intriga también la literatura, aunque asegura que ninguna novela es más interesante que la realidad política.
 
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