|
Posiblemente el hombre que mejor ha mirado, observado, en México, fue don Alfonso Reyes. Tenía un mirar calmado que le permitía anotar cosas, meditar sobre los observado, sacar certeras y en ocasiones cáusticas conclusiones y relacionar hechos que parecían dispersos a otras personas con ojos menos penetrantes. Situados dentro de una cabeza en forma de pera gorda, estos ojos no destacaban demasiado; pasaban desapercibidos, tal y como si no existieran. Sólo aquellos que sabían mirar muy bien veían lo que estos ojos llevaban dentro. En la Capilla Alfonsina hay varios retratos de don Alfonso y resulta curioso que cada uno de los pintores viera los ojos del filósofo de forma distinta. Como si en cada ocasión en que posaba ante el lienzo el maestro Reyes ocultara sus ojos o los fuera cambiando, como un astuto camaleón humano. Propongo a los visitantes del Museo de Reyes que repitan mi mismo camino y vayan de ojo en ojo mirando. Manuel Rodríguez Lozano pintó a Reyes con ojos transparentes, muy invisibles. Ojos de agua que no están en el rostro, sino que se instalan en un plano muy profundo, muy distante. Son los ojos de quien nos mira desde el lugar al cual jamás podremos llegar. En el año 1952 José Moreno Villa le puso a don Alfonso unos muy curiosos ojos verdes. No de un verde común, sino de ese verde con el que los pescadores pintan en España sus lanchas. Verde detonante, alegre, de quien quiere ser visto en alta mar. Unos años antes, en 1945, Roberto Montenegro pintó a Reyes con unos ojos negros. De un negro que más que mirarnos nos apunta. Y aun antes, en 1932, el singular pintor japonés Fujita le puso unos ojos de color café, de un café tostado y casi oloroso. Manuel Rodríguez Lozano volvió a pintarlo en el año 1960 y curiosamente se arrepintió de ver a don Alfonso con los ojos de agua y ahora los coloreó de gris. Este paseo por los inciertos ojos de don Alfonso Reyes es cosa que me parece curiosa y llena de misterio. Los ojos que nos miraron con tanta atención y dieron lugar a tan excepcionales textos, son ojos que jamás pudieron ser fijados claramente por quienes los vieron. Acaso porque eran demasiado profundos para nuestro mirar.
|