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    Corte!... y Confesión
Ysabel Gracida
10 de abril de 2006

Princesas

Además de recuperar la interesante tradición de hacer ver al público obras clásicas de la cinematografía, en este caso Luces de la ciudad de Charles Chaplin, la 47 Muestra Internacional de Cine proyecta los problemas propios de un fin de sexenio azaroso, por decir lo menos, en cuestión de cultura.

Es posible que no exista ya presupuesto disponible y la Cineteca Nacional hace la muestra de primavera más por cumplir con una tradición a la que tiene acostumbrados a los espectadores de la ciudad y de algunas plazas de la República, antes que proponer una verdadera selección representativa de lo que se hace en el mundo.

Habrá que considerar, eso sí, que aunque por las vías de la austeridad monetaria, en esta ocasión se pueda ver más cine latinoamericano (con la ausencia sentida de Brasil), de habla hispana. En este ángulo de la selección, la película Princesas (España, 2005) de Fernando León de Aranoa (Familia, Barrio, Los lunes al sol), también forma parte de un programa hecho con lo más accesible, aunque no lo mejor. Si España hubiera tenido que estar representada en toda su dimensión, seguramente habría sido por la que sin duda fue la mejor película de 2005 en la península ibérica, la entrañable La vida secreta de las palabras de Isabel Coixet.

Pero fue Princesas, una película en la que se plantea como evidente correlato, la cinta anterior de León de Aranoa, Los lunes al sol. Ambas cintas de perdedores, de seres marginados en más de un sentido pero con un puntito de redención al final del día. En Los lunes al sol, los desempleados miran la realidad y creen posible un cambio desde la barra de un bar; en Princesas, el escenario para que un grupo de prostitutas intenten redimirse, es una peluquería, significativo espacio de los cambios cosméticos.

La cinta, como la propia academia de cine español lo dejó manifiesto, vale por las actuaciones de sus dos protagonistas. Candela Peña, que como Caye, se prostituye más por huir de una familia clasemediera y es la que tiene mayor claridad de su posible huida hacia otra forma de vida, y, Micaela Nevárez, quien como Zulema, muestra la realidad dolorosa de la inmigración que desde Latinoamérica ve en España el paraíso. La actuación de ambas actrices es estupenda, pero lo que cojea es el trabajo de escritura, la concepción de una puesta en escena donde al final hay más de una evidencia de un producto inverosímil.

Si bien es interesante que el director aborde el tema de la prostitución desde un ángulo poco tremendista al que nos tiene acostumbrados toda clase de cine que trata el tema de la prostitución, no es del todo creíble que lo haga desde una forma de redención más bien absurda. Nuevamente, no se entiende demasiado de ese mundo, y lo que parece es que llega un director, con ojos menos atrabiliarios que muchos, con intención más "progre" y toca el tema desde la cotidianidad de quienes se ganan la vida en la calle.

Al final del camino, la prostituta dominicana regresará a su patria para vivir sus últimos días con su hijo y la española, tendrá los asideros de su inteligencia y de su familia establecida para comenzar de nuevo. Es decir, se pasa de la cuestión más tremendista para tratar el tema de la prostitución, a la mirada casi edulcorada de un asunto que no lo es, que no lo será nunca, mientras de por medio haya tal sentido de explotación, de vejación cotidiana.

Los apuntes de León de Aranoa, su tono casi de hagiógrafo para tratar una realidad que no lleva a ninguna clase de santidad, la falta de rigor para conseguir un carácter abiertamente social de sus propuestas, no permiten que su avance hacia una zona de definición deje de ser una lectura cándida, casi naíf, cuando debería ser más arriesgada. En fin, que esperaremos en algún momento la llegada de La vida secreta de las palabras o de Volver de Almodóvar.

Crítica de cine

 
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