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    Columna invitada
Leticia Calderón Chelius
09 de abril de 2006

Cuando miles de mexicanos tomaron las calles de diferentes ciudades de Estados Unidos, gritando consignas al más puro estilo de la vieja tradición de hacer marchas en nuestro país, "Bush escucha, el pueblo está en la lucha", "Somos personas, no criminales", dos culturas políticas se contrastaron.

Una, la del hartazgo, la de la desilusión, la de la necesidad de hacer algo, la de poner un hasta aquí, la de hacerse ver, oír, sentir. Otra, la de medir por la vía del voto el impacto real para tener influencia política.

Dos formas de manifestación política que muestran, más allá del poder dignificante de ver a miles de migrantes exigiendo sus derechos, que en Estados Unidos los inmigrantes están revitalizando la propia cultura política de ese país.

Esto sería una exageración si el poder de manifestarse en la calle no estuviera avalado por la posibilidad de que también se logre una amplia convocatoria a nivel electoral.

No hay que olvidar que muchos de los que hoy marchan no son necesariamente migrantes indocumentados, sino ciudadanos de ese país que se solidarizan con la causa de sus padres, amigos, vecinos, y que pueden influir bajo las normas del propio sistema político estadounidense, votando.

Pero el valor simbólico que tiene para una amplia mayoría ver a la gente marchando por calles, puentes, avenidas emblemáticas de ciudades hartamente conocidas por todos (por el cine estadounidense, desde luego) es un asunto que en México no se debería de seguir viendo como parte de la experiencia de "esos que están allá", que desde acá los vemos, los aplaudimos, nos solidarizamos, "ahora sí" con "su causa".

Lo que está pasando en esta coyuntura de debate parlamentario intenso sobre las reformas migratorias más importantes de las últimas décadas en el vecino país del norte, debe llevarnos en México, no sólo a sorprendernos y exaltar el valor de dichos marchantes, sino sobre todo a una profunda reflexión y reconocimiento de que muchos de los que hoy participan son parte de un proceso político más amplio que trascendió, hace ya tiempo, las fronteras.

Que muchos de los que salen a las calles, de los que simpatizan, de los que tiene una opinión, incluso contraria a la que nos gustaría, son parte de un proceso de politización sui géneris, que es resultado del proceso mismo de moverse entre dos países.

¿Alguien se atrevería ahora que los vemos en cadena nacional a decir que "no les interesa la política"?

La convivencia de dos formas diametralmente opuestas de hacer política es la evidencia de la complejidad de cómo los actores políticos buscan influir. Los migrantes lo han hecho en un primer momento al colmar las calles. Sin embargo, aquí empieza una etapa más sofisticada, porque se despiertan los principales demonios asociados a la migración.

Mientras que vemos a quienes llaman a la serenidad y a guardar las banderas nacionales que han despertado enorme descontento entre sectores de la población anglo, hay también quienes llaman a conformar lo que desde hace tiempo se ha perfilado como un movimiento "de reconquista territorial". En el péndulo de opciones intermedias se configurará el futuro de este movimiento.

 
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PERFIL
 
En este espacio que tiene ya más de 30 años de vida, Tomás Pérez Turrent comenta sus ideas sobre el cine, pero sólo sobre "aquél que vale la pena, el que dice y deja algo". Es autor de 20 guiones filmados, como Canoas y Las inocentes. Prefiere ir al cine de su barrio, a las funciones matutinas, para evitar el ruido de la multitud, y aislarse con esta pasión que es para él un alimento emocional.
 
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