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C omo en toda puesta en escena que se respete, luego de repetir y afinar parlamentos, de probar vestuarios y de remarcar desplantes corporales, la gran carpa electoral de julio próximo está lista para la tercera llamada. Candidatos presidenciales, aspirantes al Congreso federal, a gobiernos locales, partidos políticos y, sobre todo gobiernos municipales, estatales y el gobierno federal, parecen listos para iniciar la tercera etapa, y la definitiva, en la contienda presidencial. Lo que vimos hasta antes del "puente" vacacional de Semana Santa no fue más que el posicionamiento y el juego de vencidas entre los tres más aventajados candidatos presidenciales: Andrés Manuel López Obrador, Felipe Calderón y Roberto Madrazo. Lo que sigue -una vez concluido el "puente" vacacional-, será la verdadera campaña, la etapa en donde los partidos, sus respectivos gobiernos -municipales, estatales y federal- y sus centros reales de poder -como el Congreso federal y los congresos locales- desplegarán todos sus recursos, políticos, económicos y humanos, para echar a caminar sus respectivas maquinarias de poder. Y el éxito o el fracaso de esas maquinarias de votos -que están por encima de los propios candidatos presidenciales- dependerá de la habilidad de los partidos y los respectivos gobiernos para crear los espacios de poder capaces de mover electores para tal o cual causa. Así, el candidato presidencial triunfante será aquel cuyo partido, cuyos gobiernos, cuyos centros reales de poder, o su popularidad, logren los amarres suficientes para mover electores a una causa común, el poder presidencial. El PRI cuenta con su maquinaria, el PAN con el gobierno federal y el PRD con su candidato presidencial. La maquinaria del PRI Y en ese escenario, por increíble que parezca y por descabellado que se antoje, el partido mejor dotado -a pesar del desprestigio y el descrédito de su candidato presidencial- es nada menos que el PRI. ¿Por qué razón? Porque es el partido con el mayor número de centros de poder, lo que se traduce en el hecho de que es el partido con la mayor cantidad de fuentes de financiamiento. El PRI, como todos saben, tiene en sus manos 17 gobiernos estatales, el mayor número de alcaldías en el país, de congresos locales, y mantiene el control mayoritario en las cámaras del Congreso de la Unión, además de que influye en sindicatos corporativos como el de Pemex. Todos esos centros reales de poder, una vez elegidos el candidato presidencial, los candidatos a senadores y diputados federales -y en algunos casos como Guanajuato y Morelos, ya con candidatos al gobierno estatal y al Congreso local-, se convierten en fuentes contantes y sonantes de recursos económicos que se ponen al servicio del PRI. De esa forma, en las próximas dos semanas veremos al candidato del PRI, Roberto Madrazo, recorrer el país no sólo en busca del voto para su personalísima y no siempre bien vista aspiración presidencial, sino que en cada región estará acompañado por los candidatos a senadores, diputados federales -y en algunos casos candidatos a gobernadores y diputados locales-, lo que generará un nada despreciable caudal de votos. Está claro que Madrazo no es "santo de la devoción" de una buena parte de los 17 gobernadores surgidos del PRI. Pero también es cierto que esos gobiernos destinarán una buena parte de recursos políticos, humanos y económicos para la promoción del PRI, a favor de sus candidatos a senadores y diputados federales. De esa forma se creará una verdadera "simbiosis" entre los PRI estatales, los aspirantes del PRI al Congreso federal, y el candidato presidencial. De esa forma, del acierto en la selección de los candidatos a senadores y diputados, dependerá que los gobiernos del PRI bajen los recursos económicos, políticos y humanos hacia las campañas, y sobre todo hacia la presidencial, para garantizar el voto a favor del PRI. A esa maquinaria de poder y de votos es a la que le apuesta el candidato Roberto Madrazo, quien hasta antes de la "tercera llamada" -de la puesta en escena en que se ha convertido la elección presidencial del próximo 2 de julio-, tiene en promedio entre 25% y 28% de las preferencias y aspira a llegar a un porcentaje de entre 30% y 33% de las simpatías. Y si esa maquinaria despliega todos sus recursos, sobre todo económicos, nadie deberá sorprenderse de que el cuestionado y nefasto candidato presidencial del PRI, Roberto Madrazo, se meta a la pelea. El gobierno del PAN El escenario para el PAN y para su candidato presidencial, Felipe Calderón, es muy distinto. Si bien Acción Nacional tiene en su poder el gobierno federal, con Vicente Fox, además de ocho gobiernos estatales -los de Aguscalientes, Guanajuato, Querétaro, San Luis Potosí, Yucatán, Baja California, Jalisco y Morelos, además de coalición en Tlaxcala y Chiapas-, no depende como el PRI de sus centros de poder estatales. Está claro que los gobiernos locales en manos del PAN volcarán sus maquinarias de poder a favor de sus respectivos candidatos a senadores y diputados federales, y en buena medida en apoyo a Felipe Calderón. Pero el abanderado presidencial de Acción Nacional tiene su fuerza principal en el gobierno federal. Por eso, Vicente Fox, quien desde 1997 ha estado en una permanente campaña electoral, se ha convertido en el promotor privilegiado de la candidatura presidencial de Felipe Calderón. A nadie le resulta ajeno que Calderón Hinojosa no era el preferido de Vicente Fox, que la maquinaria del PAN fue preparada para otro candidato -el hoy defenestrado Santiago Creel-, que el propio Calderón maneja un automóvil que no fue construido para él, y que la estructura partidista no es la mejor para su candidatura. Sin embargo, a los centros de poder panista no les queda otro remedio que impulsar lo que tienen, a su candidato Felipe Calderón, en medio de tumbos y trompicones, a pesar de que para muchos de ellos no era el mejor aspirante. Y es que para el panismo no sólo está en juego la conservación del poder presidencial -en tanto artífice de la alternancia en el poder y de la expulsión del PRI en la hegemonía presidencial-, sino la consolidación de un proyecto transexenal de la derecha mexicana. Vicente Fox tiene claro que pasó a la historia mexicana y a la historia de las transiciones democráticas del mundo con su triunfo el 2 de julio del año 2000. Pero no parece dispuesto a pasar a la otra historia, la de los fracasados gobiernos de la derecha. Una derrota del PAN y de Felipe Calderón en las elecciones del próximo 2 de julio será, sobre todo, una derrota para Vicente Fox y para el proyecto transexenal de esa derecha. Y el Presidente del cambio no parece dispuesto a esa derrota. Por eso tampoco es una novedad que Vicente Fox ha volcado todo el peso de su gobierno, de su figura presidencial, de su imagen como el artífice de la expulsión del PRI del poder presidencial, no a favor del PAN y de su candidato Felipe Calderón, sino contra las ambiciones presidenciales de Andrés Manuel López Obrador, el candidato presidencial del PRD. Por eso no es casual que durante semanas, en los previos a la "tercera llamada", la disputa verbal, político-electoral, fue entre AMLO y Vicente Fox. Y es que contra lo que ocurre al interior del PRI -partido que tiene en su manos el 60% de los centros reales de poder entre gubernaturas, Congreso federal, congresos locales y alcaldías-, la maquinaria político-electoral del PAN es relativamente reducida, inexperta, con una limitada influencia social, y depende casi exclusivamente del "motor" en que se ha convertido el poder presidencial. El PAN no tiene un candidato como el que tuvo en el año 2000; no tiene una propuesta de cambio, sino de continuismo; tiene un aparato regional de poder que gobierna apenas al 15 % del electorado y, lo más preocupante, que el gobierno federal saliente no es precisamente el más aplaudido. El PAN depende casi exclusivamente del presidente Fox y de sus esfuerzos proselitistas -legales o ilegales-, y de un candidato que no termina por convencer. Aun así, y según las más recientes encuestas, el candidato Felipe Calderón está en la pelea y hasta podría "hacer la chica". Pero no por sus siglas y menos por su candidato, sino por el peso del presidente Fox. El candidato del PRD El de la Revolución Democrática, el partido que dizque representa a la izquierda mexicana, y su popular candidato, Andrés Manuel López Obrador, son la maquinaria electoral más débil. En efecto, AMLO es el candidato presidencial más popular, el mejor posicionado en las encuestas -a pesar de que lleva una tendencia a la baja-, pero no es, por mucho, el más sólido y menos el que cuenta con la mejor maquinaria. Las simpatías a favor de López Obrador son -de sus adversarios del PRI y el PAN-, las que acusan la mayor fragilidad. Y contra lo que ocurre, por ejemplo, en el PRI -en donde una buena selección de candidatos a senadores y diputados federales volcarán el poder a su favor-, la designación de un 80% de ex priístas altamente cuestionados a candidatos a senadores y diputados, se han convertido ya en un lastre. El PRD, en tanto partido político nacional, cuenta apenas con cinco centros reales de poder: el Distrito Federal, Michoacán, Zacatecas, Baja California Sur y Guerrero. Salvo la capital del país -que es la segunda entidad con la mayor reserva de votos-, el resto de los centros de poder resultan marginales. Tampoco tiene el control político y económico de importantes congresos locales, y menos tiene influencia decisiva en el Congreso de la Unión. Está claro que tiene muchas posibilidades de mantener en su poder el Gobierno del Distrito Federal -de donde salen muchos de los recursos que nutren la campaña presidencial de López Obrador-, pero esa influencia resulta insuficiente frente al poder presidencial que tiene el PAN, y el poder regional, con sus 17 gubernaturas, que tiene el PRI. En realidad el PRD tiene toda su fuerza, o la mayor parte de ella, centrada en la popularidad de su candidato presidencial, Andrés Manuel López Obrador, un "animal político" que durante los más recientes cinco años construyó una candidatura que se sostiene a partir del volátil y veleidoso cemento del afecto, pero cuyos cimientos no se apoyan en centros reales de poder y menos en la congruencia ideológica de su popular candidato. Por eso, en lo que sin duda es un acierto estratégico, López Obrador construyó las llamadas "redes ciudadanas", una suerte de partido político paralelo que pretendió enraizarse en todo el territorio nacional. Y lo consiguió, pero resulta que la "criatura" nació con una tara de origen. El error de origen de esa estructura paralela es que fue dejada en manos de lo más cuestionable del PRI, en mayor medida, y del PAN en una pequeña porción. Las "redes ciudadanas" fueron escrituradas al priísmo resentido, oportunista, corrupto y hasta criminal, que ya ni siquiera tenía cabida en su propio partido de origen. Esa realidad ha generado un fenómeno adverso a lo que se buscaba. En efecto, a nivel nacional son muchos los potenciales electores que no saben quiénes son los señores José Guadarrama, Roberto Vega Galina, Alfonso Durazo y muchos otros. Pero en las respectivas entidades, muchos saben quiénes son, conocen sus historias y, sobre todo, los han padecido. Esa apuesta ha restado confianza, credibilidad, imagen y, lo más importante, votos. Pero el problema es mayor cuando vemos el desastroso impacto que a nivel regional ha provocado el desplazamiento del perredismo militante, que no sólo se sintió relegado, sino agraviado e insultado por la llegada de oportunistas a los que por años combatieron y los que por años los golpearon y que hoy aparecen no sólo como los "prohombres" de la izquierda mexicana y del PRD, sino como candidatos a diputados y senadores. En el PRD de todo el país existe un profundo sentimiento de frustración, engaño y traición, porque las posiciones a las que aspiraron perredistas de toda la vida, hoy fueron entregadas a priístas corruptos, tramposos, oportunistas que le apostaban a la destrucción del PRD. Ese fenómeno ya empezó a impactar en la confianza y las preferencias del electorado que simpatizaba con López Obrador -y se refleja en las encuestas y será un factor decisivo en la elección del 2 de julio-, y en los 84 días que faltan podría generar una tendencia mayoritaria contra el hasta hoy más aventajado de los candidatos presidenciales. Y es que López Obrador depende, en sus aspiraciones presidenciales, sólo de su imagen, de su popularidad, de sus ocurrencias y sus humores; de lo que vean los electores como una alternativa confiable, congruente y distinta al viejo PRI. Y si bien son muchos los que apuestan a que López Obrador resulte ganador en la contienda presidencial, en el nada remoto caso de que pierda -porque en los casi tres meses por venir puede pasar cualquier cosa-, no sólo se habrán frustrado las aspiraciones presidenciales de AMLO, sino que se habrá destruido el más ambicioso y mejor estructura proyecto de la izquierda mexicana. Y si no, al tiempo. aleman2@prodigy.net.mx
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