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En la era del hieloLuis Estrada sedujo a los espectadores con La ley de Herodes y esa seducción se confirma todavía cada vez que se vuelve a la cinta. Es un trabajo redondo en el cual un guión bien estructurado y un elenco de primera, especialmente el extraordinario Damián Alcázar, iban a las entrañas mismas del sistema político mexicano de cuño tricolor. En la coyuntura de una etapa política distinta, el director vuelve a trabajar con la rica materia prima que le da la realidad nacional para ficcionalizar una situación que cada vez más es simple retrato de lo que ocurre. Aquel grafiti de hace unos años que decía "ya no queremos realidad, queremos más promesas", es quizá una premisa de Estrada para colorear la desgracia nacional. Un mundo maravilloso (2006) no alcanza, sin embargo, la inteligente propuesta de La ley de Herodes , en algunos momentos, incluso es suficientemente tibia para no generar en los espectadores ni risas, ni emociones, sino una reflexión quizá diversa a la que se propuso el director. No se sabe bien a bien en qué momento del relato se desviaron las cosas, en qué momento falló el ritmo, en dónde se escondió el sentido irónico y fársico de su anterior trabajo y se tradujo en escasos chistes que no consiguieron de los espectadores (ni exquisitos, ni exigentes) más que unas cuantas sonrisas. La publicidad de algún periódico invitando a ver la película con la frase si "quieres atacarte de la risa durante casi dos horas" es una promesa que no se cumple. Y quizá no debería suceder; las risas que provocaba La ley de Herodes eran resultado de un trabajo en el que el timing era absolutamente preciso. Aquí, se van de la estructura, de la coherencia de la narración, muchos asuntos. Por otra parte, la explosiva cantidad de actores sólo logra diluir muchos de los acentos que la trama tenía pensado evidenciar y poco a poco van palideciendo ciertos aspectos que eran centro del interés y de la cohesión de la propuesta. Un mundo maravilloso tiene su valor en todo caso, en el esfuerzo de un grupo de actores que pese a sentirse perdidos de repente logran darle alguna dirección a la historia. Nuevamente el espléndido Damián Alcázar (a quien veremos pronto en Las vueltas del Citrillo ) saca adelante una historia que estuvo a punto de ser perfecta y que se perdió en gran medida por una forma de ambición no conseguida. La película de Luis Estrada es una propuesta intertextual de lo más interesante, pero las referencias a distintas películas mexicanas con el evidente homenaje a Pedro Infante y a Los caifanes, se va de la memoria del espectador y queda casi como un momento anecdótico, como una referencia sin más, cuando de lo que se trataba era de realizar una lectura de la cinta, haciendo visible el hecho de que no importa quién se asome a dirigir los destinos nacionales, la realidad sigue siendo la misma. Volver a las películas de Pedro Infante o mirar la realidad nacional desde un rascacielos de Santa Fe, no ha cambiado en nada lo que ocurre en el país con los más desfavorecidos. La falta de coherencia de la obra se hacía evidente en una salpicada de detalles sin cohesión. Hubo temor de Estrada a decir las cosas de otra manera, o simplemente la historia se le fue de las manos. Si una dirección poética de leer la vida es válida en distintas oportunidades, en este caso no surte efecto. Las hipérboles, las metáforas, las citas constantes a otros textos y momentos, las elipsis, las repeticiones y demás, no lograron integrarse con el relato para darle sentido y ese camino que se intuía hacia el absurdo no se logra. Cuando hay una realidad como la que vivimos ahora mismo, en la que la parodia es un recurso para mirarla, hay que hacerlo a fondo. No se puede ser irónico con una situación como la que se vive en México en estos días, sin atreverse a llegar hasta las últimas consecuencias. Si no, todo queda en quise y no pude, como la propia realidad mexicana. * Crítica de cine
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