El Universal Columnas
 
 Buscar en: 
 
 
   
    Itinerario Político
Ricardo Alemán
23 de marzo de 2006

Colosio, el fin del PRI

HACE precisamente 12 años, el 23 de marzo de 1994 fue asesinado Luis Donaldo Colosio Murrieta, el candidato presidencial del Partido Revolucionario Institucional, que a lo largo de una buena parte del gobierno de Carlos Salinas de Gortari fue preparado -primero como presidente del CEN del PRI y luego como responsable de la política social- precisamente para suceder al gobierno salinista.

El responsable material del crimen, Mario Aburto Martínez, purga una larga condena en el penal de alta seguridad de La Palma, en calidad de "asesino solitario"; pero lo cierto es que nadie cree que el de Colosio Murrieta haya sido un crimen aislado, producto de la exaltación emocional de un ciudadano desconocido como era Aburto, hasta antes de ese 23 de marzo de 2004.

Más bien son muchos los indicios de que el asesinato del candidato del Revolucionario Institucional a la Presidencia de la República fue un crimen político, planeado y perpetrado desde el interior del sistema político mexicano, cuya ejecución y posterior investigación contó con la participación de diversos responsables de instituciones del Estado, y que gracias a esa presunta y harto compleja trama, hoy permanece como uno de los grandes misterios sin resolver.

Pero más que buscar pistas de los móviles del asesinato de Colosio en las manoseadas indagatorias oficiales -encargadas a sucesivos fiscales especiales-, acaso resulte más productivo cambiar de dirección la mirada para ver los resultados político-electorales de la muerte trágica del que parecía seguro sucesor de Carlos Salinas.

A la distancia, a 12 años del asesinato de Colosio, queda claro que al matar al candidato presidencial del PRI ese 23 de marzo de 1994, se cambió de manera radical el destino del viejo partido de Estado, que seis años después del magnicidio, finalmente perdió el poder presidencial como resultado de una suerte de transición política pactada.

Está claro que nadie sabe, y nunca nadie lo sabrá, como hubiese resultado un gobierno presidido por Luis Donaldo Colosio. Lo que sí sabemos, porque es parte de la historia política de los más recientes 12 años, es que a partir precisamente de la frustrada aspiración presidencial de Colosio, con la llegada de Ernesto Zedillo como sucesor sustituto de Salinas, desde la cúspide del sistema político mexicano -desde la Presidencia de la República-, se operó una bien diseñada "transición política pactada".

Esa transición terminó con la hegemonía del PRI en el poder presidencial, favoreció la alternancia en el gobierno, la consolidación del sistema de partidos y, por si fuera poco, la creación de instituciones confiables para conducir y calificar los hasta entonces cuestionados procesos electorales mexicanos, como el Instituto Federal Electoral.

Una vez que concluyó el gobierno de Ernesto Zedillo Ponce de León -quien fuera candidato sustituto por el asesinato de Luis Donaldo Colosio- y que precisamente ese gobierno fue el último del PRI tras más de siete décadas, se alzaron muchas voces para lamentar la ausencia de Colosio. Que si con Colosio no se hubiese producido el "error de diciembre", que si Fobaproa no hubiese sido lo que fue, que si en 1997 el PRI no hubiese perdido la mayoría en la Cámara de Diputados, que si no habría sido Francisco Labastida Ochoa y no se habría perdido en el año 2000... Lo que se quiera, pero lo cierto es que el presidente de los mexicanos y el jefe del tricolor entre diciembre de 1994 y diciembre de 2000 fue Ernesto Zedillo Ponce de León.

Y Zedillo (Perogrullo), no fue Colosio, sino que fue Zedillo. Así, con una limitada militancia en el PRI, el presidente Ernesto tenía claro que el Revolucionario Institucional vivía la etapa final de su permanencia como partido hegemónico en el poder presidencial, que tarde o temprano sería derrotado.

También tenía claro que el proceso de transición corría el riesgo de convertirse en un proceso catastrófico, sobre todo porque si el PRI llegó al poder "con las armas" -como lo dijo Fidel Velásquez-, y que no era conveniente para nadie que "por las armas lo dejara". Y también sabía que frente a un escenario como ese, su papel en la historia estaba en juego.

Colosio fue asesinado, sin duda, porque era incómodo para alguien, por algo que se proponía o que sabía. Nadie sabe si él haría lo mismo que hizo Ernesto Zedillo como presidente. Y nadie sabe si Zedillo fue designado candidato sustituto para hacer lo que no hubiera hecho Colosio. Lo cierto es que como resultado del asesinato de Luis Donaldo se posibilitó la llegada de Zedillo como candidato y luego como presidente de los mexicanos. Y ya en la silla presidencial, Ernesto Zedillo reformuló la arquitectura del sistema político mexicano para dar paso a una transición democrática pactada. ¿Por esa razón fue asesinado Colosio y llevado al poder Zedillo? Aún nadie lo sabe.

Lo que está claro es que ese crimen político, que muestra muchos signos de ser un crimen de Estado, fue el detonante de lo que un sexenio después marcó el fin del PRI como partido hegemónico en el poder presidencial. Y al mismo tiempo ese crimen -junto con otros acontecimientos, como el alzamiento armado en Chiapas- reorientó las prioridades nacionales para hacer posible una de las más avanzadas reformas electorales en la historia mexicana. A su llegada al poder presidencial, Ernesto Zedillo estableció una alianza con el PAN -la cual ya había sido iniciada en el gobierno de Carlos Salinas-, pero también sumó al PRD a lo que hoy se sabe fue un acuerdo para la transición política pactada.

Esa transición incluía lo impensable: que el gobierno federal sacaría las manos de la conducción y el control de los procesos electorales, lo que dio paso a la creación del Instituto Federal Electoral, como lo conocemos hoy. Es decir, una institución autónoma, ciudadanizada, con presupuesto propio, que regularía y fiscalizaría el financiamiento público a los partidos y, sobre todo, que sería responsable y garante de elecciones limpias, creíbles, equitativas y democráticas.

Al mismo tiempo, Ernesto Zedillo cimentó las bases para que los eventos político-electorales sexenales no terminaran e iniciaran con crisis económicas recurrentes, al iniciar el proceso de autonomías institucionales en el campo financiero, como la del Banco de México.

De esa manera, y en una suerte de causa-efecto, el crimen de Luis Donaldo Colosio cambió la historia de la transición política mexicana que, al final de cuentas, favoreció la alternancia en el poder, elecciones legales confiables y equitativas, fortaleció el sistema de partidos y blindó la economía mexicana en los siempre agitados tiempos electorales. Pero sobre todo marcó el final del PRI como partido en el poder presidencial. ¿Sabrían los autores intelectuales del asesinato de Colosio que la historia político-electoral mexicana tomaría ese rumbo? Nadie lo sabe. ¿O sí?

En el camino

Y a propósito del tema, el oportunismo pleno en torno del asesinato de Luis Donaldo Colosio. Hoy, Andrés Manuel López Obrador no sólo se subirá al tema Colosio, sino que se formaliza que el ex colosista, ex foxista y ex priísta Alfonso Durazo será hoy obradorista. ¿Qué aporta Durazo? Eso, imagen. Esa es la estrategia.

aleman2@prodigy.net.mx

 
BÚSQUEDA
Autor:  
Columna:
 

PERFIL
 
Apasionado del periodismo, así explica el autor su dedicación de más de 10 años a este espacio donde se afana en traducir, aclarar y revelar los entretelones de críptico ámbito que es la política. Su trabajo requiere análisis, conocimiento y paciencia para poner en su lugar las piezas del acertijo. Le intriga también la literatura, aunque asegura que ninguna novela es más interesante que la realidad política.
 
Columnas anteriores
 
Callar a Fox... o a todos 19-marzo -2006
 
´Primos hermanos´ 16-marzo -2006
 
Madrazo, ¿nocaut o decisión? 15-marzo -2006
 
Sanos 14-marzo -2006
 
Banamex dice adiós a Parras 13-marzo -2006
 
 
- A   A   A +
El UNIVERSAL | Directorio | Contáctanos | Código de Ética | Avisos Legales | Mapa de sitio
© 2006 Copyright El Universal, México.