|
Sor Juana y don CarlosHay épocas en que la poesía se vuelve hermética sin haber perdido su belleza, y en otras maneja sutilmente ciertos sarcasmos que sólo se van a descubrir siglos después. A veces pasan siglos enteros para que nos enteremos cabalmente lo que el poeta quiso decir o creyó decir. El día 1 de enero de 1971 el investigador y sabio Francisco de la Maza dedicó al poeta Luis Rius un opúsculo de muy pequeño tamaño y de 38 páginas, titulado Sor Juana y don Carlos explicación de dos sonetos hasta ahora confusos. Luis, poco antes de su muerte, acaso como una premonición me regalo el folleto a mí. Este documento vino a decirme, por vez primera que unas ciertas sombras empañaron la amistad entre Sor Juana Inés de la Cruz y don Carlos de Sigüenza y Góngora. La hoy famosa voz del barroco mexicano. Leyendo a don Francisco de la Maza se advierte cómo los estudiosos de la amistad entre el hombre barroco y la monja cuidaron de no entrar en sospecha de las pequeñas nubes que pudieron empañar un cierto amor evidentemente literario. No voy a entrar por los entresijos de tal amistad, pero sí conviene para mi propósito señalar hoy cómo hasta los sentimientos más profundos que pueden encubrir un soneto pueden a la larga aparecer en público cuando las pesquisas se hunden en la investigación. La monja tan cuidadosa en no dar señales de sus afectos más o menos carnales desliza en un soneto lo que siglos después don Francisco de la Maza descubrirá. Es decir, estamos a estas alturas en el lugar que me conviene para esta breve nota. a) Un soneto entraña una repulsa a un amigo, pero tan sutil y elaborado que nadie en su tiempo descubre su profunda intensión. b) Sin embargo, el poeta al que iba dirigido el tal soneto intuye lo que le repulsa la monja y elimina el soneto de Sor Juana de una edición que estaba preparando. c) El soneto desaparece, la intensión de Sor Juana se pierde, la censura de Carlos Sigüenza y Góngora triunfa. d) Y pasados los tiempos un investigador del siglo XX regala a un poeta del mismo siglo la clave para desentrañar la intensión profunda del soneto, y Luis Rius me regala a mí el opúsculo que me abre las puertas, una vez más, a la verdad que en toda poesía se oculta. Curioso camino que hoy recorro porque el folleto de don Francisco de la Maza aparece ante mis ojos en el fondo de un cajón de mi escritorio. Cabría añadir un postulado más: e) No se debe confiar en un soneto, para depositar en él lo que se pretende quede en el misterio. A la larga toda verdad sale a flote.
|