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    Corte!... y Confesión
Ysabel Gracida
20 de marzo de 2006

“Buenas noches, buena suerte”

Si hay un capítulo interesante dentro de la historia estadounidense del siglo XX, un capítulo del que apenas se conoce la punta del iceberg , y que sigue generando inquietudes de distinto rango, es el llamado macartismo, la etapa de la caza de brujas que encabezó el senador Joseph Mc Carthy en la década de los 50.

Bien se conoce y se ha documentado infinidad de ocasiones, la persecución hacia los seres pensantes de la industria cinematográfica, especialmente directores, guionistas y algunos actores. Es desde las entrañas mismas del cine que el tema sigue documentándose y en un trabajo como el de Buenas noches, buena suerte (Good Night and Good Luck, 2005) dirigido, coescrito y actuado por George Clooney, estamos ante una visión que desentraña también otros ángulos del asunto y que establece una lectura evidente de los hechos mencionados durante los años 50 con la realidad más actual en Estados Unidos.

George Clooney, en compañía de Grant Hesliv realizan un estupendo entramado que recoge en la escritura, y más tarde en la dirección, una de las muchas batallas en contra de la censura, del terror, del miedo colectivo que implantaba Mc Carthy en la vida de los ciudadanos de su país. Clooney va a las entrañas mismas de un medio de comunicación naciente, como era la televisión, y muestra a los espectadores todos los resortes por medio de los cuales se estructuraba el día a día de la comunicación televisiva.

Clooney, quien ya con su primera película, Confesiones de una mente peligrosa, había entrado en el tema de los medios de comunicación, ahora nos da con Buenas noches, buena suerte, una doble lección en la pantalla. Por un lado, un impecable trabajo de reconstrucción de una forma de hacer televisión, un trabajo escrupuloso, cuidadoso, que aborda diversos ángulos del quehacer periodístico televisivo y, por otro lado, una lección de buen cine que genera al interior del relato y fuera de él un debate que se vuelve actual y presente ante la supresión de libertades civiles y la grosera manipulación pública que ha hecho el actual gobierno estadounidense para utilizar el miedo como forma de parálisis.

El discurso de Edgard R. Murrow, actuado de manera espectacular por David Strathaim, desde su programa See It Now, es una lección ética que se vuelve más presente y más necesaria que nunca. En alguno de sus programas dice: "No podemos instaurar la libertad en otros países si la sofocamos en el nuestro. No podemos identificar disentir con deslealtad". El buen tramado del discurso de Murrow, más otros aspectos a los que recurre Clooney para construir su trabajo son fundamentales para organizar una cinta estupenda como es Buenas noches, buena suerte.

Realizada en blanco y negro, con locaciones mínimas y con el gran acierto de elegir al propio Mc Carthy como intérprete de sí mismo, por medio de una selección rigurosa y precisa de material de archivo, se configura con inteligencia, de manera brillante, la puesta en escena de una cinta que es irreprochable en su carácter ético y estético.

La medida, controlada y al mismo tiempo meticulosa reconstrucción del trabajo y la personalidad de Murrow, también hace posible una lección rigurosa de periodismo que no se ajusta a una melancolía absurda de que todo tiempo pasado fue mejor.

La cinta de George Clooney, no tiene reproche, ni en el sentido de su definición y honradez ideológica, ni en el rigor cinematográfico con el que construyó un trabajo narrativo admirable que combina perfectamente la dramatización de los hechos con grabaciones auténticas para que el espectador se sitúe de manera natural en la televisión de la época. Sin duda una película necesaria para los tiempos que corren.

* Crítica de cine

 
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PERFIL
 
Desde hace más de catorce años, Ysabel Gracida, profesora de tiempo completo de la UNAM, "conversa" con sus lectores en torno a diversos ángulos del fenómeno fílmico. Comparte su mirada personal sobre el cine y sus contextos haciendo de su trabajo un quehacer centrado en la intertextualidad. Prefiere las funciones matutinas en las que escapa (sólo un poco) de la dimensiones olfativas y auditivas que generan las "palomitas" y la brutal plaga de los celulares.
 
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