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Raymundo Riva Palacio
20 de marzo de 2006

Diez años después

En el círculo más íntimo del ex presidente Carlos Salinas se empieza a dudar que Roberto Madrazo derrote a Andrés Manuel López Obrador en la contienda presidencial. Lo ven sólido y firme, a diferencia del priísta, cuya campaña ven desfigurada. Sin embargo, el jefe del clan no ha dejado de insistir en el extranjero, como hace unos días en el Tecnológico de Massachussets, que la debilidad de las instituciones mexicanas puede reabrir el paso a los caudillos y demagogos. A nadie escapó que Salinas evocaba a Hugo Chávez o a Evo Morales, y mucho menos aún a López Obrador. ¿Por qué -uno se puede preguntar-, si cada vez que le disparan retórica virulenta al perredista saben que se fortalece, continuar con esa racional? ¿Por qué Salinas volvió a recurrir a un tema que sabía le produciría críticas?

Salinas no necesita reflectores, ni mantener la confrontación con López Obrador viva para ser vigente. Sin embargo, no deja de enfrentársele. En esta ocasión, sus golpes fueron acompañados de críticas puntuales a personas que se considera están apoyándolo, como contra Carlos Slim. Pareciera como si viviéramos en la esquizofrenia. ¿Por qué Salinas estaría lejano de Slim después de que le entregó Telmex durante su sexenio? ¿Por qué López Obrador, que no deja de hablar en público y en privado de su desgano con la clase empresarial depende tanto, en lo conceptual y práctico de Slim? ¿Por qué López Obrador, a quien se ubica como un populista demagogo, ha pensado en funcionarios del FMI o en tecnócratas para encabezar su eventual gabinete económico? ¿Por qué tiene de cerca a gente que trabajó con Pedro Aspe, el cerebro y operador de la revolución salinista?

Una explicación, para encontrar un marco de referencia a esto que parece un disparate de la política mexicana, es que la lucha de Salinas contra López Obrador es más que personal, porque lo que está en juego es un modelo de nación que, sin ser excluyente, sí chocan. Salinas pertenece a una escuela que llevó el liberalismo económico a sus extremos y el pragmatismo político por encima de todo para establecer alianzas tácticas y cimentar su reforma económica. Pactó con el PAN, le entregó gubernaturas y reformó el artículo 82, que no permitía a hijos de extranjeros contender por la Presidencia, con dedicatoria para Vicente Fox. A cambio, el PAN apoyó sus reformas y pudo convertirse en el último cruzado del neoliberalismo, heredero de Margaret Thatcher y Ronald Reagan.

Para lograrlo, al acercarse al PAN y a los enemigos históricos de México, Salinas desplazó al viejo PRI estatista, desmanteló al antiguo corporativismo y rompió con el pasado. La respuesta fue romperle su futuro. Salinas escogió como su sucesor a Luis Donaldo Colosio, el más blandengue y menos preparado de su círculo interno, para que le preparara el regreso al poder en seis años. Tres meses después se alzó el EZLN y luego asesinaron a Colosio. Antes se habían dado el crimen del cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo, y los secuestros de los empresarios Alfredo Harp y Ángel Losada. Fuera de libreta, tras una entrevista en agosto de 1994, Ciro Gómez Leyva y quien esto escribe le preguntamos si no veía en la concatenación de sucesos, una campaña de desestabilización contra su gobierno. Respondió que no tenía pruebas de nada, pero que había demasiadas coincidencias para ser coincidencia. Meses después, identificó como su enemigo a "la nomenclatura" del viejo PRI, personificada en Luis Echeverría.

Su relevo fue Ernesto Zedillo, a quien maltrataba porque decía que no entendía nada de política. Zedillo lo debe haber sorprendido. Para paliar la crisis económica que le heredó Salinas, metió a la cárcel a su hermano mayor, Raúl, y convirtió a su antecesor en el villano favorito. Garantizó a Washington, a cambio del rescate financiero, estimular la alternancia en el poder -lo cual cumplió-, y tuvo un mapa de navegación económica distinto al salinista. El ex presidente siempre criticó a Zedillo por no profundizar en el Tratado de Libre Comercio, una diferencia conceptual importante en el modelo que hoy está enfrentado. Salinas, que mantiene una amistad estrecha con el ex presidente George Bush y su ex secretario de Estado y asesor vital hoy en día del joven George Bush, James Baker, siempre tuvo una visión unilateral del mundo, totalmente propia de los republicanos. Zedillo, que forjó una relación política con el ex presidente Bill Clinton, se fue por el camino del multilateralismo, que es la vocación de los demócratas estadounidenses. Ideológicamente, este es el choque conceptual sobre la visión del mundo y el modelo a seguir.

López Obrador, que no proviene de la izquierda, está más cercano en lo fundamental a los socialdemócratas europeos y a los demócratas estadounidenses, quienes ven la economía de mercado con una visión más humanista. Es menos aperturista que los liberales como Salinas, y estatista como Echeverría, con quien lo comparan en lo populista y demagogo. El modelo salinista apunta más hacia el capitalismo deshumanizado, donde el mundo se encuentra en poder de los grandes conglomerados. El que representa López Obrador es más nacionalista, y significa ciertamente la consolidación de monopolios para fortalecer internamente al país y enfrentar en mejores condiciones la competencia externa. Esto explica la relación con personajes como Slim y el rechazo de los banqueros. El modelo que siguió Salinas se fundamenta en la desregulación, algo que Zedillo no profundizó y López Obrador, por lo que se percibe, tampoco hará, buscando reasignar presupuesto a programas sociales -más keynesiano que hayekiano-, y tratando de construir una política industrial sin entregarla al capital extranjero. Sí hay una diferencia, no de ahora, sino de hace tiempo, en el que se contrastan dos proyectos de nación de largo plazo que va mucho más allá de la pirotecnia verbal que domina la discusión pública.

Nota: En la columna publicada el viernes se utilizó una metáfora de un cubo de agua de 6 mil metros por lado, cuando en realidad sería de mil 800.

 
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PERFIL
 
Reconocido periodista y analista, Raymundo Riva Palacio ha obtenido dos Premios Nacionales de Periodismo. Durante su fructífera carrera, ha escrito para numerosos periódicos de México, España, Canadá y Estados Unidos. Es autor de "Centroamérica: la guerra ya empezó", "Más allá de los límites: ensayo para un nuevo periodismo", y coautor de "Aún tiembla" y "La cultura de la colisión". Su último libro se titula "La prensa de los jardines". Actualmente es director editorial de El Gráfico, El M, y coordinador de asuntos internacionales de EL UNIVERSAL.
 
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