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Ricardo Alemán
19 de marzo de 2006

Pudieran tener mucha razón en reclamar que el Presidente cierre la boca, si quienes hacen ese reclamo fueran los ciudadanos en general, los mandantes que con el voto mayoritario le entregaron a Vicente Fox el mandato que lo tiene en el cargo. Más aún, si la arenga presidencial fuera motivo de una violación a las reglas de la contienda electoral en curso, el reclamo y la sanción corresponderían, en todo caso, al árbitro de la elección, al IFE.

Pero cuando el reclamo de que se calle Fox, de que "cierre la boca la cha-cha-la-ca grande" lo hace uno de los actores en la contienda electoral, cuando el llamado se hace en tono despótico, altanero y nada comedido, y sobre todo cuando lo formula un político profesional como Andrés Manuel López Obrador -que todos los días, durante cinco años, no ha parado de hablar, de ejercer la libertad de expresión en tanto ciudadano, gobernante y aspirante presidencial-, el llamado adquiere peligrosos tintes autoritarios, si no es que hasta delirantes.

"Yo puedo hablar de todo lo que me plazca, decir lo que se me antoje durante cinco años, todos los días, desde mi cargo como jefe de Gobierno, luego desde mi posición como precandidato presidencial, y luego como candidato presidencial... Pero Vicente Fox no puede hablar, porque ya tuvo su oportunidad".

La anterior parece ser la conclusión a la que llegó en días pasados el candidato presidencial Andrés Manuel López Obrador, quien en esa calidad, la de mero aspirante al mandato que otorgan los ciudadanos, ya ofrece claras evidencias de una intolerancia cerril, nada democrática y, sobre todo, atentatoria de una de las libertades fundamentales de la democracia; la libertad de expresión. "Yo puedo decir lo que quiera, aunque sean mentiras completas o engaños redondos, porque soy candidato. El Presidente no puede decir nada, aunque sean mentiras y engaños, porque ya tuvo su oportunidad". Es la síntesis del pensamiento de López Obrador. Síntesis de un político mesiánico, poseedor de la palabra y la verdad absolutas. "La palabra soy yo, la verdad es mi palabra". Valiente conclusión. Por qué mejor no se callan todos.

Demagogia y retrato

Pero más allá de los gritos en la plaza, de que con su arenga de porro ceceachero López Obrador practica una estrategia emparentada con el odio y la vendetta, lo cierto es que el candidato de la izquierda institucional confirma un preocupante autorretrato construido en el más reciente quinquenio. El retrato del político y el gobernante autoritario, mentiroso y cínico, que sólo habla de aquello que le resulta rentable, que sólo responde aquellas preguntas que lo alejan de la responsabilidad y el ridículo, y que esconde la cabeza detrás del "dedito" o de su muy personal estado de ánimo; "hoy estoy de buenas, mejor hablamos de las ballenas", suele decir ante preguntas incómodas.

Personalidad forjada entre los dobleces y la pureza de la cínica cultura política del viejo PRI. "Les digo lo que cada auditorio quiere escuchar", "prometo lo que cada quien espera que se le prometa", y "respondo lo que sólo yo quiero responder". Demagogia a toda prueba, porque promete y promete, sin asumir la responsabilidad de la explicación pedida, de la congruencia entre los dichos y los hechos. ¿Cuántas veces han escuchado los enamorados de AMLO que su caudillo diga: "Me equivoqué"? ¿Cuántas veces le han escuchado decir: "Perdón"? Nunca lo han escuchado y nunca lo escucharán.

Un día le reclamaron la ineficacia de su gobierno en torno al combate a la inseguridad y la criminalidad. Entonces respondió que sus críticos estaban equivocados, "porque todos los días trabajamos desde las seis de la mañana". Brillante conclusión. Lo que importa es dedicarle muchas horas al trabajo público, sin saber si es el trabajo adecuado, si se sigue la táctica y la estrategia correcta, si ese esfuerzo es el que esperan los ciudadanos. "Yo trabajo, ¿y por ese solo hecho deben reconocer que los resultados son positivos?". ¿Por qué habrá que hacer ese reconocimiento? Muy fácil, "porque todo está bien, porque lo hago yo, hombre trabajador, que desde temprano le dedica muchas horas". Mesianismo puro.

En realidad no debe sorprender a los ciudadanos el estilo demagógico y cínico de AMLO. En todo caso, lo sorprendente es que tantos se dejen engatusar por tanto tiempo. Y es que el tamaño de la fidelidad ciudadana por AMLO es del tamaño del desencanto por el gobierno de Fox. Hace seis años los enamorados de Fox, de su discurso cínico y cargado de despropósitos, enfurecían a quienes criticábamos a ese candidato presidencial. Hoy enfurecen por el otro mesías, al que han colocado en el pedestal del caudillo, el hombre de la verdad absoluta, de la única verdad y la única razón. López Obrador es, para esa masa que lo ha colocado al nivel de un semidiós, la verdad hecha hombre.

Fox, el derrotado

Y en efecto, en el otro extremo de la disputa no hay más que desesperación, sobre todo en el cuartel presidencial. No es novedad que una buena parte del cemento y los ladrillos para edificar la imagen y la popularidad de López Obrador fueron aportados por el presidente Fox, un gobernante errático, sin el temple y la preparación política y técnica suficientes para el cargo, que más que convertir el suyo en un gobierno eficiente y confiable, se dedicó a combatir desde el amanecer de su régimen al que amenazaba con arrebatarle la sucesión presidencial.

Fox persiguió a López Obrador desde que aparecieron los llamados videoescándalos, paso previo al escandaloso "desafuero". Frente a esos dos golpes mediáticos, AMLO hizo lo suyo, lo que sabe hacer, colocarse el sambenito de la víctima. Ese martirologio convirtió al entonces jefe de Gobierno en el perseguido, en el débil al que persigue el poderoso -y con ello se abrió paso el dilema entre buenos y malos, pobres contra ricos, poderosos contra débiles-, en tanto que Fox pasó del héroe de la alternancia, del que hizo la "hombrada de sacar al PRI de Los Pinos", en el villano favorito. Lo demás fue sólo cuestión de tiempo.

En realidad nada le salió bien a Vicente Fox. Al tiempo que intentaba sin suerte debilitar a su adversario, edificaba sin talante y menos talento político a su pupilo. Fox se empeñó en llevar como sucesor a Santiago Creel, para quien preparó al partido y la estructura nacional del mismo. Hizo a un lado a los posibles adversarios, a los incómodos como Felipe Calderón, y nunca tomó en cuenta que él mismo, el presidente Fox, nada tenía que ver con el panismo tradicional. Todos saben que Calderón resultó "respondón" y que con la ayuda de un panismo duro tampoco convencido del continuismo foxista, le arrebató al propio Fox la candidatura presidencial.

En ese escenario del peor de los mundos, el presidente Fox parece convencido de ser el garante no sólo de una sucesión presidencial legal, confiable y creíble, sino a favor de sus intereses, sin entender que ese papel ya no le corresponde, sino que es un papel que deben desempeñar el IFE, por un lado y, por el otro, los ciudadanos. Eso no parece importarle a Vicente Fox. Por ello ha dedicado semanas a lo que más bien parece una segunda campaña presidencial, ahora a favor del continuismo, aunque sea con Felipe Calderón a la cabeza. Pero en esa intentona, a todas luces desesperada, un día sí y otro también parece avanzar en contra del candidato de su partido y a favor de su adversario, de Andrés Manuel López Obrador.

Fox impulsa a AMLO

Durante semanas, Vicente Fox -más que Felipe Calderón- se ha enfrentado a López Obrador, al que acusa un día sí y otro también -y no sin razón- de ser un "indeseable candidato populista". Pero en los días recientes se ha revertido el escenario, al grado de que AMLO ha vuelto a colocar en la discusión nacional los temas de la agenda. El caso más significativo es la promesa que formuló López Obrador en torno a las tarifas de la energía, eléctrica y de gasolinas. El candidato de la izquierda institucional prometió bajar dichas tarifas, si llega a ser presidente, en lo que a todas luces resulta una promesa engañosa.

Y frente a la provocación del candidato -la que fácilmente se puede desmontar con argumentos técnicos y con la experiencia de una comunidad tabasqueña a la que AMLO prometió no sólo bajar las cuotas de energía eléctrica, sino regalarla, y desde entonces nadie paga luz-, el presidente Fox cayó en la provocación. Inició su alegato con la consabida amenaza del populismo, hasta llegar al extremo de parecer derrotado por López Obrador. Dijo que la economía mexicana está tan sólida, "que puede soportar, incluso, a un populista". Declaración que más bien deja ver a un Fox vencido. O si se quiere, renovada versión del "indestructible".

Vicente Fox se ha convertido, en la práctica, en el peor promotor de Felipe Calderón. ¿Por qué? Porque por un lado polariza el voto cambiante que apoya al tabasqueño que se solidifica a favor de AMLO frente a los ataques y las críticas presidenciales, porque confirma que Felipe Calderón es su proyecto continuista, y porque interfiere en la campaña de Calderón, una campaña que desde la interna del PAN intenta sacudirse precisamente la identificación con el gobierno federal saliente.

Campañas de Calderón

Por su parte, Felipe Calderón no atina a rectificar la dirección del automóvil que previamente preparó Vicente Fox para la contienda sucesoria. Como ya se dijo, Calderón no era el preferido. Pero cuando resultó el ganancioso de la candidatura presidencial, se encontró con un gobierno federal que no lo quería, con un partido preparado para otro piloto, y con una estructura nacional del PAN que respondía a otros intereses. Calderón, como todos saben, alcanzó rápidamente 30% de las preferencias. Pero no ha pasado de allí. ¿Por qué? Porque una vez que aglutinó al voto panista, su propuesta no fue capaz de dar el paso hacia otros sectores sociales.

Las elevadas preferencias electorales de López Obrador se componen del voto duro de su partido, el PRD, y de un voto marginal de sus aliados; el PT y Convergencia. Pero además, una franja nada desdeñable de votos cambiantes se han inclinado de manera momentánea por AMLO. La campaña de Felipe Calderón intentó sin suerte, en una primera etapa, arrancarle a López Obrador una porción de esos votos cambiantes y de llegar al universo de los votos indecisos. En los dos meses posteriores a la tregua de diciembre, Calderón no penetró ni en uno ni en otro de los votos que buscaba.

En buena hora cambió no sólo de estrategia, sino de estrategas, de eslogan de campaña y de objetivos. Pero se encuentra a 10 puntos porcentuales de AMLO, lo que supone que en los tres meses que restan de campaña tendrá que convencer, por lo menos, un punto porcentual de votantes; algo así como 500 mil electores semanales. Una prueba que se antoja difícil de cumplir, sobre todo frente a un escenario de desinterés ciudadano que se acentuará por el calendario mexicano de Semana Santa y, por si fuera poco, del deporte-espectáculo de los mexicanos, el futbol. En Semana Santa y en el campeonato mundial de futbol no habrá campaña electoral que resista. El escenario para Calderón, en síntesis, resulta harto difícil, mientras que el de Andrés Manuel López Obrador es de recuperación de preferencias, o si se quiere, de una mayor distancia respecto de Calderón y Madrazo.

El factor Madrazo

El de Roberto Madrazo, en tanto, no parece un escenario mejor. La distancia del candidato del PRI es de 15 puntos porcentuales respecto a AMLO y de cinco puntos de Calderón. Sin duda Madrazo ha intentado una estrategia de mayor agresividad, con spots que pegan en la línea de flotación de la credibilidad de su paisano López Obrador. Pero el problema del PRI sigue siendo interno. Las disputas por la candidatura dejaron a Madrazo en una posición de extrema debilidad. Sigue pagando las facturas de la "guerra interna", de las peleas con la profesora Elba Esther Gordillo y de pleitos con tal o cual gobernador.

Pero está en puerta lo que será la verdadera prueba de fuego para el candidato presidencial del PRI. En los próximos días se deberá dar a conocer la lista oficial de los candidatos del PRI al Congreso; a las cámaras de Diputados y Senadores. Ese será el momento de quiebre, ya que una buena parte del priísmo nacional está en espera de ganar una de las escasas posiciones en disputa, de lo contrario se mudarán de partido. El PRI se ha convertido, en los hechos, en una gran puerta de salida, sin puerta de entrada. Es decir, todo aquel político que no consiga una posición se mudará de casa, se meterá a la casa de los "primos hermanos" y seguirá su camino. El PRD es, hoy por hoy, el partido que garantiza el poder. Y el priísmo va por ese poder, sin importar banderas ideológicas o capillas doctrinarias.

El PRI corre el riesgo de vaciarse hacia el PRD y el PRD se ha convertido ya en el nuevo PRI. Por eso la "chunga" de que en cualquier escenario posible, como ocurrirá en el Distrito Federal, pero a nivel nacional, el PRI resultará ganancioso. Pero ese es tema para otra ocasión.

aleman2@prodigy.net.mx

 
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Apasionado del periodismo, así explica el autor su dedicación de más de 10 años a este espacio donde se afana en traducir, aclarar y revelar los entretelones de críptico ámbito que es la política. Su trabajo requiere análisis, conocimiento y paciencia para poner en su lugar las piezas del acertijo. Le intriga también la literatura, aunque asegura que ninguna novela es más interesante que la realidad política.
 
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