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Raymundo Riva Palacio
17 de marzo de 2006

El día que se nos acabó

Por agua, Israel le quitó a Siria las colinas del Golán en la Guerra de los Seis Días en 1967, y por el río Jordán vive en permanente conflicto con los palestinos. Por el control estuario de Shaat al-Arab empezó la guerra entre Irán e Irak en 1980, y Egipto, Etiopía y Sudán continúan sus diferendos sobre el Nilo. Por el agua, una nueva familia de oligarcas ha nacido en el mundo queriendo privatizar el recurso en donde se dejen; en Bolivia casi causó una guerra civil cuando se hizo en Cochabamba, y en Indonesia, la caída de Suharto tuvo que ver con la corrupción de su familia en ese mismo tipo de negocio. Por el agua se ha desatado la corrupción hasta en países avanzados como Francia, donde el partido del presidente Jacques Chirac recibió contribuciones políticas de las transnacionales del agua, y en Sudáfrica, 250 mil personas resultaron afectadas por una epidemia de cólera cuando ya no pudieron pagar las tarifas del recurso privatizado y tuvieron que beber líquidos insalubres.

No importa en dónde, el agua es el recurso más preciado, el único sin el cual, a diferencia del petróleo, los metales preciosos o los diamantes, no se puede vivir. Sin agua no hay cultivos, ni alimentos, ni salud, y se reflejan desde la vida miserable en Bangladesh hasta las versiones de Hollywood en Mad Max. El agua no es un recurso más, evidentemente, pero poca sensibilidad hay entre los mexicanos al respecto, que la dilapidan de la forma más asombrosa, irresponsable y peligrosa. ¿Qué sucederá? La respuesta es dramáticamente sencilla: en unos cuantos años, quizá la siguiente generación, los mexicanos nos mataremos por el agua. ¿Cuánto falta? Poco, si vemos la dinámica del derroche. Según el Banco Mundial, hace 30 años sólo 32 de los 653 acuíferos estaban sobreexplotados; hoy son 102. La operación no es gradual, no hay por qué sentirse aliviados. En 1970 había 48 millones de habitantes y este año estiman que estaremos en 103 millones, con lo que se puede anticipar que lo mejor de todo es lo peor que se va a poner: el 50% del agua que utilizan los mexicanos en todo el país proviene de acuíferos sobreexplotados, en camino de la extinción.

Aunque la mayor parte de los mexicanos vive en zonas urbanas, de acuerdo con los datos del Banco Mundial, 80% del agua se destina a la agricultura a través de sistemas de irrigación que, adicionalmente, despilfarran 56% del recurso que usan. ¿Qué se está haciendo? Nada, salvo seguir tirando el agua o buscando beneficiar a unos cuantos. Desde el gobierno de Carlos Salinas se promovió una nueva Ley de Aguas Nacionales que estaba apuntando a formas privadas de gestión de agua -la tendencia en el mundo-, que se profundizó con otra ley promulgada por el gobierno de Vicente Fox en 2004 que beneficiaba, por ejemplo, a los embotelladores de Coca-Cola que lo apoyaron durante su campaña presidencial. La manipulación de las cuencas acuíferas ha estado lejos de resolver el problema de inversión en el sector. Según el Banco Mundial, para enfrentar la crisis México tendría que invertir unos 3 mil millones de dólares al año durante la próxima década, que es el doble de lo que actualmente invierte y el equivalente del programa Oportunidades en todo el país. A Fox ya se le hizo tarde para hacer algo, y endosará, aunque no quiera, esta crisis al próximo presidente.

¿Qué enfrentará quien llegue al poder en México? De entrada, una pérdida de seis kilómetros cúbicos de agua por año, que es algo como imaginarse un cubo transparente lleno de agua de seis mil metros por cada cara, y que equivale a 83% de toda el agua que consume toda la industria nacional. Fox entregará un país donde sólo la mitad de los hogares urbanos reciben agua todo el año, en donde 30% que viven en áreas rurales no tienen acceso al agua potable, y 60% ni siquiera cuentan con alcantarillado. Con lo contundente de las cifras, no esbozan siquiera el problema sociopolítico de carne y hueso. Sólo en el Distrito Federal, la zona más privilegiada del país en el abasto de agua -a un costo superior a 100% del resto del país-, sólo las colonias próximas a los cerros en el poniente de la capital no tiene problemas serios de agua. Pero en el resto de la ciudad es otra historia. En las grandes extensiones donde viven las clases medias, si no tienen cisternas están expuestos a la escasez cotidiana, y en los áridos norte y oriente de la zona metropolitana, la falta de agua es parte del paisaje natural y generalmente tienen que hacer colectas para pagar hasta ocho veces el salario mínimo diario por pipas, en un negocio manejado por caciques emergentes y próximos dueños de sus vidas.

Los privilegios del Distrito Federal, ante los ojos del resto del país que no discriminan las diferencias socioeconómicas, ya generaron conflictos con algunos estados, como el de México. Estos se pueden resolver políticamente, pero ¿y la epidermis social? Por un lado, fuera del valle de México, hay un creciente rencor, pero dentro de él, el asunto está peor. En el oriente y norte del valle de México viven alrededor de 7.5 millones de personas en forma hacinada, con ingresos mucho menores a los de quienes habitan en el poniente, y un creciente resentimiento por la disparidad en todos sus aspectos. ¿Cuánto más tardarán en cruzar la ciudad y tomar la justicia por mano propia? El agua no es sólo un bien económico, sino un recurso estratégico, y aunque nadie se atreve a precisar abiertamente cuándo caerá la última gota de agua en México de mantenerse la tendencia actual, las visiones son apocalípticas. Este pueblo no es bronco hasta que estalla. Y no importa cuán conservadora sea la sociedad, cuando en la línea se juega la vida de uno y sus familias, la lucha por la supervivencia encuentra fuerzas en donde nadie pensaba que existieran. Ahí es, como ha sucedido en el mundo, cuando todo estalla irreversiblemente.

 
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PERFIL
 
Reconocido periodista y analista, Raymundo Riva Palacio ha obtenido dos Premios Nacionales de Periodismo. Durante su fructífera carrera, ha escrito para numerosos periódicos de México, España, Canadá y Estados Unidos. Es autor de "Centroamérica: la guerra ya empezó", "Más allá de los límites: ensayo para un nuevo periodismo", y coautor de "Aún tiembla" y "La cultura de la colisión". Su último libro se titula "La prensa de los jardines". Actualmente es director editorial de El Gráfico, El M, y coordinador de asuntos internacionales de EL UNIVERSAL.
 
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