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El nacimiento de la crónicaEn cierto sentido, la crónica es, en el siglo XIX, un nuevo género en el que participan la historia y la narrativa. Es decir, hechos de carácter social y una manera de contar las cosas dinámica, desenfadada y de ser posible original. E.C. Mapes define así la crónica: "Un comentario sobre acontecimientos del día o sobre otras materias de interés general, cultivado conscientemente como una forma especial de prosa artística". A juicio de González Guerrero, la crónica, no obstante su apariencia de frivolidad, esconde el secreto de un arte capaz de fijar el vuelo de las impresiones. Casi siempre la crónica es multiforme, compleja y sin unidad ostensible. Reúne una diversidad de aspectos, en consonancia con los sucesos sobresalientes ocurridos de domingo a domingo; acontecimientos adornados en todo momento por la fantasía. La crónica en ocasiones es descriptiva, en otras lírica, en otras más toma del teatro elementos como el diálogo. La crónica muda con facilidad de carácter: puede ser ligera o grave, seria o humorística, trivial o trascendente. Por el tema que desarrolla se puede catalogar de política, histórica, literaria, teatral, de costumbres, evocativa de tiempos idos (coincide con las tradiciones de Ricardo Palma), policial, de música, de espectáculos recreativos, sobre sucesos de la vida cotidiana. todo cabe en una crónica si se sabe acomodar. "La crónica periodística -recalca Julio Torri- es un medio de comunicar ideas; como el ensayo, es el vehículo adecuado para los meditativos y acaso para los misántropos. Aprovecha el suceso diario para dar el salto trascendente a lo general, para remontarse de lo particular y cotidiano a lo escencial. Y todo ha de lograrse con gracia, con levedad, y sin hacer perceptible el esfuerzo empleado. En la generosa sensibilidad del cronista repercuten someramente los acontecimientos más salientes y notorios del día". Para escribir una crónica, opina Amado Nervo, no se necesita más que un asunto: lo demás es lo de menos. "Hay en esto del periodismo mucho de maquinal. Lo más importante es saber bordar el vacío, eso es, llenar las cuartillas de reglamento con cualquier cosa. Prometedme un asunto diario, y en nombre de mi conocimiento del ´oficio´ os prometo un artículo diario: advirtiendo que no se necesita un gran asunto. Dénmelo ustedes mediano, grande o pequeño, que la crónica saldrá, aunque su importancia, es claro, estará en proporción del tópico. Si ustedes se achican me achico, y si se acrecen, me acrezco. Desplúmese, por curiosidad, un ave del paraíso, y véase lo que queda. Así son exactamente muchas crónicas de esas que agradan al público, de esas opulentas por su fraseología". Por su parte Carlos Díaz Dufoo cree (como Nervo) que los cronistas bordan el vacío, desecan pantanos con las joyas de sus palabras y visten con recamadas telas el pobre cuerpo de la crónica. "La crónica, señores y señoritas -exclama Gutiérrez Nájera-, es en los días que corren un americanismo. La comparo a la Nao de China. Esta era en remotos tiempos esperada con ansia por las damas: traía las últimas novedades del Japón, los hoy semifabulosos tápalos de China, las porcelanas transparentes, cual mejillas de tísica, joven y blanca, las telas de Holanda y demás primores de la moda. Hoy no tenemos que esperar ni la llegada de un paquete: por Paso del Norte o por Laredo recibimos todo. La crónica, venerable Nao de China, ha muerto a manos del reportero". El reportero, escribe Gutiérrez Nájera, oriundo de Estados Unidos, es tan ágil, diestro, ubicuo, invisible, instantáneo, "que guisa la liebre antes de que la atrapen", con esos "trenes-relámpago" (así llaman a los reporteros) y sus noticias que en 24 horas llegan a la decrepitud, "la pobre crónica, de tracción animal, no puede competir". Gutiérrez Nájera considera al reportero, asegura Boyd G. Carter, un entrometido, un impertinente profesional del espionaje periodístico, un mal escritor y "el hombre más terrible, la personalidad más terrorífica de México". A propósito, afirma que Manuel Caballero fue "el primer reportero castizo y auténtico que tuvimos... y luego se poblaron los diarios de reporteros". Los primeros en cultivar la crónica en México sobre sucesos menudos fueron Luis G. Ortiz en El Siglo XIX y José Tomás de Cuéllar en El Correo de México, ambos en 1867. Ignacio Manuel Altamirano publica sus primeros trabajos en este campo un año después, en 1868. * Crítico literario
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