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Ricardo Alemán
08 de marzo de 2006

Sindicatos, las claves

NO debiera estar en duda la capacidad unificadora del gobierno de Vicente Fox. Fue capaz, en unos cuantos días, de unificar a una buena parte del sindicalismo nacional, a tirios y troyanos. Pero los unificó en su contra.

Y es que en lo que constituye el regreso de las movilizaciones sindicales, en pleno proceso electoral presidencial, la tarde de ayer salieron a la calle miles de trabajadores, encabezados por sus líderes, en protesta por lo que consideran una persecución injusta al dirigente del sindicato minero.

Y en efecto, son muchos los indicios que indican que desde el gobierno de Fox se intenta vulnerar la autonomía del sindicato minero, a cuyo cuestionado líder, Napoleón Gómez Urrutia, se decidió perseguir penalmente con todo el peso del Estado. En respuesta, no sólo los mineros, sino los electricistas, telefonistas, universitarios... salieron a la calle bajo la premisa: "Estamos en riesgo todos", y para desconocer la interlocución con el secretario del Trabajo, Francisco Javier Salazar, a quien responsabilizan del cambio de dirigencia en el gremio minero.

Pero lo curioso del nuevo conflicto -además de que se trata de una demostración de fuerza en pleno proceso electoral- es que tanto en el gobierno federal, en donde se lanzó el manotazo contra un líder sindical, y entre las dirigencias laborales, que se reagruparon al ver que estarían "en riesgo todos", existen razones válidas y de fondo que se antojan imposibles de reconciliación.

Es decir, no hay duda de que Napoleón Gómez Urrutia representa lo más cuestionable del sindicalismo corporativo, corrupto, hereditario, que defiende los intereses de camarilla por encima de los intereses de sus representados y que, en efecto, debía ser sometido al escrutinio de la ley. Pero también es cierto que el gobierno de Vicente Fox camina rumbo a una peligrosa ruta de autoritarismo, violatoria de la autonomía sindical, en un tiempo político de suyo riesgoso, hacia el final del sexenio, y en medio de una cerrada competencia presidencial.

El dilema al que se lleva a la sociedad, y a los electores, es que, por un lado, resulta inaceptable el regreso a las prácticas del salinismo, en cuya naciente administración fueron derrocados los liderazgos de los poderosos jefes petrolero y magisterial, Joaquín Hernández Galicia y Carlos Jonguitud Barrios. El gobierno de Carlos Salinas aplastó esos dos liderazgos, no sólo como venganza política -que mucho tuvo de ello-, sino como parte de una estrategia para concentrar en Los Pinos el naciente poder.

Pero no se trató de una decisión locuaz, sino de una maniobra políticamente bien calculada y, sobre todo, apoyada en el entramado institucional.

En sentido contrario, el gobierno de Vicente Fox decidió convivir durante más de cinco años con el sindicalismo de siempre, que hasta el sexto año fue descubierto como corrupto, indigno de la representación laboral y que merece ser perseguido penalmente. Además, no se siguieron las reglas básicas de la política para provocar o estimular un recambio como el esperado, sino que la decisión se tomó de manera atropellada, a partir de una tragedia como la de Pasta de Conchos, en donde la muerte de 65 mineros dejó mal parados a todos: gobierno, sindicato y empresarios.

Por otro lado, también resulta cuestionable lo que pareció el "grito de guerra" de los poderosos líderes sindicales, que se agruparon a pesar de sus diferencias y a partir de su sentido de sobrevivencia. El mensaje que envían resulta harto cuestionable, porque igual que nadie cree en la inocencia del gobierno federal en el manotazo al sindicato minero, tampoco nadie cree que los sindicatos salieron a la calle en defensa de la autonomía sindical. En el fondo, lo que tratan de defender los sindicatos que marcharon ayer en protesta por la intromisión del gobierno federal en la vida sindical no es otra cosa que sus privilegios.

En rigor, en la descubierta de la marcha de ayer por la tarde, caminaban por las calles del DF muchos millones de pesos producto de la corrupción sindical y muchos años de prisión, además de muchas décadas de esa densa y casi impenetrable cultura de corporativismo, antidemocracia, sometimiento, autoritarismo y corrupción. ¿Qué defienden esos liderazgos? Eso, mantener su control, sus posiciones y la cultura del viejo sindicalismo que ayer estaba al servicio del PRI corporativo y que hoy, con una demostración como la de ayer, intenta ganarse su lugar en la siguiente administración.

Y es que aquí es donde aparece el factor político electoral de la repentina reagrupación del sindicalismo. Primero hay que recordar que en 1989, cuando fueron descabezados los sindicatos petrolero y magisterial, nadie dijo que se trataba de una grosera intromisión del gobierno federal en la vida de los sindicatos. ¿Por qué? Porque los sindicatos y sus liderazgos estaban afianzados al PRI, y porque el mensaje fue enviado precisamente en el nacimiento de un gobierno fuertemente autoritario, como el de Carlos Salinas de Gortari.

En sentido contrario, ¿por qué hoy, al final del gobierno del "cambio", de la alternancia, de la democracia, se reagrupan los sindicatos en torno de la defensa de sus privilegios? Precisamente por eso, porque en el presidencialismo mexicano, y en el de todo el mundo, el último año de gestión es precisamente el de mayor debilidad. No habría ocurrido lo mismo si ese golpe se hubiese producido al inicio del gobierno de Fox.

Es posible, incluso, que el gobierno del "cambio" hubiese sido aplaudido por perseguir a un líder sindical probadamente corrupto.

Pero el escenario es muy distinto, sobre todo frente a un gobierno débil como el de Vicente Fox, y ante un escenario electoral en donde son muchas las posibilidades de una alternancia de segunda generación -una alternancia que puede cerrar el círculo al pasar del PRI, al PAN y al PRD en sólo seis años-; los liderazgos obreros, sean o no corruptos y mantengan o no la vieja cultura vertical, antidemocrática y corporativa, están en busca de un espacio político que les resulte rentable y que les garantice su vigencia a través del tiempo y de los gobiernos de distintos signos.

En el fondo, esa es la razón del reagrupamiento del sindicalismo. Por un lado envían un mensaje de fuerza al gobierno saliente, al que reprueban por su timorato intento de violentar la autonomía sindical, pero también lanzan un mensaje al que será el nuevo presidente, un mensaje también de fuerza, de presencia; una advertencia de que no están solos o desarticulados y menos permitirán que el futuro gobierno intente tocar a uno de ellos. Estamos frente a la más formidable muestra de la capacidad de sobrevivencia de los viejos corporativos sindicales que, a querer o no, parecen construidos para trascender colores y doctrinas. Al tiempo.

En el camino

El "góber precioso" vive un escenario parecido al peor de los mundos. La renuncia de diputados locales del PRI hizo perder a ese partido la mayoría en el Congreso. Se abre la puerta a la posibilidad de echarlo abajo. Pero debemos insistir, hay evidencias de que Mario Marín prepara su salida mediante la fórmula de la licencia. Y dicen que no falta mucho. ¿Será?

aleman2@prodigy.net.mx


Para comentarios escribir a bajoreserva@eluniversal.com.mx, o contactar a Joel Hernández, director de Opinión (editor@eluniversal.com.mx, o al 57-09-13-13, extensiones 2421 y 2422).
 
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