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Debatiendo por un sueñoDebatir o no debatir... he ahí el dilema: todos los perdidosos en la contienda presidencial quieren no uno sino muchos debates, todos los que se puedan; hasta los amantes del estado de derecho se empeñan en inscribir en la legalidad democrática algo que simple y llanamente no está en ninguna ley y menos aun puede tener el carácter de obligatorio; no existe en toda la legislación electoral un solo precepto que ordene a los contendientes la realización de debate alguno. Sin embargo, se ha desatado una debatitis aguda más escandalosa que la gripe aviar. Son cada vez más estridentes los candidatos, dirigentes de partidos y agoreros que se desgañitan al ponderar las virtudes mágicas que los debates tendrían para dilucidar el futuro de esta atormentada nación. Un México antes y otro después de los debates. Ya bájenle. La mera verdad es que la urgencia es absolutamente coincidente con las apuraciones. Las generadas a partir de las encuestas más recientes que en un resumen promedial establecen un congelamiento y aun retroceso de Felipe Calderón y Roberto Madrazo, y un cierre fulgurante de Andrés Manuel López Obrador a la alza. Esa y no otra es la razón principal de la debatitis. Por eso es la prisa en hacerlos cuanto antes y los más que se puedan. Porque las encuestas están evidenciando las fallas garrafales en las estrategias del PAN y el PRI, y los aciertos en la campaña de la coalición Por el Bien de Todos. No se requiere de adjetivos para describir el actual estado de cosas: Felipe Calderón ha privilegiado la publicidad electrónica en radio y televisión, los eventos bajo techo y los encuentros con grupos de derecha y empresariales, en eso está empeñado y pasmado, las pocas veces que va a los foros públicos termina trenzado con sus impugnadores; Roberto Madrazo se autoengaña con acarreados, releva a sus estrategas, cambia a su gente, sus frases y hasta su nombre en una lluvia de spots con tal de salir del abismo del tercer lugar; Andrés Manuel López Obrador ha sido mucho más selectivo en el uso de la radio y la televisión, ha optado en cambio por las plazas públicas de centenares de ciudades y pueblos de todo el país desde los tiempos de la precampaña y antes de que amanezca. Una comparativa estadística de los esfuerzos traducidos en kilómetros recorridos, austeridad y gastos de campaña sería sencillamente demoledora para los candidatos del PAN y el PRI. Por eso apuestan todo a los debates. Cuatro, según sus promotores. Que no tienen otro propósito que desarticular la porfiada campaña del puntero que se ha intensificado hasta con cinco mítines por día realizados cuasi micrométricamente, sin demoras, al contrario de las otras campañas en las que los reporteros dan cuenta de cancelaciones frecuentes e itinerarios sin pies ni cabeza. En este punto clave, habría una enorme diferencia en el modo y la intensidad con que los debates afectarían a unos y otro: a Calderón y Madrazo, que disfrutan de jornadas lánguidas, descuajaringadas y en aviones privados, no les pasaría nada, confiados, como están en la tele y el radio; en cambio López Obrador tendría que cancelar decenas de encuentros con miles de sus seguidores por el tiempo que habría que dedicar a la preparación de cada debate. Por eso PAN y PRI con el apoyo de los chicos apuestan todo a cuatro debates televisados para los que se aferran a dos grandes supuestos: que tendrán grandes audiencias, y que entre todos vapulearán al puntero. Las preguntas lógicas son si los debates tendrían el mismo rating si AMLO no participa y si de verdad están tan seguros de ganar el debate y disminuir al adversario común. No hay que olvidar que López Obrador es un fajador por definición. Ha peleado toda su vida y en estos años recientes no ha hecho otra cosa que debatir: por el Paraje San Juan con la IP; contra el gobierno federal por el predio El Encino; frente a los priístas y panistas en la Cámara de Diputados; con Vicente Fox por veinte mil razones. Así que los combates lo han forjado como un peso completo. Aun así los pesos medios y moscas se agarran a los debates como clavos ardientes esperando echarle montón para derribarlo, por la buena o por la mala, suponiendo que pueden sorprenderlo. Igual están cometiendo errores de cálculo. Muy su gusto. Lo cierto es que están en todo su derecho de exigir cuantos debates quieran. El mismo que tiene López Obrador de defender sus tácticas proselitistas. Y los ciudadanos a escuchar la confrontación de ideas. Pero sin trampas, sin excesos y sin pasarse de listos. Por eso un debate y a su tiempo. Así como ha sido y nada más. A pesar del nerviosismo chachacalotero que están provocando las más recientes encuestas. Como la muy sorprendente de GEA-ISA que apenas en su entrega de enero se sumó al presunto y efímero empate técnico entre Andrés Manuel y Felipe. Ahora, en febrero, la encuestadora establece que si hoy fuera la elección presidencial López Obrador ganaría con el 41% de los votos, Calderón se quedaría con 32% y Madrazo en un lejano tercer lugar con 26%. Pero lo notable es que, según la misma encuesta, Calderón y Madrazo -ahora llamado Roberto- han perdido cada uno tres puntos en tan sólo un mes y es López Obrador quien ha ganado esos seis puntos. Y para no quedarnos en la abstracción de los números y los porcentajes, consideremos que el promedio de ventaja de AMLO sobre el candidato del PAN es de ocho puntos, y que según los expertos cada punto significa 450 mil votos para un total de 3 millones 600 mil. Luego, no se me ocurre otra representación gráfica que un gigantesco círculo de 36 estadios Aztecas llenos con 100 mil espectadores cada cual; sólo uno de los integrantes de Debatiendo por un sueño tendría que desplazar al hombre que está en el centro, convencer a todos los asistentes y llevarse todos esos votos a su casa para apenas empatar la contienda. Es por eso que ya les anda. A propósito, sí la encontré en el Diccionario de la Real Academia. Chachalaca: "Especie de gallina de color pardo... Es muy vocinglera y de carne delicada...".
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