COMO ya se ha dicho aquí en muchas ocasiones, desde mediados de 1998 el entonces presidente del PAN, Felipe Calderón, intentaba buscar la reelección en el cargo. Calderón era el dirigente más joven que había tenido esa formación partidista y, al igual que su antecesor, Carlos Castillo Peraza, no veía como positiva la precandidatura presidencial de Vicente Fox. Más aún, Calderón se oponía a esa posibilidad.
En el equipo de campaña del entonces aún gobernador de Guanajuato se sabía, gracias a la larga experiencia del PRI, que si un aspirante presidencial quería tener éxito en una contienda como la que se avecinaba en julio de 2000, estaba obligado a hacerse del control total del partido, sea para sumarlo a su campaña o sea para quitarlo del camino y construir una fuerza política paralela, como al final ocurrió con los Amigos de Fox.
Calderón era, en esa mitad de 1998, no sólo un político incómodo para el candidato Fox sino un dirigente indeseable, que se oponía a su precandidatura, que estaba en contra de un acuerdo con el gobierno de Ernesto Zedillo para convertir el Fobaproa en deuda pública y, sobre todo, que de reelegirse reclamaría para el PAN la paternidad de la campaña y de una eventual Presidencia de la República. Por eso desde esa mitad de 1998 y hasta marzo de 1999 -por cierto, el Fobaproa se convirtió en IPAB el 12 de diciembre de 1998, gracias a la intervención de Fox, Diego Fernández de Cevallos y Santiago Creel en la Cámara de Diputados, quienes desplazaron por completo a Felipe-, el precandidato Fox se encargó de arrebatarle a Calderón la dirigencia del PAN, y con la ayuda de Diego Fernández logró imponer a Luis Felipe Bravo Mena, un político afín al guanajuatense, que se disciplinó y que permitió la creación de los Amigos de Fox, el partido paralelo del candidato Fox.
El ejercicio memorioso viene a cuento porque a la vuelta de un sexenio el ya presidente Fox hizo todo lo contrario que seis años antes, y en realidad se ha convertido en el principal obstáculo para el candidato presidencial de su partido. Para entender la "estrategia al revés", que en la realidad tiene a Calderón sin partido político, vale recordar que en una maniobra operada desde la casa presidencial, en las primeras semanas de 2005, se bloqueó la llegada de Carlos Medina Plascencia a la dirigencia del PAN, porque era el "hombre de Felipe". Es decir, el candidato presidencial de Fox era Creel, y para que ese candidato contara con el control del partido, era necesario colocar en la presidencia del PAN a Manuel Espino, "el hombre de Santiago", que ganó por un puñado de votos conseguidos de última hora por la presión de la "pareja presidencial". En marzo de 2005 Fox ya tenía el control del partido y a su precandidato presidencial. Hasta entonces seguía la misma receta que él mismo utilizó seis años atrás. Pero en la interna para seleccionar al candidato presidencial, su "delfín" se "desinfló" y el ganador de la contienda resultó ser Calderón.
Se le dio forma, de esa manera, al peor de los mundos. El PAN tenía un candidato presidencial que no era del agrado del presidente Fox, pero el aspirante Calderón tenía un presidente del PAN que había sido impuesto por la casa presidencial. En pocas palabras, el candidato presidencial es un aspirante sin partido, que además no cuenta con el "plus" que tenía Fox, conocido como Amigos de Fox. Pero eso no es todo. La crisis de la candidatura presidencial del PAN muestra a una dirigencia partidista caminando en una dirección, al Presidente de la República en otra y al candidato presidencial por una tercera ruta. El resultado es el desconcierto de los electores y el desánimo de los potenciales votantes que no quieren al PRI o al PRD.
La respuesta de Calderón al estancamiento de su campaña ha sido el cambio de sus estrategas de imagen y logística, pero si quiere recuperar el terreno perdido tendrá que hacer mucho más que eso. Tendrá que tomar el control total del partido -un ejemplo de ese control, conseguido por los métodos autoritarios, es el de AMLO respecto del PRD, en donde colocó en la presidencia a un títere como Leonel Cota, que le garantiza sometimiento total-, marcar distancia del gobierno de Fox, y trazar una estrategia que lo identifique como una alternativa al PRI, al PRD y del gobierno del "cambio". Fox y Espino tendrán que salirse de la campaña, si quieren que el PAN compita realmente.
Y es que en el fondo Fox hace su propia campaña, no la de Calderón, en tanto que Espino negocia las cuotas de poder regional, a partir de su interés y de su propia campaña. Esas dos campañas dejan a Calderón en una lucha en la que no sólo se enfrenta a los candidatos del PRI y PRD, sino contra Fox y contra el presidente del partido. El caso de Espino resulta especialmente dramático, dado que en contra de la lógica del candidato presidencial, reparte cuotas de poder, como son las diputaciones federales y las senadurías, no para sumar fuerzas a Calderón, sino para su propio proyecto político.
En congruencia con su propia experiencia de 2000, Fox debería salirse del escenario electoral, dejar el espacio para Calderón. El panismo todo debería retirar de la dirigencia a Espino, para que un "hombre o una mujer" del equipo de Calderón se hiciera cargo del partido, de la integración de las listas de candidatos a diputados federales, senadores de la República y aspirantes a gobiernos estatales en donde habrá elecciones el mismo 2 de julio. De lo contrario, la de Calderón está condenada a quedarse como una campaña testimonial. Y es que en los hechos, Fox y Espino le hacen la campaña a los adversarios de Calderón. Y los ejemplos sobran. Sólo la torpeza de Espino pudo producir golpes gratuitos contra Calderón, como la presentación del ex presidente José María Aznar como impulsor de la campaña del PAN. Lo importante no fueron las declaraciones del ex líder de la derecha española, sino el patrioterismo que le fue lanzado al rostro de Calderón, como si nadie recordara que otro ex presidente español, Felipe González, ha formulado declaraciones aún más comprometedoras. Espino no se quedó en eso, sino que propició otro boquete, cuando dijo que las plazas llenas no son lo mismo que urnas llenas. Y tiene razón, pero le engorda el caldo a los adversarios del PAN.
Y la perla más reciente, además de las trastabillantes declaraciones cotidianas del Presidente, fue el manotazo que desde la Secretaría del Trabajo se lanzó contra el sindicato minero. En efecto, el líder nacional de ese gremio, Napoleón Gómez Urrutia, es un pillo que no merece el cargo, pero el gobierno de Fox no puede actuar como lo hizo el gobierno de Salinas en los casos de Joaquín Hernández Galicia (La Quina) y con Carlos Jongitud Barrios, el líder del magisterio. El golpe que desde el gobierno de Fox se lanzó contra el gremio minero, más que una reivindicación a los mineros, es un insulto a su capacidad de reacción frente a la tragedia reciente, y se suma a los puntos negativos a la campaña de Calderón. En el fondo lo que reclama la candidatura del panista es una cirugía mayor, si es que quiere estar realmente en la contienda. Y si no, al tiempo.
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