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Cuando México alcanzó su independencia unos patriotas enérgicos, y dados a borrar el pasado, establecieron una ley, según la cual debían destruirse todas las señales heráldicas que existían a la puerta de las grandes casonas. Con lo que se pretendía que el pueblo alcanzara un nivel democrático y desaparecieran así las odiosas distinciones entre ricos y pobres o, dicho de otra manera, entre nobles y pueblo. Con esto se consiguió, en contra de la persistencia de la piedra a lo largo de los siglos, que pudiera afirmarse que la piedra, también, se evapora y se disuelve. Las grandes casonas señoriales que pregonaban su alcurnia en la ciudad de México pasaron a ser discretos paredones sin distinción noble alguna. Aquellos patriotas que esperaban que borrando los escudos de piedra labrados en una fachada cambiara totalmente el sistema social imperante, se hubieran sorprendido hoy al advertir que los blasones viejos han cambiado de sistema, pero no de intención. Los millonarios de hoy, que sustituyen a los condes y marqueses de ayer, marcan en la ciudad las señales de su poderío; y cuando no es elevando una torre de 20 pisos, es reconstruyendo un escudo que la mayor parte de las veces no se aposenta en la historia sino en la imaginación. Los ricos de hoy quisieran ser los herederos de la nobleza de ayer, sin darse cuenta de que todo prestigio que se apoyó en la heráldica está tocado con manchas de sangre. En algunas viejas casonas mobiliarias aún se ve la traza de lo que fue un escudo familiar y hoy sólo es piedra carcomida. Pero los intentos de exhibir un pasado que apoye un presente enriquecido es sólo un juego de imágenes perdidas. Los salones de la señora marquesa en donde se bailaba el minué han sido rentados a los fabricantes de cordelería y los patios en que se guardaban las carrozas doradas huelen a orines de postillones aburridos. Todo esto se me ocurre porque un viejo amigo me preguntó esta mañana si en el escudo de armas de la familia Taibo hay tres leones rampantes o sólo dos. Ignorando mi amigo que todos los leones del pasado por mucho que intenten rejuvenecerlos han perdido ya la voz y el oído.
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