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“Capote”Una de las tendencias más repetidas en estos días, ante el cansancio de los guionistas o la incomprensión de su trabajo por parte de las grandes productoras, es la de recurrir a libros que se convierten en películas o realizar la biografía de alguien más o menos famoso o más o menos desconocido pero con algún gancho para los espectadores. Pero dentro de esa tendencia está la que conjuga ambas situaciones: un libro de éxito sobre un hombre (mujer casi nunca) famoso. Es el caso de la biografía de Truman Capote que ya circula en español y que ha servido, en la versión original para que Bennett Miller recoja una parte de la vida del enfant terrible de la literatura estadounidense quien supo, con toda gracia, permanecer como parte de los chismes de la alta sociedad y, al mismo tiempo, tomar distancia de la superficialidad de sus compatriotas para dejar una de las obras más personales, más lúcidas y más conmovedoras de la literatura universal del siglo XX. Capote , basada en el libro de Gerald Clarke nos cuenta los días previos a la masacre brutal de una familia de Kansas y cómo el olfato del escritor hace que la noticia que aparecía perdida en los diarios de la nación adquiera notoria relevancia. La cinta, al igual que el libro, muestran el exquisito olfato periodístico de un Capote si no en ciernes, sí en los principios de una carrera que iba por otros derroteros. Talentoso escritor de ficción, Capote toma un hecho de la nota roja para escribir una de las obras más perfectas de la escritura estadounidense, una obra que sale de las entrañas del escritor porque logra a su vez hurgar en las entrañas de sus personajes. Los asesinos son entrevistados por Capote, básicamente uno de ellos, Perry Smith, desde todos los ángulos, con todas las posibilidades, entre las que caben su encanto personal, pero también alguna que otra treta de periodista con colmillo. Entrar en la génesis de A sangre fría resulta extraordinario y hacerlo desde la compañía de actores y actrices que dejan el pellejo en su trabajo es simplemente conmovedor. El director Benneth Miller dio a su amigo Philip Seymour Hoffman carta blanca para bordar a un extraordinario Truman Capote, un escritor en los principios de su carrera al que tenemos acceso de un modo sustancial por la extraordinaria asunción del personaje que borda el actor estadounidense, hasta ahora conocido por distintas películas en las que si bien, su trabajo era impecable, siempre aparecía su talento al servicio de otros. El hecho de que Capote tenga distintas nominaciones al Oscar, incluyendo la de mejor película y mejor actor, puede ser sólo una parte de la tradicional mercadotecnia de Hollywood. Valdría la pena, en esta ocasión, ir más allá de la ceremonia anual, dejarla de lado, para mirar la cinta de Miller como un exquisito documento en el que la figura de un Capote desconocido emerge de una manera insospechada. Philip Seymour Hoffman pone ante los ojos del espectador una forma de hacer periodismo a partir de una obsesiva investigación, una forma de involucrarse con lo que se escribe en la que se deja la piel por más que se quiera aparentar que nada sucede. Como pasa siempre con algunas cintas basadas en personajes famosos o en obras literarias, quizá la mayor invitación después de ver Capote pueda ser recuperar la lectura o relectura de su obra. Saber que el escritor dejó una de las obras que con mayor tino hurgan en las grandes preguntas del ser humano en la segunda mitad del siglo XX. Ir más alla de A sangre fría y regresar a ella para verla con todo el horror con que ese periodista con voz de pajarraco fue capaz de arrancar a la realidad de la América más profunda.
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