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Al concluir la tercera semana del arranque formal de las campañas presidenciales, sigue presente el de sinterés de una buena porción de los potenciales electores. "¡Qué flojera!", dicen unos. "¡Nada nuevo!", señalan otros. "¡Lo mismo de siempre!", reprochan los de más allá. Y es que en efecto, pareciera que los tres más aventajados presidenciables no han trabajado en un discurso y una propuesta que sacuda a los electores, ya no se diga que los convenza. Pero la "flojera", el discurso y las imágenes gastados y la ausencia de novedades se puede localizar en un fenómeno político-electoral que pocos han percibido y que explicaría, a manera de hipótesis, no sólo la aparente falta de propuestas de los presidenciables, sino la posición que ocupan entre el electorado los tres más conocidos: Andrés Manuel López Obrador, Felipe Calderón Hinojosa y Roberto Madrazo Pintado. Candidatos gastados Una de las más importantes diferencias que muestra la elección presidencial de 2006 respecto a los procesos que se vivieron hasta 1994 es que al menos, dos de los tres presidenciables con más preferencia electoral han estado en campaña en los últimos cuatro años. Andrés Manuel López Obrador, por un lado, y Roberto Madrazo, por el otro, son aspirantes cuyo discurso, personalidad, posiciones y modos de hacer política son harto conocidos por un importante sector social, al grado de que los niveles de conocimiento ciudadano de los dos tabasqueños supera el 95%. Es decir, que poco más de nueve de cada 10 personas los conoce e identifica, en tanto que un porcentaje relativamente alto sabe qué proponen, conoce su discurso y no espera mucho más de lo que ya han expuesto, sea como gobernantes, sea como dirigentes de partido. Si recurrimos a la memoria, recordaremos que hasta las elecciones presidenciales de 1994 los candidatos del PRI y del PAN surgían a la candidatura relativamente de manera sorpresiva. En el caso del PRI el primero de los abanderados, Luis Donaldo Colosio, fue asesinado y debió ser relevado por Ernesto Zedillo. En el segundo caso, el del PAN, el candidato resultó ser Diego Fernández de Cevallos, si bien un panista harto conocido, en realidad fue una novedad para un importante sector del electorado, al grado que luego del primer debate se colocó a la cabeza. Y el tercero era Cuauhtémoc Cárdenas, un político cuyo discurso, propuestas y alcances ya eran bien identificados por los potenciales votantes. Hasta esas elecciones, las de 1994, y sobre todo en las anteriores a esa fecha, la selección de los candidatos presidenciales era en realidad una suerte de invento sexenal. Fenómenos como los de el tapado y la cautela recomendada, que acuñó la célebre frase de Fidel Velázquez: "El que se mueve no sale en la foto", convertían al ritual de la designación del candidato presidencial en una suerte de nacimiento sexenal. El ungido por el presidente saliente debía ser construido como candidato presidencial, dotado de un discurso propio, placeado por todo el país, para que conociera la realidad de las distintas regiones, y para que todos escucharan su discurso. Así, se realizaban maratónicas caravanas por todo el país, recogiendo demandas, realizando un diagnóstico de los problemas, y construyendo la imagen del hombre que sería el futuro presidente. Algo parecido ocurría con los candidatos opositores. El cambio En la elección presidencial de julio de 2000 se rompieron algunas de esas reglas, sobre todo por el candidato opositor Vicente Fox, quien desde la segunda mitad de 1997 -dos días después de las elecciones federales de ese año, el 7 de julio-, se destapó como precandidato presidencial por el PAN. El candidato Fox en realidad rompió el tabú del tapadismo, ya que invirtió el "orden de los factores". Construyó su popularidad a partir de una campaña mediática y de un intenso recorrido por el país, para convertirse en el candidato presidencial del PAN, y no como hacían los candidatos de los años previos, que primero eran ungidos o seleccionados, para luego darse a conocer frente a los electores como aspirantes. Y si Fox inició su largo proselitismo rumbo a la casa presidencial el 7 de julio de 1997, cuando la contienda presidencial se llevaría a cabo hasta julio de 2000, los dos candidatos presidenciales oriundos del trópico se volaron la barda, ya que iniciaron su proselitismo prácticamente al arranque del gobierno de la alternancia. Roberto Madrazo ya había sido precandidato presidencial, precisamente en las internas de las que Francisco Labastida salió como el elegido por el presidente Zedillo. Una vez que el PRI fue derrotado en las urnas en julio del año 2000, Roberto Madrazo se propuso regresar por la candidatura, para lo cual primero se hizo de la dirigencia nacional del PRI, luego manipuló los escenarios para aparecer como el candidato ganador en las internas rumbo a 2006, y luego reventó a su más cercano perseguidor, Arturo Montiel. En realidad Roberto Madrazo anda en campaña desde 1998, por lo menos en los últimos ocho años. No es el caso de Andrés Manuel López Obrador, quien en el último tercio de la década de los 90, fue empujado por su mentor y constructor, Cuauhtémoc Cárdenas, a la presidencia del PRD. Desde esa posición, López Obrador se proponía regresar a buscar la gubernatura de su natal Tabasco, pero de nueva cuenta Cárdenas lo impulsó para que buscara la candidatura por la Jefatura de Gobierno del DF, que ya había ganado el propio Cárdenas, quien se postularía por tercera ocasión consecutiva la candidatura presidencial, precisamente en el año 2000. López Obrador ganó la Jefatura de Gobierno, al panista Santiago Creel, por un margen muy estrecho, apenas cinco puntos porcentuales, pero desde julio de 2000 inició su proselitismo rumbo a la candidatura presidencial de 2006, utilizando todo el peso del Gobierno del DF, incluidos dineros públicos. Es decir, anda en campaña desde hace cinco años. En realidad Roberto Madrazo Pintado y Andrés Manuel López Obrador llegaron al arranque formal de las campañas presidenciales ya como candidatos construidos, con un nivel de conocimiento de la gente, como ya se dijo, superior al 95%. Por eso, tanto Madrazo como Obrador están en el techo no sólo del conocimiento del electorado, sino de la aceptación de los potenciales votantes. En los dos casos ya es muy difícil que sigan creciendo en la preferencia de los electores. Por tanto su campaña va dirigida más que a sumar adeptos a su causa, a no perder los que ya tienen. Por eso no vemos las campañas maratónicas, las caravanas en las que se placeaba al candidato para que la gente lo conociera, para que el ungido conociera de viva voz los problemas. Lo que vemos, en los casos de Madrazo y Obrador, es una estrategia mediática que busca, además de retener a sus votantes cautivos, a influir en esa franja de votantes indecisos, que son por ahí del 15% de los electores que ya decidieron que sí van a votar el julio próximo, pero aún no saben por quién. Pero debido al mismo fenómeno de desgaste de la imagen, el discurso y las propuestas de Madrazo y Obrador, es muy difícil que logren convencer a una parte significativa de ese 15%, ya que ese porcentaje lo componen, en buena medida, el llamado círculo rojo, es decir, ciudadanos con un relativamente alto nivel de información, que no se traga tan fácil los engaño discursivos, y que deposita su voto, según la experiencia, en el renglón del llamado voto útil. El candidato novedoso Frente al desgaste de la imagen y el discurso de Madrazo y Obrador, la ventaja comparativa la lleva Felipe Calderón Hinojosa, el candidato del PAN, quien se enfrentó en las internas de su partido con el que sería ungido por el presidente Fox, Santiago Creel -quien de igual manera estuvo en campaña a lo largo de cinco años-, pero que fue derrotado por una propuesta doctrinaria, fresca y sobre todo joven, como es el caso de Calderón. Les guste o no a priístas y perredistas, el mayor acierto de Acción Nacional fue la selección de Felipe Calderón como su candidato presidencial. Está claro que Calderón no es, por mucho, el mejor panista, pero frente a Madrazo y a Obrador -cuyo discurso evoca al viejo PRI-, se convirtió en la novedad de la contienda. Felipe Calderón fue visto, en la primera etapa de las internas del PAN, como el candidato "víctima", es decir, como aquel al que el presidente Fox, el "Grupo Guanajuato" y un sector de la ultraderecha no querían. Calderón ganó a pesar de todo. Así muy pronto pasó de no más del 30% del conocimiento entre el electorado a poco más del 50% del reconocimiento y, como consecuencia lógica, subió en las preferencias del propio electorado. Al arranque de la contienda formal, Calderón enfrentó severos embates, sobre todo por su más cercano competidor, el perredista López Obrador, quien junto con sus "corifeos" cuestionaron con severidad, y hasta con insultos, al panista. Con ese ataque sistemático, lo convirtieron de nueva cuenta en víctima, le hicieron una buena parte de campaña, y hoy anda cerca del 80% del conocimiento de la gente, al tiempo que ya empató en las preferencias a López Obrador. Una prueba de ello es la encuesta que el pasado viernes dio a conocer la empresa GEA-ISA, levantada ya en pleno proceso electoral formal, que reporta que Andrés Manuel López Obrador tiene 30% de la preferencia de los electores, que igualmente coloca a Felipe Calderón Hinojosa con 30%, y a Roberto Madrazo con 25%. GEA-ISA es una empresa encuestadora seria, a pesar de lo cual es previsible que López Obrador y sus seguidores la "manden al diablo". Pero las tendencias que reporta, más allá de que existe un margen de error reconocido en todas las encuestas, no muestran más que la lógica de la contienda electoral: que tanto Madrazo como López Obrador ya no pueden subir mucho más de lo que tienen en cuanto a preferencia electoral, porque tocaron el techo de conocimiento y de aceptación. El único que puede subir, porque aún no es conocido por todos los potenciales votantes, es precisamente Felipe Calderón. Esqueletos en el clóset Pero si bien nuevas encuestas pudieran reportar que, en efecto, la contienda presidencial para julio de 2006 será de tres tercios, en realidad aún no hay nada para nadie. Faltan cinco meses, y en esos casi 150 días pueden pasar muchas cosas, sobre todo porque detrás de los más reconocidos presidenciables hay "esqueletos guardados" en el clóset, que pudieran salir en cualquier momento y costarían muy caro. Está claro que Madrazo y Obrador centran sus respectivas estrategias en mantener su clientela cautiva, y arrancarle algunos puntos al sector de los indecisos. La primera de las premisas es, a pesar de todo, la más importante, porque no se pueden dar el lujo de seguir perdiendo votos y votantes. También está claro que Calderón no ha llegado al "techo" de conocimiento y, por eso, aún puede seguir creciendo en las preferencias y en la intención del voto. Sin embargo, Calderón tiene frente a sus pretensiones al gobierno de Vicente Fox, un gobierno que, con o sin razón, de manera natural terminará altamente cuestionado. La decepción ciudadana por el mal gobierno de Vicente Fox, sobre todo por las altas expectativas que despertó y los pocos logros que alcanzó -pocos porque las expectativas fueron muchas-, se podrían convertir en un lastre para Calderón. Pero si a esos efectos negativos le agregamos el escándalo mediático de los hijos de la señora Marta Sahagún, los dislates declarativos del Presidente sobre el mismo tema y la intención, válida y legítima, de sus adversarios por crear el mayor escándalo en torno al presunto tráfico de influencias en el explosivo crecimiento empresarial de los jóvenes Sahagún Bribiesca, nadie puede asegurar que Calderón saldrá avante. Sin la presión que el escándalo Sahagún Bribiesca le provoca a la candidatura presidencial de Felipe Calderón Hinojosa, los casos Bejarano, Ponce y Ahumada pesan aún sobre la candidatura de Andrés Manuel López Obrador. ¿Por qué? Por una razón elemental, porque son escándalos aún no cerrados. Ante la intensidad y la polarización de la contienda presidencial, es previsible que en cualquier momento surjan nuevas aristas de esos escándalos, sobre todo de los casos Ponce y Ahumada. El primero, un jugador que, si bien preso, no ha explicado si su ex jefe, López Obrador, estaba enterado o no del presunto desvío de recursos. Parece difícil que Ponce siga callado, sobre todo al ver que AMLO no era tan indestructible como parecía, y que esté dispuesto a pagar él solo, en prisión, todos los platos rotos. El de Carlos Ahumada, igualmente, es un "barril de pólvora" política. Está claro que, corrupto o no, Ahumada es un preso político, que fue llevado a prisión como venganza por atreverse a difundir los videoescándalos que por poco y derriban a López Obrador. Y de manera similar al caso anterior, el de Ahumada es un asunto no cerrado, que en cualquier momento puede exhibir nuevas aristas que pudieran afectar a López Obrador. Y lo mismo ocurre, aunque sin la misma intensidad, en el flanco de los esposos Bejarano y Padierna, quienes recientemente fueron desplazados del partido y del grupo compacto de López Obrador -y por consecuencia del grupo de Marcelo Ebrard-, porque son un lastre para la imagen de los candidatos presidencial y a jefe de Gobierno. Si Andrés Manuel López Obrador sigue cayendo en las encuestas, como ya parece una tendencia, los casos Ponce, Ahumada y Bejarano serán más explosivos, y en cualquier momento pueden reventar. Y si no, al tiempo. aleman2@prodigy.net.mx
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