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Darwinismo electoralDespués de la borrascosa elección presidencial en 1988, el agotamiento del viejo sistema político con el PRI como partido hegemónico en el poder fue bien leído por el gobierno de Carlos Salinas de Gortari. Los partidos satélites que habían servido al Partido Revolucionario Institucional para disfrazar el autoritarismo bonapartista, como el Popular Socialista y el Auténtico de la Revolución Mexicana, habían dejado de ser un activo para simular procesos democráticos y necesitaba quitarse la obsolescencia. Necesitado de nueva legitimidad, a idea del entonces regente del Distrito Federal, Manuel Camacho Solís, se inventó al Partido Verde, encargando de su creación a Jorge González Torres, quien recibió la encomienda directamente del entonces secretario de Gobernación, Fernando Gutiérrez Barrios. Poco después, un viejo amigo de Carlos y Raúl Salinas, Alberto Anaya, recibió la instrucción de fundar el Partido del Trabajo. La lógica de crear nuevos partidos políticos era para oxigenar al sistema político del país y contribuir al fortalecimiento del sistema de multipartidos que se había empezado a construir con la primera reforma política de finales de los años 70. Eran los tiempos en que el despotismo ilustrado del equipo salinista, con la visión de Luis XVI, consideraba que los mexicanos no estaban listos para la democracia, y tendría que írseles dando en forma gradual. Pagaron alto costo en 1994, las últimas elecciones presidenciales donde el Partido Revolucionario Institucional mantuvo el poder, marcadas por la sangre de un candidato sacrificado -en varios sentidos- y la irrupción de la primera guerrilla posmoderna, que concluyeron, se puede plantear como hipótesis de trabajo, el ciclo histórico del sistema político que se inició en 1928 con el asesinato de Álvaro Obregón y la creación de las instituciones en 1929. El sistema político sí comenzó a revolucionarse. Durante el gobierno de Salinas el Partido Acción Nacional logró la primera gubernatura en Baja California, y durante el de Ernesto Zedillo Ponce de León la izquierda alcanzó el Gobierno del Distrito Federal. Vicente Fox Quesada, en una alianza del PAN con el Partido Verde, terminó con el reinado del Partido Revolucionario Institucional en la Presidencia de la República, consolidando esa larga marcha hacia la democracia electoral. Órganos políticos de un nuevo sistema, como el Instituto Federal Electoral, garantizaron la legalidad y legitimidad de las elecciones, en lo que parecía el destape mexicano al quedar resueltos los problemas de primera generación democrática. Sin embargo, nos estancamos. Una vez lograda la posibilidad real de acceso al poder de todos los partidos, empezó la perversión. La solución de problemas de segunda generación, como el financiamiento de precampañas electorales, quedó sepultada por los partidos y sus diputados, y comenzó la prostitución de los partidos menores, surgiendo engendros como el finado Partido de la Sociedad Nacionalista, o estimulando mercenarios como el Verde, el del Trabajo y Convergencia. Ausentes las reformas para evolucionar el sistema de multipartidos, fue el nacimiento de partidos que murieron en su primer desafío electoral encabezados por parias de la política como Jorge Alcocer o Patricia Mercado, quienes no han dejado de lucrar con la política partidista. Hoy, la señora Mercado es la antítesis de la evolución democrática. Cabeza de una amalgama tan ecléctica como extraña, llamado partido Alternativa Socialdemócrata y Campesina, es víctima de su propio oportunismo. Con una ametralladora que tiró ráfagas de millones de pesos, un don nadie en la política con mucho dinero para promocionarse, Víctor González Torres, dueño de las Farmacias Similares que venden medicinas genéricas a precios al fácil alcance popular, le dio un golpe de Estado para quitarle la candidatura presidencial. Ese partido que recién obtuvo su registro para la próxima elección presidencial, se fracturó en dos antes de realmente nacer. Ni Mercado, que tiene un creciente descrédito entre gente que estuvo cerca de ella en anteriores elecciones, ni González Torres -hermano del fundador del Partido Verde y tío de quien ahora lo usufructúa-, es lo que nos merecemos los mexicanos. Pero igual se podría plantear del nuevo partido del magisterio, Nueva Alianza, que sumó a jóvenes políticos para esconder las intenciones reales de crear un patrimonio para la familia de Elba Esther Gordillo que sirviera, en la elección de julio, como instrumento para golpear la candidatura del priísta Roberto Madrazo, o del aventurerismo político de Jorge G. Castañeda, quien embaucó a muchos con una oferta ciudadana que atacaba públicamente a los partidos mientras secretamente les mendigaba una candidatura. O también de partidos ya creados como el Verde, Convergencia o el del Trabajo, desdibujados programáticamente y haciendo cuentas para alcanzar posiciones políticas debajo de las enaguas de los tres grandes partidos, PAN, PRI y PRD. Estos casos sólo pueden provocar náuseas a un electorado que sabe hoy que su voto sí cuenta. Si se revisan las elecciones estatales y federales del último trienio, hubo un incremento en el abstencionismo que refleja apatía, la terrible enfermedad de la democracia. El comportamiento del mercado político mexicano no ayuda en nada a curar el mal. Seguir aceptando el argumento de que los nuevos partidos rompen una hegemonía de tres y es bueno para la democracia, es animar a los oportunistas. Debemos tomar las experiencias, replantear el fin del sistema de multipartidos como lo conocemos, y trabajar en el fortalecimiento de un sistema de tres partidos. Dado lo vivido, no es exclusión política, sino depuración. Luchemos contra la pulverización partidista que sólo beneficia económicamente a los parias, y enfoquemos el esfuerzo en los tres grandes institutos que, con sus altibajos, son lo único serio en el mercado electoral.
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