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Panorama Norteamericano
Eduardo Valle
14 de enero de 2006

Fox la libró; el que sigue

El territorio nacional fue más que generoso con los políticos mexicanos. Nada más tome en cuenta que los precios extraordinarios del crudo y los altos niveles de su exportación significaron en estos cinco años la entrada de docenas de miles de millones de dólares. Unos 27 mil millones tan sólo en 2005. Imagine al gobierno de Vicente Fox y su presupuesto sin estos recursos. La vecindad inmediata con Estados Unidos genero también oportunidades fuera de lo común. En cinco años salieron del país más de dos millones de mexicanos y así disminuyeron en forma sensible las presiones y reclamos sociales. Mas todavía: esos millones de paisanos, y los cuatro millones que habían emigrado antes, envían a México dinero líquido, fresco, por otras decenas de millones de dólares, los cuales son usados para sostener el consumo de las familias. Y si bien es cierto que el dinero negro , el dinero liquido del narcotráfico, seguramente en este sexenio se redujo en algún porcentaje, las entradas por el comercio ilícito de cocaína, heroína, anfetaminas y mariguana tienen todavía un significado mayor en nuestras cuentas externas.

El dinero del crudo, el de las remesas, el de la droga y la emigración de millones de compatriotas permitieron a este gobierno salir adelante sin mayores problemas. Y sin cambios sustanciales en la estructura y las relaciones productivas. El gobierno "del cambio" nadó de a muertito a la hora de las reformas indispensables, urgentes, en el conjunto de la economía y su relación con el mundo. Algunos programas sociales importantes se cumplieron; pero el balance es muy conservador: el gobierno de Fox continuó la más pura tradición priísta: se conformó con ser un mal administrador de la venta externa de recursos no renovables y de los ingresos extraordinarios. El próximo presidente de la República, como se llame, debe desde ya entenderlo: se promueven reformas profundas a la productividad, al empleo, a las formas de invertir, a los circuitos internos de la estructura económica y social, o comienza un ciclo de ingobernabilidad, el cual puede conducir a la inviabilidad de México como nación. Así de sencillo; así de grave. Y, mensaje especial para los señores "nacionalistas-revolucionarios" del PRI y el PRD, no existe ya posibilidad de continuar con la política global de las indefiniciones. Reforma profunda o regresión; esperemos que Rogelio Ramírez de la O y Julio Bolvitnik, quienes sí saben de economía, les expliquen esto a los negro-amarillos. Los priístas, en su legendario pragmatismo, de seguro ya lo saben.

El sistema creado por la Revolución Mexicana, con el ejido, las paraestatales (en especial Pemex y la CFE), la sustitución de importaciones y el desarrollo estabilizador, los antiguos sistemas de educación pública y de seguridad social, y con el PRI como partido de Estado, fue pensado para dar cobertura a unos 50 millones de mexicanos. Era casi el paraíso. Uno nacía, crecía, se educaba, trabajaba, se retiraba y se moría con el Ogro Filantrópico mirando por el bienestar de todos y cada uno de los mexicanos. En especial, de los grandes empresarios y los políticos más influyentes de la familia revolucionaria. La presión del crecimiento demográfico y la formidable radicalización de la "globalización", en especial en el terreno de los movimientos de capital, del desarrollo tecnológico y del comercio internacional derrumbaron ese paraíso. Comenzó la transición mexicana hacia cualquier parte; una transición sin objetivos y sin programa. Tenemos más de dos décadas viviendo en esa ciega transición. Pagada, desde tiempos de López Portillo hasta Vicente Fox, principalmente con la exportación de crudo. Y antes con crisis recurrentes, las cuales cada vez eran más frecuentes y agudas, hasta que Carlos Salinas de Gortari, El Innombrable, empujó a toda costa el Acuerdo de Libre Comercio para América del Norte (NAFTA, por sus siglas en inglés). El NAFTA nos permitió ingresar formalmente al paraguas financiero y económico de Estados Unidos. Y nos ofreció una década de relativa estabilidad, financiada, otra vez, de manera principal con la exportación de crudo y mano de obra no calificada y sus correspondientes remesas. Bueno: hasta eso se agotó. No más. Ya no existen posibilidades de ese nivel permanente de ingresos extraordinarios. Punto. Suficiente con recordar que somos alrededor de 110 millones de mexicanos. Y con afirmar que EU también necesita una reforma económica mayor, profunda.

Todos sabemos que el déficit comercial de EU puede alcanzar este año unos 720 mil millones de dólares. Todos sabemos que el déficit en el presupuesto federal puede alcanzar los 400 mil millones de dólares. Todos sabemos que la compra de Bonos del Tesoro de EU por las economías japonesa, china y de los árabes permite financiar los déficit estadounidenses. Y todos sabemos que la canasta de monedas de la inversión china a mediano y largo plazos comienza a cambiar en perjuicio del dólar estadounidense: el dólar chatarra. Y si los países exportadores de petróleo adoptan la misma actitud, entonces los problemas de financiamiento de la economía estadounidense se multiplican a nivel exponencial. Y a pesar de eso el Dow Jones alcanzó los 11 mil puntos la semana pasada: Washington gasta a manos llenas en Irak y en el golfo de México. También sabemos que las actuales reservas probadas mexicanas de hidrocarburos no dan más allá de 10 años para nuestros niveles de consumo y exportación. Sabemos que la válvula de escape da la inmigración indocumentada se cierra a pasos apresurados. Con o sin muro de la tortilla.

Lo que no todos sabemos es que desde hace unos cinco años, al menos, de los nuevos empleos creados mes tras mes por la economía estadounidense sólo una cuarta parte (¡una cuarta parte!), están relacionados con las industrias modernas y de punta. Las tres cuartas partes son meseros, personal de asistencia social y servicios domésticos. La producción de maquinaria, instrumentos electrónicos, motores y partes declina a ojos vistas. La producción de manufacturas, ingeniería, innovación técnica y hasta de sistemas de computación y servicios relacionados sale de territorio de EU. Paul Craig Roberts, quien fuera asistente del secretario del Tesoro en la administración Reagan, ha documentado y analizado este fenómeno mes tras mes: nadie ha rebatido en forma seria sus conclusiones y figuras.

Así que por muchas razones, internas y externas, nos conviene colocar cierta distancia relativa en nuestra asimétrica dependencia con Estados Unidos. Hasta en el terreno fundamental de la política monetaria, donde cada día que pasa resulta más evidente y obvia la conveniencia de crear un patrón plata para el manejo de nuestras relaciones monetarias con el mundo entero -incluido EU y su dólar. Pero esa relativa distancia en verdad tiene que ser resultado de una transformación productiva, la cual comienza con la reconstrucción de nuestra infraestructura física y la reformulación del papel interno y para el comercio exterior de nuestro sector primario, incluidos, por supuesto, la agroindustria y hasta el ecoturismo. Es con fortaleza interna como podremos negociar un buen acuerdo de migración con EU, el cual abra una ruta para determinado nivel de nuevos trabajadores al norte de nuestra frontera. Y resuelva el problema principal, el que nos esconden Fox y Bush: la regularización de seis o siete millones de mexicanos, quienes ya se encuentran en territorio estadounidense. Quienes vieron terminado el ciclo de "trabajo en EU y visito a mi familia en México" gracias a la torpeza infinita de los veleidosos políticos estadounidenses. Por lo pronto: se está acabando el crudo y se cerró la válvula de escape. Fox ya la libró; ahora, el que sigue.


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Eduardo Valle se graduó en la Escuela Nacional de Economía de la UNAM. Fue dirigente del Partido Mexicano de los Trabajadores, diputado federal y asesor del procurador general de la República, Jorge Carpizo. Desde hace algunos años reside en los Estados Unidos.
 
 

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