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Estrictamente personal
Raymundo Riva Palacio
13 de enero de 2006

Cambio de enfoque

Diez países latinoamericanos que son plataforma de trabajadores ilegales hacia Estados Unidos formaron un frente común para la defensa de sus migrantes indocumentados, pidiendo al presidente estadounidense George W. Bush que se respeten sus derechos humanos. Ese bloque de naciones decidió hacer la declaratoria pero no enviarla oficialmente a Washington, lo cual refleja el dilema en que se encuentran. Por un lado, presionados políticamente en cada país, la postura común atiende a las clientelas domésticas que están presionando cada vez que hay un connacional muerto. Pero por el otro reconocen implícitamente que los discursos latinoamericano y estadounidense no sólo son hoy en día distintos, sino excluyentes.

Para Estados Unidos la migración indocumentada dejó de ser un problema económico y de ajustes en las leyes laborales desde el 11 de septiembre de 2001, para convertirse en un problema de seguridad nacional. La ampliación del muro fronterizo, la militarización y sellamiento de la frontera con México no pretende detener simplemente la emigración indocumentada per se y deportarlos para que no alteren el mercado laboral, sino establecer nuevos parámetros de reforzamiento judicial en la guerra contra el terrorismo que ve en la porosidad de la frontera y el tránsito ilegal de personas, un potencial de infiltración terrorista. Bajo esa lógica debe entenderse que el agente fronterizo que mató a un mexicano sospechoso de ser pollero, o que otro policía haya disparado a mansalva contra un ciudadano estadounidense que perdió el control en un vuelo de American Airlines en Miami, no hayan sido reprimidos. Por el contrario, como establecieron los más altos responsables de la seguridad territorial en ese país, lo harán tantas veces como sea necesario.

Existe en Estados Unidos una paranoia que ciertamente resulta entendible desde el mismo momento en que un grupo de 19 personas demostró la vulnerabilidad de sus portentosos sistemas de defensa al secuestrar a tres aviones y dos de ellos estrellarlos, como misiles, en los símbolos del capital financiero (las torres gemelas) y del complejo industrial militar (el Pentágono). Esta paranoia se nutre de factores objetivos, como el hecho que sí existen células terroristas viajando por el mundo, y subjetivos como el hecho que en un año electoral en Estados Unidos, si los políticos no responden con acciones al temor de los electores, sus carreras serán puestas en peligro. Pero también existen factores confidenciales que han llevado a la clase política estadounidense, no sólo al gobierno de Bush, a endurecer sus políticas sacrificando libertades políticas y los derechos humanos.

Estos factores, de acuerdo con funcionarios mexicanos que conocen de las comunicaciones secretas con Washington, incluyen la detección que hicieron los servicios de inteligencia estadounidense de células logísticas terroristas que han estado entrando a ese país. Las células tienen como propósito ir estableciendo historiales de vida falsos, como registros de crédito, laborales y de vivienda que les permita, dentro de un tiempo, empezar a preparar las condiciones para nuevos atentados con riesgos mínimos de ser descubiertos. Estas células no son quienes realizarán los atentados, por lo cual aunque existe la información de su existencia, no hay datos precisos sobre quiénes son o fotografías que permitieran identificarlos. Son enemigos sin cara que anticipan lo inevitable: nuevos atentados terroristas vienen en camino.

Adicionalmente, de acuerdo con personas con acceso a información confidencial del gobierno mexicano, en las últimas semanas se ha venido incrementando el número de nombres de presuntos terroristas que aparecen en las bases de datos de la seguridad estadounidense y que han intentado entrar a Estados Unidos desde territorio mexicano; también se están registrando alertas de ataques terroristas -que no se han dado a conocer al público- que han motivado que varios vuelos con destino a ciudades de aquel país fueran desviados y obligados a aterrizar en aeropuertos mexicanos, argumentando a los pasajeros que obedeció a problemas climatológicos. Pese a todo, está claro, y se sabe, que será imposible detener un ataque terrorista. Aunque ese es el objetivo a través de intercambios de información de inteligencia, que ha incrementado Estados Unidos con México, o de reforzamiento policial en la frontera, con crecientes presiones para que el Ejército mexicano asuma el sellamiento militar de la frontera norte mexicana, las probabilidades de que suceda un atentado dentro de los siguientes cinco años son altas.

Si se entiende la dinámica del temor y paranoia estadounidense, se entiende la violenta actitud estadounidense en materia de seguridad. Pero si no se entiende ni la dinámica ni cómo juega la migración dentro de su esquema de seguridad territorial, no sólo llevará a una creciente confrontación política por diferencias conceptuales, sino que tampoco se podrá obtener beneficio político alguno de esta circunstancia. Los términos de la discusión sobre migración y las negociaciones con Estados Unidos en la materia deben cambiar. El problema que tienen los gobiernos, como el mexicano, es que en sus sociedades no se ha procesado la transformación radical del fenómeno en el último lustro. Es un error, porque el gobierno estadounidense sí tiene el consenso de su sociedad para reforzar la frontera y están dispuestos a perdonar los asesinatos en aras de su seguridad territorial. La denuncia sobre muertos y los gritos juegan sólo en el nivel plañidero dentro de la nueva realidad geopolítica. Que no se detengan las quejas, desde el punto de vista ético, pero si queremos sacar algún rédito político de la circunstancia actual, modificar la visión sobre el tema migratorio e imaginarse un nuevo enfoque de la relación bilateral, es el camino.


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Reconocido periodista y analista, Raymundo Riva Palacio ha obtenido dos Premios Nacionales de Periodismo. Durante su fructífera carrera, ha escrito para numerosos periódicos de México, España, Canadá y Estados Unidos. Es autor de "Centroamérica: la guerra ya empezó", "Más allá de los límites: ensayo para un nuevo periodismo", y coautor de "Aún tiembla" y "La cultura de la colisión". Su último libro se titula "La prensa de los jardines". Actualmente es director editorial de El Gráfico, El M, y coordinador de asuntos internacionales de EL UNIVERSAL.
 
 

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